La guerra de la Convención o de los Pirineos, también conocida como la guerra del Rosellón o, en Cataluña, como Guerra Gran ('Guerra Grande'), fue el frente pirenaico de la guerra de la Primera Coalición contra la Primera República Francesa. Enfrentó a la Francia revolucionaria contra los reinos de España y Portugal desde marzo de 1793 hasta julio de 1795 durante las guerras revolucionarias francesas. En el mundo angloparlante es conocida como Guerra de los Pirineos.
La guerra se libró en los Pirineos orientales, los Pirineos occidentales, en el puerto francés de Tolón y en el mar. A pesar de que fue Francia quien declaró la guerra en 1793, fue el Ejército español quién invadió el Rosellón en los Pirineos orientales y se mantuvo en suelo francés hasta abril de 1794. El Ejército francés hizo retroceder al español a Cataluña y le infligió una seria derrota en noviembre de 1794. Después de febrero de 1795, la guerra en el este de los Pirineos se estancó. En los Pirineos occidentales los franceses comenzaron a ganar en 1794 y llegaron a controlar gran parte del País Vasco Español.
En 1795 el Ejército francés controlaba una parte importante del noreste de España cuando se firmó la Paz de Basilea.
Según el historiador Pedro Rújula, la guerra de la Convención inicia en España un ciclo de guerras, que abarca de 1793 a 1840, año del final de primera guerra carlista, que estaría «caracterizado por el choque entre revolución y contrarrevolución».
El estallido de la Revolución francesa en mayo de 1789 provocó conmoción en España. El gobierno español estaba entonces dirigido por José Moñino, conde de Floridablanca, que adoptó una política abiertamente hostil al nuevo régimen francés. Aprobó, además, una serie de decretos dirigidos a evitar el contagio revolucionario en todos los territorios españoles, militarizando las fronteras, aumentando la censura y restableciendo parte del poder de la alicaída Inquisición. Carlos IV consideraba el proceso revolucionario francés una amenaza no solo para los Borbones, sino también para España. Su objetivo fue siempre salvar a su primo Luis XVI y a la Monarquía francesa.
Desde la fuga de Varennes en junio de 1791, Luis XVI permanecía recluido en el Palacio de las Tullerías, siendo obligado en septiembre de ese año a jurar la Constitución. La hostilidad española fue recibida por los revolucionarios como una amenaza constante, lo que contribuyó a su radicalización. Ante lo ineficaz de su política, Carlos IV destituyó a Floridablanca en febrero de 1792 y nombró en su lugar al máximo rival de este, Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, que adoptó una política más pragmática. Sin embargo, el 20 de junio de 1792, la muchedumbre asaltó las Tullerías y la tarde del 13 de agosto, el rey de los franceses fue oficialmente detenido y hecho prisionero en la cárcel del Temple para ser procesado. La monarquía francesa fue abolida y proclamada la República el 21 de septiembre. La política apaciguadora de Aranda tampoco funcionó y Carlos IV lo destituyó el 15 de noviembre.
Carlos IV dio un giro radical prescindiendo de los viejos políticos de la época de su padre y nombrando al joven de 25 años Manuel Godoy. España había evitado hasta ese momento entrar en guerra con la Francia revolucionaria. Después de casi un siglo de alianza pacífica franco-española bajo los Pactos de Familia borbónicos, una guerra con Francia era un escenario desconocido. Ante ello, España se vio en la necesidad de aliarse con su gran rival, Gran Bretaña, con la que recientemente había estado en guerra y con la que aún tenía numerosos contenciosos (Gibraltar, Nutca, etc).
Desde finales de 1792, España y Francia vivieron una escalada de tensiones que provocaron el rearme y movilización de unidades militares regulares y voluntarias que fueron enviadas a la frontera. Ambos bandos reforzaron sus fuertes fronterizos, instalando artillería, levantando reductos y trincheras y estableciendo bagajes. Después de tanto tiempo de paz entre ambos países, las relaciones entre los territorios limítrofes eran afines. A pesar de ello, la población civil fue movilizada a ambos lados, aunque fuera escasa su formación de combate.
En España, el conde de Aranda, desde el Consejo de Estado, había preparado la ofensiva española en los tres frentes pirenaicos, siendo mayor el catalán, con 32.000 hombres al mando del general Antonio Ricardos. Ventura Caro dispondría de 18 000 en Navarra y Guipúzcoa, en tanto que a Pablo de Sangro, príncipe de Castelfranco, se le asignaron 5000 en la zona central aragonesa. Estos dos últimos ejércitos se limitarían a defender la frontera y a apoyar con maniobras de distracción la campaña principal del frente oriental.
Además de las fuerzas españolas, la Corona portuguesa se unió a la ofensiva contra los franceses con el envío de un cuerpo auxiliar (Exército Auxiliar à Coroa de Espanha) de 5000 hombres al mando del teniente general John Forbes, escocés de nacimiento que por su apoyo al pretendiente jacobita se exilió de su patria sirviendo como soldado de fortuna en Francia y Portugal.
Si bien España había hecho un gran esfuerzo durante el siglo XVIII para tener en buen estado la Armada, el Ejército de tierra se encontraba en muy mala situación, ya que una guerra con Francia no se contemplaba por los Pactos de Familia. El Gobierno tenía dificultades para la movilización y difícilmente podía completar las unidades mediante el reclutamiento forzoso, unidades voluntarias y milicias locales. El aprovisionamiento era difícil y fue habitual que los soldados no tuvieran comida, uniformes y a veces ni siquiera armas, dependiendo habitualmente de los británicos. Además, el mando español estaba formado mayormente por aristócratas de escasa profesionalidad y enfrentados al primer ministro, Manuel Godoy, quien tampoco tenía experiencia de combate.
En el caso de Francia la situación no era mucho mejor. El 1 de octubre de 1792 el Ejército del Midi había sido dividido en dos, uno en los Alpes y otro en los Pirineos, quedando este último al mando de Joseph Servan con cuartel general en Toulouse. Representantes en misión fueron enviados a reforzar las fronteras, reorganizar las unidades y movilizar a los voluntarios. Los fuertes fronterizos franceses se encontraban en estado ruinoso y tuvieron que ser dotados igualmente de soldados y artillería.
Francia ya estaba en guerra con la Monarquía de los Habsburgo, el Reino de Prusia y el Reino de Cerdeña-Piamonte. Después de ganar la batalla de Jemappes, el ejército francés ocupó los Países Bajos austríacos. Envalentonado, el gobierno francés decretó la anexión de ese territorio, la actual Bélgica, provocando una ruptura diplomática con Gran Bretaña. Tras la ejecución de Luis XVI de Francia el 21 de enero de 1793, Francia declaró el 1 de febrero la guerra a Gran Bretaña y a la República holandesa. El 7 de marzo hizo lo mismo con su antiguo aliado, el Reino de España. El 23 de marzo se hacía pública la declaración de guerra de la monarquía de Carlos IV a la República francesa. La noticia, según el cronista aragonés Faustino Casamayor, fue recibida con entusiasmo por la población «al ver a nuestro católico monarca tan interesado en castigar la perfidia y maldad de unos vasallos tan rebeldes». Poco después Manuel Godoy, secretario de Estado de Carlos IV, firmó con el Reino de Gran Bretaña su adhesión a la Primera Coalición contra Francia en el Tratado de Aranjuez.
La ejecución del rey de Francia Luis XVI fue el detonante para que todas las potencias europeas se unieran para acabar con la República Francesa. Así lo consignó el embajador español ante la Santa Sede José Nicolás de Azara: «La tragedia con que ha acabado sus días Luis XVI es la más horrenda y abominable que hayan cometido los hombres, y producirá una guerra universal de todas las naciones para vengarla. Aquí [Roma] ha producido tal sensación que el pueblo se ha alborotado con más furor que el mes pasado contra los franceses, intentando matarlos a todos». Y así se constató en la declaración de guerra española que incidía en «el cruel e inaudito asesinato de su Soberano» por parte de la Convención, a lo que se añadía el riesgo que suponía el triunfo en Francia de los «principios de desorden, de impiedad y anarquía». También lo recogió el clérigo Andrés Muriel en su Historia de Carlos IV: «El objeto de la guerra por parte del rey de España era tan solamente vengar la muerte de Luis XVI y detener, si era posible, el torrente de delirios que desde Francia amenazaban a la monarquía española».