La guerra civil finlandesa o guerra civil finesa (del 27 de enero al 15 de mayo de 1918) fue parte del caos social y nacionalista ocasionado en Europa en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. De un lado se encontraban las fuerzas socialdemócratas dirigidas por la delegación popular de Finlandia, comúnmente conocidos como «rojos» (punaiset). Del otro lado se encontraban las fuerzas del senado, controladas desde el otoño anterior por los conservadores —quienes pretendían mantener el statu quo; es decir, conservar la independencia y la monarquía constitucional sin parlamentarismo—, popularmente conocidos como «blancos» (valkoiset). Los rojos recibieron la ayuda de la Rusia bolchevique, mientras que los blancos fueron apoyados militarmente por el Segundo Imperio Alemán.
Los finlandeses tienen muchos nombres para este conflicto: vapaussota ('guerra de la libertad'), kansalaissota o sisällissota ('guerra civil'), luokkasota ('guerra de clases'), punakapina ('Rebelión roja'), torpparikapina ('Rebelión de los minifundistas'), veljessota ('guerra entre hermanos') e incluso vallankumous ('Revolución'). Los historiadores actuales señalan que todos estos nombres diferentes son igual de válidos, aunque difieren en sus cargas propagandísticas.
Las revoluciones de febrero y octubre de 1917 precipitaron la derrota y total colapso del Imperio ruso, cuya caída repercutió en la ruptura de la sociedad finlandesa. Los socialdemócratas y los conservadores compitieron por el liderazgo del Estado finlandés, que basculó de la izquierda a la derecha en 1917. Ambos grupos colaboraron con las fuerzas políticas correspondientes en Rusia, ahondando en la brecha nacional abierta.
Puesto que Finlandia no disponía de ejército o policía definidos después de marzo de 1917, ambos bandos comenzaron a reclutar sus propios grupos de seguridad, lo que llevó al surgimiento de dos tropas independientes, la Guardia Blanca y la Guardia Roja. Entre los finlandeses se extendió una atmósfera de tensión política y miedo, hasta que en enero de 1918 la espiral de violencia condujo al estallido de la contienda.
Los blancos resultaron victoriosos en la consiguiente guerra, y pasaron desde la esfera de influencia rusa a la alemana. El senado conservador intentó establecer una monarquía finlandesa, con un rey alemán: el príncipe Federico Carlos de Hesse-Kassel, pero, tras la derrota alemana en la Gran Guerra, Finlandia emergió como una república democrática independiente.
La guerra civil sigue siendo el evento más controvertido y emocional en la historia de la Finlandia moderna, y han existido disputas sobre el nombre que debía darse al conflicto. Aproximadamente 37 000 personas murieron durante el conflicto, lo que incluye tanto bajas en el frente como muertes causadas por campañas de terror político y un alto índice de mortandad en los campos de prisioneros. Desarticuló la economía finlandesa y dividió el aparato político y la nación finlandesa durante muchos años. El país se cohesionó lentamente gracias a compromisos por parte de los partidos políticos moderados y concesiones desde la izquierda y la derecha.
El principal factor detrás de la guerra civil finlandesa fue la Primera Guerra Mundial. Tanto el Imperio alemán como el Imperio ruso tenían intereses políticos, económicos y militares en el país nórdico, y el conflicto precipitó el colapso de Rusia, principalmente con las revoluciones de febrero y octubre de 1917. Esto condujo a un gran vacío de poder en el autónomo Gran Ducado de Finlandia, nacido en 1809 como resultado del paneslavismo ruso y sin fuerzas armadas desde el intento de rusificación de 1899, que intentó limitar la autonomía finlandesa desde San Petersburgo. Los finlandeses llaman a este hecho el primer periodo de opresión 1899-1905. Como resultado, por primera vez nacieron en Finlandia planes para la obtención de su soberanía nacional y consecuente separación de Rusia.
Hasta el primer periodo de rusificación, el senado de Finlandia había seguido una política conservadora y leal hacia Rusia, asegurándose de mantener los intereses nacionales y la autonomía de la que disfrutaba dentro del marco territorial ruso. En comparación con otras partes del imperio, las relaciones ruso-finlandesas se habían mantenido excepcionalmente pacíficas y estables. Con la alteración de esta política, los finlandeses comenzaron a oponerse fuertemente al sistema imperial. Nacieron varios grupos políticos con ideas contradictorias, entre ellos el radical movimiento activista, que colaboró con la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial.
La radicalización de la derecha se produjo como respuesta a las tentativas rusas de hegemonía cultural y constitucional, lo que a largo plazo llevaría a colaborar abiertamente con la Alemania imperial, que había emergido como una gran potencia en la región báltica tras su unificación en 1871.
La radicalización de la izquierda vino motivada principalmente como reacción ante la precaria situación de un creciente grupo social de campesinos, los Torpparit, que no disponían de tierras propias para cultivar. Además, la Revolución industrial había empezado a dejar sentir sus efectos en el sur de Finlandia, abriendo aún más la brecha entre las clases humildes y las clases acomodadas.
La opresión rusa había actuado como enemigo común al que ambos sectores enfocaban su odio, pero con el desmoronamiento de ésta tras la caída del Imperio ruso, las diferencias entre clases desembocaron en un conflicto social abierto.
Las razones principales para la gradual tensión existente entre los finlandeses venían del gobierno autocrático y la nada democrática sociedad de clases basada en estamentos, existente en el Gran Ducado y originada bajo el régimen sueco del siglo XVII, la cual había dividido a la sociedad finlandesa en dos grupos diferenciados social, económica y políticamente.
La dirección finlandesa no solo se oponía a la rusificación, sino que también buscaba el desarrollo de una política interna que abordara los problemas sociales y respondiera a la necesidad democrática del pueblo. La población finlandesa creció rápidamente en el siglo XIX, dando origen a una clase de trabajadores industriales y agrarios y de campesinos sin propiedades. La Revolución industrial y la libertad económica llegaron a Finlandia más tarde que a la Europa occidental, (1840-1870), debido al gobierno de la familia Romanov. Esto implicaba que algunos de los problemas sociales asociados con la industrialización disminuyeran tras aprender del ejemplo de países como Inglaterra. Las condiciones sociales, el nivel de vida y la autoconfianza de los trabajadores mejoraron paulatinamente entre 1870 y 1914, al mismo tiempo que echaban raíces los conceptos políticos de socialismo, nacionalismo y liberalismo. Pero a medida que se incrementaba el nivel de vida entre la gente corriente, también lo hacía la brecha entre las clases más pobres y las más acomodadas.
El movimiento obrero finlandés, que surgió a finales del siglo XIX desde el pueblo llano, la Iglesia Evangélica Luterana de Finlandia y la fenomanía, adoptó el carácter de "clase trabajadora nacional finlandesa", y estuvo representado por el partido socialdemócrata, nacido en 1899. Este movimiento pasó a primera plana sin mayores enfrentamientos cuando las tensiones durante la guerra ruso-japonesa llevaron a una huelga general y a un clima revolucionario en el imperio. En un intento de aplacar la inquietud general, el sistema estamental fue abolido en la reforma parlamentaria de 1906, que introdujo el sufragio universal. Todos los adultos, incluyendo las mujeres, recibieron el derecho al voto, incrementando el número de sufragistas desde 126 000 hasta 1 273 000. Esto incrementó el número de votantes socialdemócratas en un 50 %, pese a que no se percibieran mejoras evidentes. El zar de Rusia, Nicolás II, recuperó su autoridad tras la crisis, reivindicando su rol como gran duque de Finlandia. Durante el segundo periodo de rusificación (1908-1917) reclamó sus funciones y poderes en el nuevo parlamento. Los enfrentamientos entre representantes de la gran masa inculta finlandesa y los finlandeses de la antigua sociedad estamental, acostumbrados a actitudes meritocráticas, disminuyeron la capacidad del parlamento para resolver los grandes problemas socioeconómicos durante la década precedente al colapso del estado finlandés.