Tal Día como Hoy

Guerra biológica

Combate mediante armas biológicas

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La guerra biológica es una forma de combate en la que se emplean armas biológicas con virus o bacterias capaces de infligir daño masivo sobre fuerzas militares y/o civiles.​El uso de armas biológicas fue prohibido por las Naciones Unidas luego de su aplicación masiva durante la Primera Guerra Mundial.​Sin embargo, hay diez países que no han firmado ni ratificado la Convención sobre Armas Biológicas, entre los que se incluyen Chad, Comoras, Yibuti, Eritrea, Kiribati e Israel.​

El uso de armas biológicas ha sido practicado a través de la historia.​ De hecho, la palabra toxina deriva del griego τοξικόν, que a su vez proviene de palabra τοξόν, que significa arco, lo que demuestra la estrecha relación que existía ya en la Antigüedad entre agentes biológicos y elementos bélicos.​

El incidente más antiguo documentado de la intención de usar armas biológicas está registrado en textos hititas del 1500-1200 a. C., en el que víctimas de tularemia, causada por la bacteria francisella tularensis, fueron conducidas hacia tierras enemigas durante la campaña contra el reino de Arzawa, entre el 1320 y el 1318 a.C., y acabarían causando una auténtica pandemia por todo el Levante y el Egeo.​​ El análisis de un conjunto de flechas encontrado en tumbas egipcias del Primer Periodo Intermedio ha descubierto una sustancia negruzca de naturaleza desconocida, pero cuya toxicidad persiste aún hoy en día con unos efectos similares a los del curare.​En China se han untado las flechas con acónito durante milenios mientras que, en la India, los primeros Vedas describen flechas envenenadas ya en torno al 1200 a. C.​ Diodoro Sículo, en su narración de la campaña de Alejandro Magno en la India, describe que los guerreros macedonios se tuvieron que enfrentar a flechas untadas con veneno de serpiente en la toma de la ciudad de Harmatelia, en torno al 326 a. C.​ En la mitología griega, el propio Hércules untó en sus flechas en el veneno de la Hidra una vez decapitada, lo que demuestra lo frecuente de esta costumbre en el Mundo Antiguo.​ De acuerdo con los poemas épicos de Homero sobre la legendaria Guerra de Troya, la Iliada y la Odisea, se solían untar con veneno las lanzas y las flechas. El propio Odiseo le pidió al guerrero Ilo que untase sus flechas con veneno, mientras que el héroe Aquiles murió por la herida que una flecha envenenada lanzada por Paris le causó en el talón; es más, el propio Paris moriría también por una flecha envenenada, en este caso lanzada por Filoctetes, que se la había pedido a Odiseo.​

Por otro lado, en cuanto a los pueblos bárbaros, Aristóteles narra que los arqueros escitas untaban las puntas de sus flechas con veneno de serpientes diluido en sangre humana.​​ Según Estrabón, los soanes, que vivían en las tierras de la actual Georgia, tenían un veneno tan potente que incluso olerlo resultaba peligroso.​ Los galos, los celtas y los nibias también envenenaban las puntas de sus flechas con potentes venenos, algunos de ellos derivados del eléboro y del tejo.​

El envenenamiento de las fuentes de abastecimiento de agua de las ciudades sitiadas fue también frecuente en la Antigüedad. Durante la Primera Guerra Sagrada en Grecia, cerca al 590 a. C., Atenas y la Liga Anfictiónica envenenaron el suministro de agua del asediado pueblo de Crisa (cerca de Delfos) con la planta tóxica eléboro.​ En la toma de Ilerda, el ejército romano recurrió a una táctica similar, aunque también sería víctima de este tipo de envenenamientos en sus campañas en la actual Túnez.​ Las tropas cartaginesas hicieron una ofrenda de vino envenenado con mandrágora a las tribus africanas contra las que luchaban, facilitando así su derrota.​ El envenenamiento de alimentos también fue usado por los celtas en Dalmacia y por los tesalios, entre otros.​

En el 184 a. C., Aníbal de Cartago tenía recipientes de arcilla con serpientes venenosas e instruía a sus soldados para lanzar los recipientes en las cubiertas de los barcos pergaminos. El comandante romano Manio Aquilio envenenó pozos de ciudades enemigas asediadas alrededor del 130 a. C. Aproximadamente en el 198 d. C., la ciudad de Hatra (cerca de Mosul, Irak) alejó al ejército romano liderado por Septimio Severo lanzándoles jarrones de arcilla con escorpiones vivos dentro.

Guerra biológica en la edad medieval

Cuando el Imperio Mongol estableció conexiones comerciales y políticas entre las áreas Orientales y Occidentales del mundo, su ejército y caravanas mercantes mongoles probablemente inadvertidamente trajeron la peste bubónica desde Asia central al Medio Oriente y Europa. La peste negra arrasó a través de Eurasia, matando aproximadamente a entre un tercio y la mitad de la población y cambiando el curso de la historia de Asia y Europa.

Durante la Edad Media, víctimas de la peste bubónica fueron usadas para ataques biológicos, a menudo arrojando cadáveres y excremento sobre las paredes de los castillos usando catapultas. En 1346, los cadáveres de guerreros mongoles de la Horda Dorada que murieron de peste fueron lanzados sobre las paredes de la ciudad de Kaffa (hoy Teodosia). Se ha especulado que esta operación puede haber sido responsable de la llegada de la Peste Negra a Europa.

En el asalto de Thun l’Evêque en 1340, durante la Guerra de los Cien Años, los atacantes catapultaban animales en descomposición en el área asaltada.

En 1422, durante el asalto del castillo de Karlstein en Bohemia, atacantes husitas usaron catapultas para arrojar cadáveres (pero no infectados con peste) y 2000 cargas de estiércol sobre las paredes.

El último incidente de usar cadáveres con peste como arma biológica ocurrió en 1710, cuando fuerzas rusas atacaron a los suecos arrojando cadáveres infectados con peste sobre las paredes de la ciudad de Reval (Tallin). Sin embargo, durante el asalto de 1785 de La Calle, fuerzas tunecinas lanzaron ropa contagiada en la ciudad.

Aunque no usado para la guerra, en tiempos antiguos (cerca al 1 d. C.) una forma de ejecución o tortura era atando un cadáver a una persona viva. La persona que cargaba el cadáver se volvía un rechazo social y moría de enfermedades en cerca de una semana.

La población nativa americana era diezmada después del contacto con Europa debido a la introducción de muchas y diferentes enfermedades letales. Hay dos casos documentados de presuntas e intentadas guerras con gérmenes. El primero, durante un parlamento en Fort Pitt (Pittsburgh) el 24 de junio de 1763, Ecuyer dio a los representantes de los asediantes Delawares dos mantas y un pañuelo que había sido expuesto a viruela, esperando que extendieran la enfermedad a los nativos en orden a terminar con el asalto. William Trent, el comandante de la milicia, dejó registros que claramente indicaban que la propuesta de darles las cobijas era “para transmitir la viruela a los indios”.

El comandante británico lord Jeffrey Amherst y el oficial suizo-británico Coronel Henry Bouquet, cuya correspondencia refirió la idea de dar cobijas infectadas con viruela a los indios en el curso de la Rebelión de Pontiac. El historiador Francis Parkman verifica cuatro cartas del 29 de junio, 13, 16 y 26 de julio, todos de 1763. Ejemplo: El comandante Lord Jeffrey Amherst escribe el 16 de julio de 1763, “P.D. Hará bien en intentar inocular a los indios por medio de cobijas, así como intentar cualquier otro método que pueda servir para extirpar esa execrable raza. Debería yo estar muy orgulloso de que su esquema para cazarlos con perros surtiera efecto…” El Coronel Henry Bouquet contesta el 26 de julio de 1763, “Recibí ayer las cartas de su Excelencia del 16 de julio con sus inclusas. La señal para los mensajeros indios, y todas sus direcciones serán observadas.”

Mientras que el intento de una guerra biológica es claro, hay un debate entre los historiadores de si es que ello de hecho tomó lugar a pesar de que la afirmación de Bouquet respondía a Amherst y cada escrito recibido por el otro acerca de ello. La viruela transmitida a las tribus nativas americanas pudo haber ocurrido debido a la transferencia de la enfermedad a las cobijas durante el transporte. Los historiadores no fueron capaces de establecer si este plan fue efectuado o no, particularmente a la luz del hecho que la viruela ya estaba presente en la región, y que el conocimiento científico de la enfermedad en ese tiempo aún no había descubierto el virus o desarrollado un entendimiento de los vectores de la plaga.

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