Las Fuerzas Terrestres de Rusia (del ruso: Сухопутные силы России, tr.: Sujoputniye sili Rossii) son la rama terrestre de las Fuerzas Armadas de Rusia. Aunque las Fuerzas Terrestres en su forma actual solo tienen treinta y dos años de antigüedad, al haberse formado con partes de la disolución del Ejército soviético en 1992, los oficiales rusos exponen la historia de sus antecesores a través de la época de la Rusia Imperial hasta los tiempos del Rus de Kiev. Desde 1992, las Fuerzas Terrestres han tenido que llevar al extranjero varios miles de efectivos de las antiguas guarniciones soviéticas, mientras estaban extensamente destinadas en las guerras de Chechenia, y manteniendo la paz y otras operaciones en los estados sucesores soviéticos (lo que se conoce en Rusia como la "periferia inmediata"). Cuenta con 450 000 soldados en activo.
Su comandante actual es Vasili Tonkoskúrov.
Las principales responsabilidades de las Fuerzas Terrestres son la protección de la frontera del país, el combate en tierra, la seguridad de los territorios ocupados y la derrota de las tropas enemigas. Las Fuerzas Terrestres deben poder conseguir estos objetivos tanto en guerra nuclear como en guerra no nuclear, especialmente sin el uso de armas de destrucción masiva. Además, deben ser capaces de proteger los intereses nacionales de Rusia dentro del marco de sus compromisos internacionales.
El principal Comando de las Fuerzas Terrestres tiene encomendadas oficialmente las tareas con los siguientes objetivos:
El entrenamiento de tropas para el combate, en función de las tareas determinadas por el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.
La mejora de la estructura y composición de las tropas y la optimización de sus números, incluyendo las tropas especiales.
El desarrollo de la teoría y la práctica militar.
El desarrollo e introducción de manuales de campo de entrenamiento, manuales y metodología.
La mejora del entrenamiento operativo y en combate de las Fuerzas Terrestres.
Después de la disolución de la Unión Soviética, se hicieron algunos esfuerzos para mantener las Fuerzas Armadas Soviéticas juntas como un único ejército para la nueva Comunidad de Estados Independientes. El último ministro de Defensa de la Unión Soviética, el mariscal Yevgueni Sháposhnikov, fue designado comandante supremo de las Fuerzas Armadas de la CEI en diciembre de 1991. Entre los numerosos tratados firmados por repúblicas cambiantes a fin de dirigir el periodo de transición, hubo un acuerdo provisional sobre las fuerzas de propósito general, firmado en Minsk el 14 de febrero de 1992. Sin embargo, una vez estuvo claro que Ucrania y, potencialmente las otras repúblicas, estaban decididas a socavar el concepto de fuerzas compartidas de propósito general y establecer sus propias fuerzas armadas, el nuevo gobierno ruso hizo su movimiento. Borís Yeltsin firmó un decreto sobre la formación de un Ministerio Ruso de Defensa el 7 de mayo de 1992, haciendo aparecer a las Fuerzas Terrestres Rusas junto con las otras partes de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. En ese tiempo el Estado Mayor general estaba en proceso de retirar decenas de miles de personal del Grupo de Fuerzas Soviéticas en Alemania, el Grupo de Fuerzas del Norte en Polonia, el Grupo de Fuerzas Central en Checoslovaquia, el Grupo de Fuerzas del Sur en Hungría, y de Mongolia.
Treinta y siete divisiones tuvieron que ser retiradas de los cuatro grupos de fuerzas y los países bálticos, y cuatro distritos militares totalizando cincuenta y siete divisiones fueron transferidos a Bielorrusia y Ucrania. Para la disolución de las Fuerzas Terrestres Soviéticas, la retirada de los antiguos estados del pacto de Varsovia y los países bálticos fue un proceso extremadamente exigente, costoso y debilitante. Como los distritos militares que permanecieron en Rusia después de la caída de la URSS estaban en su mayor parte compuestos por las formaciones de cuadros movilizables, las Fuerzas Terrestres Rusas fueron creadas en mayor grado trasladando las antiguas formaciones de Europa del Este a esos distritos con recursos insuficientes. No obstante, las instalaciones en esos distritos eran bastante inadecuados para alojar a la avalancha de personal y material que volvía del extranjero, y muchas unidades "fueron descargadas de los vagones del ferrocarril en campos vacíos."
La necesidad de destrucción y traslado de grandes cantidades de armamento bajo el tratado Fuerzas Convencionales en Europa también exigió grandes modificaciones.
Planes de reforma tras la caída del régimen socialista
Un plan de reforma fue publicado el 21 de julio de 1992 en Krásnaya Zvezdá, el periódico del Ministerio de Defensa. Más tarde un comentarista dijo que fue montado "apresuradamente" por el Estado mayor "para satisfacer la demanda pública de cambios radicales." El Estado Mayor, desde este momento, se convirtió en un bastión de conservación, causando una acumulación de problemas que más tarde resultaron críticos. El plan de reforma abogaba por un cambio desde una estructura Ejército-División-Regimiento a una organización Cuerpos-Brigada. Las nuevas estructuras deberían ser más capaces de lidiar con una situación sin frentes y ser más hábiles en la acción independiente a todos los niveles. Eliminando un nivel completo de mando, dejando dos escalones superiores en vez de tres entre los cuarteles generales del teatro y los batallones combatientes produciría ahorros, aumento de flexibilidad, y simplificaría las órdenes de comando y control. La esperada conversión total a esta nueva estructura realmente resultó ser poco frecuente, incompleta, y a veces invertida. Aparecieron más brigadas, pero en su mayor parte como divisiones que habían mermado a sus nuevas fuerzas, y divisiones, como la nueva tercera división de rifles motorizada en el Distrito Militar de Moscú, fueron formadas con la finalidad de disolver formaciones de tanques, en vez de brigadas. Se finalizaron pocas de las reformas planeadas a principios de la década de 1990, por tres razones. En primer lugar, hubo una falta de una firme orientación política hacia los civiles, con Borís Yeltsin más interesado en asegurar que las Fuerzas Armadas fueran controlables y leales, antes que reformadas. En segundo lugar, el presupuesto decreciente no ayudó en la coyuntura, y en tercer lugar, no había un firme consenso dentro del ejército sobre que reformas debían implementarse. El general Pável Grachov, el primer ministro ruso de Defensa (1992–96), por todas sus conversaciones de reforma, quería conservar el antiguo estilo soviético del Ejército, con grandes números de formaciones de poca fuerza y un servicio militar obligatorio masivo y duradero. El Estado Mayor y los servicios armados intentaron conservar las doctrinas, despliegues, armas y misiones de la era soviética, en la ausencia de una nueva y sólida orientación. Un experto británico en temas militares, Michael Orr, expone el convincente argumento de que la jerarquía tenía gran dificultad de comprender completamente la nueva situación porque, como graduados de las Academias Militares Soviéticas, su educación les había dado gran entrenamiento operativo y formación del personal, pero en términos políticos habían aprendido una ideología en vez de tener unos amplios conocimientos de los asuntos internacionales. Así los generales solo podían ver a la OTAN expandiéndose hacia el Este, en contraste con la debilidad rusa, y no pudieron reorientarse ellos mismo, y mucho menos las Fuerzas Armadas en su totalidad, a las nuevas oportunidades y los nuevos desafíos a que ellos se enfrentaban.
Las Fuerzas Terrestres a regañadientes se involucraron en la crisis constitucional rusa de 1993 después de que el entonces presidente Yeltsin hizo público un decreto (ilegal) que disolvía el Parlamento después de su resistencia a su consolidación de poder y a las reformas neoliberales. Un grupo de diputados, incluyendo el vicepresidente Aleksandr Rutskói, se habían atrincherado dentro. Aunque las Fuerzas Armadas lideradas por el general Grachov respaldaban públicamente al presidente, intentaron mantenerse neutrales, siguiendo los deseos de los cuerpos oficiales. Yeltsin tuvo que declarar durante horas para convencer a la cúpula militar, que estaban inseguros de la rectitud de su causa y de la fiabilidad de sus fuerzas, para destinarlos en el ataque del Parlamento.