Francisco Suárez de Toledo Vázquez de Utiel y González de la Torre, conocido como Doctor Eximius (Granada, 5 de enero de 1548-Lisboa, 25 de septiembre de 1617), fue un teólogo, filósofo y jurista jesuita español. Fue considerado uno de los mayores escolásticos, junto a Francisco de Vitoria, del tomismo barroco.
Su trabajo se considera un punto de inflexión en la historia del Segundo escolasticismo, que marca el último gran trabajo de la escolástica a los trabajos en filosofía moderna. Según Christopher Shields y Daniel Schwartz, «figuras tan distintas entre sí en el lugar, el tiempo y la orientación filosófica como Leibniz, Grocio, Pufendorf, Schopenhauer y Heidegger encontraron razones para citarlo como fuente de inspiración e influencia».
Fue el hijo menor de una familia hidalga formada por el abogado Gaspar Suárez de Toledo y su mujer Antonia Vázquez de Utiel. El tío de Suárez, Francisco de Toledo Herrera, fue un destacado profesor de filosofía que se convirtió en el primer cardenal jesuita.
Nació en Granada en 1548 y, siguiendo la tradición paterna, marchó a Salamanca para estudiar leyes en 1561, cuando resonaban aún las enseñanzas de Francisco de Vitoria y sus discípulos, pero, impresionado por la predicación del jesuita Juan Ramírez en la Cuaresma de 1564, ingresó en el noviciado que la Compañía de Jesús tenía en Medina del Campo, aunque fue rechazado en un principio a causa de su falta de vivacidad intelectual. Recibido, sin embargo, con el estatuto de indiferente, que equivalía a que se determinaría con posterioridad su valía como sacerdote o como hermano, demostró luego suficiente genio como para desarrollar una de las carreras intelectuales más brillantes de su tiempo. Prosiguió sus estudios en el colegio jesuita de Salamanca en 1570, donde fue discípulo del padre Martín Gutiérrez, y estudió filosofía, derecho y teología.
Enseñó filosofía en Segovia, donde se ordenó sacerdote en 1572, y tras una breve estancia en Ávila en 1575 como profesor de teología marchó a Valladolid en 1576, en cuyo Colegio jesuítico comentó la parte I de la Suma teológica del dominico Santo Tomás de Aquino de 1576 a 1580, pero no un comentario servil y de mera repetición, sino de profundización y contraste con el avance filosófico de la época, Pero siempre respetando y dándole el primer lugar a los principios y método de Santo Tomás.
En 1580 fue llamado a Roma para enseñar teología en el Colegio jesuita de Roma, antecedente de la universidad Gregoriana; allí compuso bastantes tratados teológicos, de los que se conservan apuntes publicados e inéditos, y dio clases hasta 1585; Sergio Rábade piensa que en el curso 1582-1583 debió escribir su De gratia. Estuvo muy unido al cardenal Belarmino, antiguo discípulo de Juan de Mariana, así como al papa, Gregorio XIII, y también conoció al matemático Cristóbal Clavio y a humanistas como Orazio Torsellini y Niccolò Orlandini; por otra parte, entre sus discípulos tuvo a Mucio Vitelleschi, luego General de la Compañía, y al teólogo Leonardo Lesio. Pero el clima húmedo de Roma agravaba su reúma y le amenazaba con una tuberculosis; sus superiores, asustados por sus achaques, le ordenaron trasladarse a enseñar a la más seca Alcalá de Henares por medio de una permuta con el padre jesuita Gabriel Vázquez, un teólogo gran especialista en Agustín de Hipona con quien por cierto no simpatizaba; allí estuvo, entre 1585 y 1592, muy bien cuidado y respetado por sus superiores, algo que despertó los recelos y envidias de Vázquez cuando retornó a Alcalá, según se infiere de las correspondencia conservada de ambos. Empezó entonces a preparar la edición de sus primeras obras, que le valieron dificultades con censores dominicos como Avendaño e incluso jesuitas como el citado Gabriel Vázquez y su antiguo discípulo Leonardo Lessius. En 1593 volvió a Salamanca para enseñar, y terminó al fin su carrera, por expresa petición del rey Felipe II, en la Universidad de Coímbra, donde entró en 1597, el mismo año en que se editaron sus famosísimas Disputationes metaphysicae. La jubilación le llegó en 1615; entonces fue a Lisboa, donde dos años después falleció. Fue enterrado en dicha ciudad, en la Iglesia de San Roque, que se encuentra en el Bairro Alto.
Hombre de una gran cultura y erudición griega, latina, árabe y hebrea, pudo asimilarla toda, ordenarla, simplificarla y eliminar de ella verbalismos ociosos. Fue llamado Doctor Eximius et Pius y gozó de enorme autoridad, revitalizando la ya decaída escolástica, que compendió en su obra principal, sus Disputationes metaphysicae (1597), donde repiensa toda la tradición especulativa anterior, sintetizando además la metafísica grecorromana como una disciplina autónoma e independiente. Puede considerarse este libro como la primera construcción sistemática de la metafísica después de Aristóteles. Por ello fue leído por los pensadores posteriores, pues en él se resumían, cómo compendio, las grandes sentencias de los escolásticos.
Dentro de la escolástica surgió una escuela que se conoce con su nombre, el Suarismo, que se considera seguidora del pensamiento de Tomás de Aquino, pero en varios puntos no concordante con el resto de los tomistas.
En su gran obra jurídica Tractatus de legibus ac Deo legislatore, muy fecunda para la doctrina iusnaturalista y el derecho internacional, se encuentra la idea del contrato social, pero como un modo de organización de los hombres, no como origen del poder, el cual, cómo enseña el p. Suarez, viene sólo y exclusivamente de Diosy. Distingue entre ley eterna, ley natural, derecho de gentes, ley positiva humana (derecho civil y derecho canónico) y ley positiva divina (la del Antiguo y Nuevo Testamento).
Francisco Suárez fue, junto con San Roberto Belarmino, uno de los teólogos que con mayor autoridad y brillantez formularon el derecho a la resistencia armada frente a un poder injusto.
También escribió De anima, De Deo uno et trino y Defensio fidei catholicae et apostolicae adversus Anglicanae sectae errores.
En 1917, coincidiendo con el III centenario de la muerte de Francisco Suárez, el Partido Integrista publicó la primera traducción castellana de la obra Defensa de la fe católica contra los errores de la iglesia anglicana.
Sus logros filosóficos más importantes fueron en el campo de la metafísica y la filosofía del derecho. Adhirió un tomismo crítico (no un mero repetidor, sino un crítico profundizador a partir de sus mismos principios) y una superación de la escuela tomista de su época, así como de las escuelas nominalistas y escotistas, desarrollando la metafísica como una investigación sistemática.
Para Suárez, la metafísica es la ciencia del ente real, que comprende las esencias reales (y de la existencia). Sostuvo (junto con los primeros escolásticos) que en Dios la esencia y la existencia se identifican (véase argumento ontológico) y estuvo de acuerdo con Tomás de Aquino que la esencia y la existencia en los seres finitos se distinguen realmente (en el sentido que tal distinción proviene de la realidad y no es producto de una ficción), pero en desacuerdo con otros, de la escuela tomista, en que la esencia y la existencia de los seres finitos son realmente distintas (en el sentido de separables). Sostuvo el doctor Eximio que en realidad, la esencia y la existencia, no son más que conceptualmente distintas: en lugar de ser realmente separables, solo pueden ser concebidas como lógicamente separadas.
Sobre el tema polémico de los universales, "hace de su filosofía una superación y rechazo de ambas escuelas", a saber, del realismo de Juan Duns Escoto y el nominalismo de Guillermo de Ockham, de tal manera que su concepción de los universales y del singular es anti escotista y anti nominalista, teniendo una posición "inspirada, en detrimento de la escuela nominalista y escotista, en Santo Tomás de Aquino" Falsamente e injustamente clasificado como un nominalista moderado ha sido por varios autores (Esta acusación nominalista tiene principalmente su génesis en León Mahieu, Gallus Manser OP, y los jesuitas José Marechal y Carlos Giacon), pero su admisión de precisión objetiva (praecisio obiectiva) lo coloca con los realistas moderados. Para Suárez, la única unidad verdadera y real en el mundo de las existencias es el individuo, al afirmar que el universal existe separado ex parte rei sería reducir las personas a meros accidentes de una forma indivisible. Suárez sostiene que aunque la humanidad de Sócrates no difiere de la de Platón, no constituyen una realiter y que la humanidad misma no consiste en muchas unidades formales (en este caso, las humanidades) ya que hay personas y éstas no constituyen un hecho, sino sólo una unidad esencial o ideal. La unidad formal, sin embargo, no es una creación arbitraria de la mente, sino que existe en la naturaleza de las cosas, previo a cualquier operación del intelecto.