Tal Día como Hoy

Emilio Mitre (ingeniero)

Político y periodista argentino

Anúncio

Emilio Edelmiro Mitre y Vedia (Buenos Aires, 8 de diciembre de 1853-Buenos Aires, 26 de mayo de 1909) fue un ingeniero y periodista argentino. Era hijo del general Bartolomé Mitre y de Delfina Vedia y llevaba el mismo nombre que su tío Emilio Mitre.

Emilio Mitre nació en la ciudad de Buenos Aires el 8 de diciembre de 1853 siendo hijo del que sería futuro presidente Bartolomé Mitre y de Delfina de Vedia, hermana del general Julio de Vedia. Egresó como ingeniero civil de la Universidad Nacional, tras lo cual se lo designó como inspector de telégrafos de la provincia de Buenos Aires, teniendo a su cargo varias líneas en proceso de construcción. Al poco tiempo se dirigió a Europa, para ampliar su formación y supervisar el servicio de corresponsales del diario La Nación, el cual era dirigido por su padre, Bartolomé Mitre. Recorrió diversos países europeos, y en Inglaterra se lo nombró miembro correspondiente del Instituto de Ingenieros Civiles. Tras su regreso a Buenos Aires, continuó ejerciendo su profesión, así como también colaborando en el diario mencionado.

Estuvo involucrado en la revolución de 1880, y fue capitán del regimiento de rifleros de las milicias de Buenos Aires. Integró el directorio del Ferrocarril Oeste de Buenos Aires (que cambiaría su nombre a Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento luego de ser nacionalizado). También tuvo participaciones destacadas en los movimientos revolucionarios de 1890 y 1893. En 1896 fue elegido como diputado nacional por la provincia de Buenos Aires.

A partir de 1894 tomó la dirección del diario La Nación, desde donde abogó por la paz entre Chile y Argentina. Continuó en dicho cargo hasta su muerte en 1909.

El diario La Nación tiene un gran recuerdo de él.

Suele relacionarse a Mitre con el Puerto de Buenos Aires y el

Útil y necesario para el país parecía, ante todo, en las décadas que siguieron a la organización nacional, promover el desarrollo de su riqueza y acelerar su progreso técnico. Juan María Gutiérrez —designado rector por el general Mitre— había organizado poco antes en la Universidad de Buenos Aires el Departamento de Ciencias Exactas, y a sus aulas acudió Emilio Mitre. Allí hizo sus estudios de ingeniería y los completó luego en Londres. Desde su regreso fue preocupación permanente del joven técnico dedicar sus esfuerzos a la solución de los problemas prácticos que afligían al país. La situación política comenzaba a estabilizarse y el cotejo con los países europeos en pleno desarrollo industrial hacía más visible el retraso en que la Argentina se hallaba. Ferrocarriles, caminos, diques, puertos, telégrafos, todo estaba por hacerse cuando comenzaban a multiplicarse los ganados y las áreas sembradas. Un ingeniero tenía una enorme labor por delante en la Argentina de 1880 y Emilio Mitre comenzó a realizarla. Pero Emilio Mitre no era sólo un técnico. Había crecido al calor de las pasiones políticas y no hubiera podido mantenerse ajeno a ellas en cuanto respetara el ejemplo paterno. A su regreso de Inglaterra —mientras se ocupaba de telégrafos y ferrocarriles— se encontró sumergido en la contienda y aceptó el deber moral de definirse en ella. Tomó las armas en 1880 y siguió a su padre en la corriente de oposición a Roca y Juárez Celman que debía desembocar en la fundación de la Unión Cívica. La revolución del ’90 lo contó entre los que se movieron contra el unicato, contra «el fraude y la violencia», y la política sería desde entonces una de sus permanentes preocupaciones; se manifestó a través de sus campañas periodísticas, de las luchas partidarias, pero se manifestó, sobre todo, en el ahincado estudio de los grandes problemas nacionales, actividad que expresaba en última instancia su manera de entender la política. Dividida la Unión Cívica en 1891, tras el histórico abrazo de Mitre y Roca, se incorporó a las filas de la Unión Cívica Nacional y comenzó a compartir con su padre la jefatura del movimiento, al tiempo que lo sucedía en la dirección de La Nación. Tenía entonces treinta y ocho años y había logrado una temprana madurez, un recio equilibrio y una segura independencia de carácter, virtudes que habían suscitado, como el mejor premio, la admiración paterna.

Pero el político se conjugaba con el técnico en la figura del estadista. Frente a las contingencias de cada día tomaba Emilio Mitre posición sin vacilaciones; mas en cuanto las pasiones se serenaban y recobraba su calma interior volvía a dirigir la mirada a los problemas permanentes del país para coadyuvar a su solución. Obra de estadista fue enfocar el problema de la navegación de los ríos. En 1876 había comenzado la exportación de carnes congeladas, y ese año alcanzó la de cereales las treinta mil toneladas, cifra que llegaría al millón hacia 1890. El crecimiento del volumen del comercio exterior parecía previsible y era necesario poner en condiciones el puerto de Buenos Aires y facilitar el acceso a los puertos del Paraná, que servían a la más importante zona agrícola-ganadera del país. La certidumbre de la trascendencia del problema para el desarrollo de la riqueza nacional movió a Emilio Mitre a estudiar a fondo el sistema de la navegación fluvial, estudio cuyo fruto fue el proyecto de construcción de un canal, excavado en tierra firme, que uniera el cauce del Paraná con las aguas profundas del Plata, evitando los bajíos de la zona del Delta, proyecto cuyos fundamentos y detalles técnicos expuso en los artículos que publicó en La Nación en los últimos días de 1893. La personalidad del autor se afirmaba; era un político con impulsos constructivos, de sostenida preocupación por las necesidades colectivas y más atraído por los problemas fundamentales del país que por las contingencias cotidianas de la política. Su nombre era ya notorio cuando se produjo la conmoción de 1893. Aristóbulo del Valle le ofreció una cartera en el gabinete que, a pedido del presidente Luis Sáenz Peña, constituyó a principios de julio, pero la rechazó porque no quería perder su independencia política; y pocos días después se lo vio sumado a uno de los bandos revolucionarios que se proponían derrocar al gobernador bonaerense. Triunfante el movimiento en cuanto a sus designios inmediatos e intervenida la provincia, la renuncia del gabinete de Del Valle llevó al sector que orientaba Mitre al primer plano en el orden nacional, por la designación de Manuel Quintana como ministro del Interior, y más tarde en la provincia de Buenos Aires, con la elección de Guillermo Udaondo como gobernador y del propio Mitre como senador de la Nación. Poco después la figura de su hijo Emilio cobraría en la Cámara de Diputados un singular relieve.

Desde su aparición en el Parlamento, Emilio Mitre fue reconocido como el primero de los expertos en materia de obras públicas. Por su amplia visión y su capacidad de estudio, su opinión se consideró imprescindible para resolver los numerosos y arduos problemas técnicos que se tornaban impostergables en aquel período de expansión económica. Emilio Mitre se anticipaba a todos previendo las dificultades y las necesidades futuras del país. Y las cuestiones financieras e internacionales que por entonces conmovieron a la República le proporcionaron la ocasión de contribuir con su recto juicio a la ordenación de los problemas nacionales.

En noviembre de 1896 se ocupó en la Cámara de la navegación del Riachuelo, apoyando un proyecto de construcción de esclusas que aseguraran un nivel regular de aguas. Como en ocasiones semejantes, su estudio serio y metódico del problema reveló su contracción a los asuntos públicos, y acaso por eso quiso contar Roca con su colaboración al organizar el gabinete que debía acompañarlo en su segunda presidencia. Una vez más desechó Emilio Mitre los cargos ejecutivos y prefirió atenerse a su labor periodística y par-lamentaria sin contraer responsabilidades de gobierno, que acaso no pudiera compartir con plena tranquilidad de ánimo. Su posición se puso de manifiesto en el memorable debate de octubre de 1899, en el que Emilio Mitre enfrentó al gobierno al tratarse el proyecto de conversión de la emisión fiduciaria presentado por el ministro Rosa. Una documentación acabada sirvió de base a los discursos que pronunció durante dos sesiones consecutivas, en los que se señalaba la preocupación por la abultada deuda pública, por el cariz que tomaban las inversiones extranjeras y por las consecuencias que acarrearía al país una política monetaria a su juicio improvisada y peligrosa. Empero, fue en otro terreno donde alcanzó Emilio Mitre poco después la plenitud de su ascendiente en la vida pública de la Nación. El pleito de límites con Chile había conmovido la conciencia nacional y, a fines de siglo, parecía inminente la guerra. Pactado el arbitraje en 1898, Inglaterra comenzó a cumplir la misión que le asignaron los litigantes, y el coronel Holdich empezó a principios de 1902 a determinar la línea fronteriza sobre el terreno. Ahora la paz parecía estar a un paso, y con ella la esperanza de poder desmovilizar al país; y, sin embargo, abundaban los que creían en la guerra y aun los que parecían desearla. Se decía que el arbitraje no pondría fin a la tensión internacional, y que la política chilena frente a sus vecinos del Pacífico comprometía de manera directa la posición argentina, hasta el punto de que no podría nuestro país desentenderse del problema. Quienes sostenían este punto de vista exigían el mantenimiento de la movilización militar y no faltaba quien insinuara proyectos de futuros repartos territoriales. En ese instante Emilio Mitre creyó necesario establecer con claridad los principios de la política exterior argentina y preparó un meditado editorial para ser publica-do en La Nación, en el que sostenía la tesis de que el problema del Pacífico nos era ajeno y que era imprescindible dar por concluido el conflicto con Chile en el momento en que el árbitro inglés estableciera los límites cordilleranos. Leído y aprobado por su padre, el editorial se publicó el 9 de abril de 1902, con el título El día siguiente del fallo. Era la prosa periodística de Emilio Mitre precisa y categórica, como su oratoria parlamentaria. El planteo honesto y realista a un tiempo del problema, la argumentación sólida y el tono convencido y convincente dieron a aquellas páginas tal vigor que la opinión pública, como galvanizada, rechazó unánimemente la actitud belicista. El país tomó nota ese día de la presencia de este mentor sereno y responsable, para quien la razón constituía el mejor instrumento de la acción política.

Anúncio

Próximamente en la app World in Stories

Audio, descarga offline, sin anuncios y mucho más.

Conocer Premium
Emilio Mitre (ingeniero) | World in Stories