Tal Día como Hoy

Elena Quiroga

Escritora española

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Elena Quiroga de Abarca (Santander, 26 de octubre de 1921-La Coruña, 3 de octubre de 1995) fue una escritora española. Autora de una extensa obra narrativa en prosa que junto a la de otros escritores como Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Ana María Matute y Juan García Hortelano, jugó un papel clave en el auge de la novela española entre los años 50 y 60. Se la considera una de las voces femeninas más relevantes de su generación, con rasgos comunes como la preocupación por las injusticias de la vida y la explotación temática de las experiencias, especialmente durante la infancia y adolescencia.​​ Fue la segunda mujer en entrar en la Real Academia Española, tras Carmen Conde. Elegida en 1983, tomó posesión en 1984.​

Elena Quiroga de Abarca nació el 26 de octubre de 1921 en Santander, hija de José Quiroga Velarde, conde de San Martiño de Quiroga y de Isabel de Abarca y Fornés. Se crio en la pequeña localidad de Viloira (El Barco de Valdeorras, Orense), cuna de su padre, donde los condes de San Martiño de Quiroga tenían un pazo —una casa señorial— la Casa Grande de Viloira, que posteriormente pasó a ser propiedad de la Junta de Galicia. Era la penúltima de once hermanos y, al quedar huérfana de madre, fue criada por su abuela.​Por la procedencia de sus padres, consideró a Cantabria su "matria" y a Galicia su "patria".​

Durante un tiempo vivió en la casa de su tío Estanislao Abarca y Fornes, un mecenas que solía reunir a un grupo de artistas entre los que encontraron Miguel de Unamuno y Federico García Lorca.

Realizó sus estudios entre Bilbao, Barcelona y Roma, donde acabó la secundaria.​ Aunque no realizó estudios universitarios, Quiroga acudía de forma libre a clases que le interesaban y durante varios años trabajó diariamente en sus novelas y escritos, unas cuatro o cinco horas.​De estos esfuerzos surgiría su primera novela, La soledad sonora, en 1949.​

En 1942 se estableció con su padre en La Coruña, donde conoció a Dalmiro de la Válgoma, historiador, heraldista, genealogista y futuro secretario perpetuo de la Real Academia de la Historia, con quien contrajo matrimonio en Santiago de Compostela, en 1950.​ El matrimonio se trasladó a Madrid, ciudad en la que Elena frecuentó foros y cenáculos literarios, conoció a algunos de los principales sellos editoriales nacionales y entró en el grupo de narradores que renovaron la novela española contemporánea de mediados del siglo XX.​

Quiroga no tuvo hijos y vivió a caballo entre Madrid y el pazo de Cea, en Nigrán (Pontevedra) donde sufrió una fractura de cadera que hizo que la hospitalizaran en La Coruña. Falleció el 3 de octubre de 1995, a los setenta y cuatro años de edad debido a un fallo y encefalopatía hepática. Sus restos fueron trasladados al panteón familiar en Villafranca del Bierzo (León).​​

Elena Quiroga publicó su primera novela a los veintiocho años, La soledad sonora (1949), en la que relata las aventuras de la vida de una mujer desde su adolescencia hasta su madurez. Un par de años después, se mudó a Madrid, coincidiendo con la publicación de su siguiente novela, Viento del Norte (1951), historia que narra las relaciones entre una joven sirvienta y su anciano señor y que fue galardonada con el Premio Nadal 1950. En esta obra, Quiroga define las claves del estilo de su posterior producción narrativa, entre las que se encuentran un aprovechamiento intimista de sus memorias de la infancia y adolescencia, una prosa en la que destaca un lenguaje rico, elegante y depurado, así como una trama y unos perfiles de los personajes elaborados​ y singulares para la época, como el modelo de "chica rara". La presencia del naturalismo y el escenario gallego, la complejidad de amores y el feudalismo como estructura social hizo que la relacionaran con Emilia Pardo Bazán.​

Durante aquellos primeros años de la década de los 50, tras el temprano éxito editorial, tuvo una actividad narrativa intensa. Al año siguiente, 1952, volvió a las librerías con su tercera entrega literaria, La sangre, obra que según sus editores “la consagró definitivamente como una novelista extraordinaria por su estilo delicado y expresivo y el interés de los problemas que trata”. La obra, presentada como “una novela que atrae y subyuga y que sitúa a su autora entre los valores más destacados de nuestra actual novelística”, cuenta “la historia de cuatro generaciones a través de un árbol […] que narra cuanto ve y oye. Algunos observadores de la literatura española del momento destacaron las similitudes en tono, temática y enfoque social con Historia de una escalera, del dramaturgo Antonio Buero Vallejo.​

Poco tiempo después, en 1954, Quiroga publicó su cuarta obra, Algo pasa en la calle, en la que trajo una nueva forma de novelar. En ella el lector debe esforzarse para identificar la voz de cada personaje, entender la novela y situar todos los acontecimientos en la línea temporal. El protagonista está muerto y los otros personajes son su mujer, su otra mujer, su hija, su hijo y su yerno. El discurso interior es fundamental y el tiempo no es lineal. La trama –las relaciones tempestuosas que giran en torno a la vida del fallecido Ventura, un profesor de filosofía que abandonó a su mujer y comenzó una relación íntima con una de sus alumnas– se desarrolla a través de varios recursos narrativos que transmiten la complejidad de las relaciones humanas.​

En 1954 vivió una temporada en Rianjo, en la casa de la familia Dieste. Allí conoció a Olegaria Dieste, hermana de los escritores Eduardo y Rafael Dieste, que estaba recluida en su casa desde 1912. Olegaria Dieste cayó enferma al casarse Alfonso Daniel Rodríguez Castelao (de quien estaba enamorada) con Virxinia Pereira. Inspirándose en ella escribió su novela La enferma (1955), en la que dos mujeres viven un convergente proceso de catarsis: una trata de hallar sentido a su vida desde el distanciamiento de su entorno más íntimo; otra se niega voluntaria y definitivamente a buscar ese sentido.​

En la década de los años 50, siguiendo un acelerado ritmo de escritura, también publicó La Careta (1955),​ sobre la doble faz de su protagonista, y La última corrida (1958), en la que recrea las vidas de tres matadores de toros, sumando en total ocho obras narrativas publicadas en menos de diez años, lo cual la convirtió en una de las escritoras españolas más prolíficas del momento, todo ello sin perder calidad en su prosa.​

En 1960 publicó Tristura, novela de tonos intimistas y corte autobiográfico protagonizada por Tadea, trasunto de la autora, que continuó en 1965 con Escribo tu nombre, enfocada en parte a la descripción del ambiente colectivo,​ y que pretendía ser una trilogía que quedó inconclusa.​​

Asimismo, publicó relatos cortos como La otra ciudad (1953), Trayecto uno (1953), Plácida, la joven (1956), Carta a Cadaqués (1961) y Envío a Faramello (1963).​ Presente profundo, de 1970, revela una gran complejidad lectora en la que enfrenta a dos mujeres muy distintas que deciden suicidarse.​ Su última novela fue Grandes Soledades (1983).​

Quiroga pertenece, junto a Dolores Medio, Carmen Laforet, Carmen Kurtz, Carmen Martín Gaite y Ana María Matute, a una generación de escritoras que en sus relatos sobre la Guerra Civil aumentaron la profundización psicológica del testimonio femenino.​

Fue alabada en su época por su inquietud innovadora, su valentía para ensayar nuevas técnicas y estilos y por mostrar sensibilidad por el análisis psicológico y la evolución de sus protagonistas.​ En Algo pasa en la calle introdujo como recursos innovadores, el monólogo interior y el uso del estilo indirecto libre para enriquecer y abrir el discurso a la profusión y a la complejidad de los interiores y exteriores de los protagonistas.​

Sus obras están influenciadas por el ambiente gallego; como lo muestra que eligiera al gallego Álvaro Cunqueiro y su obra para su discurso de ingreso en la Real Academia Española.​ Rafael Lapesa describió en su respuesta en la RAE el estilo y lenguaje de Quiroga como innovador ya que Quiroga renovaba continuamente los materiales lingüísticos que usaba, buscando palabras exactas aunque no existieran. Su exactitud terminológica le hacía dar un giro semántico inesperado a las acciones, que así cobraban un sentido nuevo. También mencionó la variedad de sus niveles, desde el lenguaje selecto y poco engolado, elegante pero no ostentoso, hasta la utilización de popularismos o regionalismos.​

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