Tal Día como Hoy

El Tuerto de Pirón

Bandolero español del siglo XIX

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Fernando Delgado Sanz, más conocido como El Tuerto de Pirón o Tuerto Pirón (Santo Domingo de Pirón, Segovia, 30 de mayo de 1846 - Valencia, 5 de julio de 1914), fue un bandolero español muy temido en su época que, con el tiempo, ganó fama de bondadoso; fue llamado así por tener desde niño una nube en un ojo, que cubría con un parche.​​ Actuó principalmente en la sierra de Guadarrama y las cuencas de los ríos Pirón y Lozoya.​​​​

Su vida después de muerto fue fantaseada y en un breve período ya formó parte de los mitos populares: sus aventuras son cantadas de pueblo en pueblo.​​ Se le considera desde su muerte el último bandolero de la Sierra de Guadarrama.​​​​

Nació el 30 de mayo de 1846 en el seno de una familia humilde de Santo Domingo de Pirón, un pueblo de labradores.​ Sus padres fueron Ramón Delgado Adrados, natural de Escalona del Prado, y Ana Sanz de Ysabel, de Santo Domingo de Pirón,​ que ´habían contraído matrimonio siendo él viudo y ella menor de edad.​ Tuvo al menos una hermana y vivió una infancia despreocupada en la que destacó por su picaresca, por aburrirle el pastoreo y por su capacidad para llevarse bien con los animales. Además aprendió a leer, escribir y cálculo, cosa excepcional para el lugar en la época.​ Quiso estudiar en el Instituto Provincial de Segovia pero su poco dinero se lo impidió.

Tenía muchos amigos en la zona y alternó con una moza del pueblo que pronto fue su novia de mutuo acuerdo; consiguió la promesa y permiso del padre de ella para que se casaran pronto. Gracias a que sabía escribir, en sus primeros años de juventud aprendió el código morse y estuvo empleado como radiotelegrafista en la sección de Telégrafos de Segovia hasta que tuvo que partir a cumplir el servicio militar obligatorio a Madrid.​​

En el verano de 1866, tras volver a su lugar de nacimiento al finalizar el servicio militar, haber abrazado la idea de la libertad con su vertiente e implicaciones políticas y habiendo visto más mundo que la mayoría de sus vecinos, vio que su novia, una moza "realenga"​ (según algunas fuentes llamada Dolores y apodada Lola)​ de su misma localidad con la que estaba prometido con las bendiciones de su padre y gusto mutuo, se había casado con otro mozo de la localidad y que tras presiones familiares y en especial de su padre, que era cacique de la zona, accedió. Esto se debió a que la familia de este mozo tenía más posesiones que la de Fernando. Fue entonces cuando después de exculpar a la que fue su novia que aún amaba y su nuevo marido, con el corazón roto inició su carrera delictiva el 25 de julio de 1866, con su legendario y vengativo primer delito. Este consistió en robar el mejor cordero del padre de la que fue su novia y comérselo con ayuda de sus amigos en una cueva de la zona de Losana de Pirón celebrando la fiesta de Santiaguito en sustitución a la fiesta de la boda.​ Todo con el objetivo de mofarse y ridiculizarlo ante la población de la zona, cosa que sí logró, dejando los restos y piel del animal en su puerta junto con el texto "para el padrino". La noticia corrió como la pólvora y rápidamente se volvió famoso en toda la zona.​​​

Al ser el damnificado de su primer delito una persona influyente puso de inmediato a la Guardia Civil en su búsqueda y se vio obligado a vivir del robo escondiéndose en las Cuevas de la Vaquera y de Murciganillos y la Ermita de Santiaguito en Losana de Pirón,​​​ en el viejo y famoso Olmo de 300 años en una plaza de Rascafría desde donde escondido escuchaba información para posibles robos a los vecinos,​​​​​ en iglesias abandonadas, bosques y en algunas ventas o ranchos que le acogían por miedo, dinero o amistad, como la Venta del Hambre en Basardilla​ o el Rancho Alfaro en Santo Domingo de Pirón;​​ en este último se decía que contaba con la cooperación de su propietario, el sexto Marqués de Lozoya, Luis de Contreras y Tomé, con quien llegó a formar una estrecha amistad originada en antiguas conspiraciones políticas liberales de las que eran correligionarios.​​

Sus fechorías se basaron principalmente en robos de ganado, a casas ricas e iglesias, asaltos a caminantes y viajeros, además de pedir rescates tras el secuestrado de miembros de la burguesía, nobleza y clero. Formó una banda con cuatreros de la zona, siendo algunos amigos de su infancia que le apoyaron a su interés durante toda su vida. Los delitos fueron haciéndose cada vez más graves y en una zona cada vez más amplia. Delinquió solo con el objetivo de sobrevivir, a pesar de las turbias historias que promovidas por él para asustar se contaban.

Solo cometió un asesinato, batiéndose en duelo de navajas con un traidor del grupo apodado El Madrileño, lo cual ocurrió en la Fuente del Pesebre entre Torrecaballeros y Espirdo, cuando la banda tras un golpe dormía en una cueva de Losana de Pirón, y El Madrileño montó un caballo y se dispuso a ir a delatarlos para cobrar la recompensa, aunque Fernando, más ágil, le alcanzó y le reto a duelo mortal. Además permitió otro por parte de uno de sus compañeros llamado Paco a un soplón del grupo llamado Antolín de Pinilla, aunque después de cometerlo, Paco fue linchado hasta la muerte por vecinos del lugar.​ A diferencia de la mayoría de bandoleros le repugnaba la sangre​​ y aunque solía robar iglesias habitualmente intentaba ir a misa.

Entre sus fechorías más importantes destacan el complicado y mítico saqueo en invierno de 1880 a la iglesia románica de Tenzuela entrando por el tejado y sin dejar un solo rastro, del que se hizo gran eco la prensa madrileña,​ y el robo a la casa de Braulio Alonso,​ un rico de Adrada de Pirón en la que entró disfrazándose a sí mismo y a su banda de guardias civiles que iban a custodiar la casa una noche ante la amenaza de un atraco inminente del Tuerto Pirón.​ También es muy famoso su robo al obispo de Segovia Rodrigo Echevarría y Briones.​​

Hubo múltiples intentos de detención fallidos o que le tuvieron preso un tiempo mínimo, como la de 1879 o en las que tuvo que huir por los tejados de la segoviana calle de los Gascos o la madrileña glorieta de Quevedo tras ser interceptado en una posada.

Estos encontronazos se iban sucediendo poco a poco cada menos tiempo.​ Pero fue detenido como tal por primera vez en diciembre de 1881 durmiendo en la casa de un amigo carbonero que le traicionó y fue encarcelado en la Cárcel Real de Segovia en la calle Juan Bravo,​ actual Casa de la Lectura, de donde escapó por el techo con ayuda de un amigo fiel tras limar los barrotes,​ mes y medio después, el 31 de enero de 1882. Poco después, el 26 de marzo, estuvo cerca de ser detenido por el cabo segundo de la guardia civil Joaquín Monelús y otros tres compañeros en un encuentro que supuso la muerte de Aquilino Benito Pérez.​ Su segunda detención se produjo meses después en una posada en Miraflores de la Sierra, por el capitán de orden público Figueiredo (que fue ascendido a comandante);​ en este hecho fue conducido a la prisión de Colmenar Viejo y de nuevo al penal segoviano, de donde escapó de nuevo pero las huellas dejadas en la nieve de aquella noche de invierno de 1883 permitieron a la Benemérita cazar de nuevo y por última vez al bandido en el valle del arroyo Tejadilla de Segovia, tras más de 15 años prófugo.​ Fue acusado de múltiples delitos y condenado en 1888 por la comisión militar de la Audiencia de Madrid a cadena perpetua.​​ Resultó difícil imponerle una pena tan alta. Se salvó de la pena de muerte porque solo había cometido un asesinato a otro bandolero y no había disparado a agentes de la ley. El juez estuvo cerca de no poder condenarle a la perpetua por falta de cargos y finalmente lo hizo por el ensañamiento con el cuerpo de El Madrileño.​​​ Cumplió su condena en la Cárcel Modelo de Madrid, en Ceuta y posteriormente en San Miguel de los Reyes (Valencia). Su conducta en la penitencia fue excelente, llegando a ser clavero, y solicitó ser indultado, pero esta lenta posibilidad en trámite no llegó a tiempo.​​

Murió muy arrepentido de su pasado con 68 años, prisionero el 5 de julio de 1914 tras estar encarcelado durante 26 años en el Penal de San Miguel de los Reyes, provincia de Valencia,​​ donde pasó sus últimos días sumido en la decadencia, soledad, la amargura y enfermo de claustrofobia. Se popularizó entonces una copla que decía:

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