El Ejército realista en América es el término utilizado para describir las fuerzas militares organizadas durante las guerras de independencia hispanoamericanas, con el objetivo de defender la unidad política y territorial de la monarquía española frente a los movimientos independentistas surgidos en el primer tercio del siglo XIX. Se trató de un ejército nuevo e improvisado, distinto tanto del ejército peninsular que enfrentó a Napoleón como del establecido en Ultramar en el siglo XVIII, cuyas fuerzas se repartieron entre los bandos enfrentados. Estuvieron compuestas mayoritariamente por tropas americanas —principalmente indígenas—, y durante un tiempo recibieron refuerzos peninsulares.
El término realistas se popularizó en la historiografía hacia el final del conflicto, especialmente durante la restauración del régimen absolutista de Fernando VII en 1823, que perduró hasta su muerte en 1833. En España, también se denominó realistas a los defensores del Antiguo Régimen, llamados generalmente carlistas. El uso del término realistas puede extenderse a la población no beligerante o al partido realista.
Los diccionarios de la Real Academia los definen desde 1803 como regiarum partium sectator, el que en las guerras civiles sigue el partido de los reyes. En 1822 se añadió potestatis regia defensor, que defiende regalías y derechos de los reyes. En 1832 se suprimió guerra civil, y en 1869 se añadió a los partidarios de la monarquía absoluta.
La dimensión global de la guerra en la monarquía española
El conflicto tuvo un dimensión verdaderamente global. Tras las Abdicaciones de Bayona e instalar a la dinastía Bonaparte en el trono español, Napoleón, emperador de los franceses, se comprometió a conservar la integridad del Imperio español e intentó obtener el reconocimiento de su autoridad mediante comisionados enviados a las autoridades americanas, que fueron rechazados en todos los lugares, al tiempo que anexionaba a Francia los territorios vasco y catalán. Por su parte, el Reino Unido, mediante el Tratado Apodaca-Canning, reconoció a Fernando VII como rey legítimo en ausencia y se comprometió a apoyar la guerra contra Napoleón en la península ibérica. A cambio, recibió numerario, préstamos y donativos enviados desde Hispanoamérica a España, con los cuales se financiaron en buena parte los esfuerzos bélicos en la península Ibérica.
Desde el año 1808, las campañas terrestres de la guerra americana, debido a la enorme amplitud geográfica de los dominios de la monarquía, se desarrollaron en extensas zonas del continente, incluyendo territorios como la Florida española y diversas islas cercanas al litoral, como la Isla de Margarita o Chiloé en América del Sur, así como Galveston o Haití en América del Norte y el Caribe. También la propia península ibérica fue escenario de conflictos y motines, entre los que destaca la rebelión de la gran expedición de Ultramar.
La logística de las expediciones y los combates navales adquirieron un alcance global, abarcando desde las islas de Cuba y Puerto Rico, pasando por las islas Canarias y los puertos de la península ibérica, hasta las Filipinas. Los corsarios que operaban desde los puertos de los Estados Unidos fueron los más numerosos, mientras que los puertos del Reino Unido y de España sirvieron como punto de partida de las principales expediciones europeas, tanto realistas como independentistas. Los Estados Unidos fueron el punto de partida de expediciones insurgentes dirigidas contra Texas y la Florida españolas.La Banda Oriental fue tomada por la Invasión lusobrasileña, que consolidó el avance del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve sobre el territorio.
Desde el punto de vista político, el conflicto combinó un profundo carácter de guerra civil con una dimensión internacional, con la intervención directa o indirecta de las principales potencias globales. La participación oficial de los países europeos se limitó a la defensa de la península ibérica frente a la invasión napoleónica y a la restauración del absolutismo con el retorno de Fernando VII al trono. En lo relativo a los dominios americanos de la monarquía, las potencias extranjeras mantuvieron una apariencia de neutralidad, aunque permitieron e incluso fomentaron las actividades de empresas privadas dedicadas a la contratación de mercenarios y voluntarios extranjeros para los ejércitos independentistas. Tanto el Reino Unido como los Estados Unidos de América ofrecieron apoyo logístico, facilitaron el comercio de armas y pertrechos, y autorizaron la salida de corsarios y expedicionarios desde sus puertos. Además, ambos países actuaron como las primeras potencias en reconocer, de facto o de iure, a los nuevos estados americanos, consolidando así su separación de la monarquía española. En el plano naval, la entrega de patentes de corso en puertos de diversas regiones de América por parte de ambos bandos convirtió el mar en un escenario globalizado del conflicto, con corsarios operando en nombre de las distintas facciones a lo largo y ancho del Imperio español y sus rutas marítimas.
La revolución liberal en la Monarquía española
A principios del siglo XIX la monarquía española y sus defensores se vieron sacudidos por las Abdicaciones de Bayona de los reyes de España y la eclosión de la revolución liberal en el mundo hispánico. Esto tuvo lugar a través de dos procesos políticos que ocurrieron al mismo tiempo, el proceso constituyente español y la independencia hispanoamericana. Ambos condujeron a la creación de nuevos Estado nación, marcando el comienzo del fin del absolutismo y la ruptura violenta de la unidad política del mundo hispánico.
El sentido patrimonial de la unión de distintos Reinos -tanto europeos como de Ultramar- bajo una misma corona, denominado Reino de España e Indias y gobernado por una dinastía absolutista, intentó mantenerse en apariencia mediante el Estatuto de Bayona de 1808, que impuso un estado liberal subordinado al poder napoleónico, pero fue rechazado tanto en la península como en América.
Este modelo de unión plural terminó con el surgimiento del Estado nación, que reformó la monarquía. En 1810, las Cortes de Cádiz proclamaron una autoridad centralizada y una legalidad común bajo el nombre de Reino de las Españas. Esta reformulación provocó el estallido de los movimientos de independencia en América. El proceso fue interrumpida por un tiempo en la península por la restauración absolutista, que anuló la Constitución de Cádiz, aunque no logró evitar la separación definitiva de los nuevos estados americanos.
La Junta Suprema Central, había sido obedecida por las juntas formadas desde 1808 en España y América, pero ante los avances de Napoleón en 1810, termina refugiada en Cádiz, y se disuelve, dando paso a la formación de la Regencia de España e Indias y la formación de las Cortes de Cádiz en 1810. La legitimidad de la Regencia ya no fue reconocida por las juntas americanas, y viceversa, las juntas tratadas de insurgentes. Las Cortes procedieron a la abolición de los antiguos reinos, y pretendían tener la soberanía de la península y de los territorios americanos, y nombraba en Cádiz, sitiada por Napoleón, diputados suplentes para América. En sentido contrario las juntas americanas rechazaban la soberanía de la España europea, y la obediencia frente a cualquier gobierno español o francés, y fundamentaban su propio autogobierno en base la retroversión de la soberanía y las leyes tradicionales de Siete Partidas, justificándolas en la renuncia del rey en Bayona 1808.
Inicialmente, casi todas las juntas americanas proclamaron su lealtad a la dinastía Borbón de Fernando VII, prisionero de Napoleón, pero bajo monarquías independientes, como la llevada a la práctica en el Primer Imperio mexicano o en distintos proyectos independentistas de América del Sur. También hubo propuestas de monarquías bajo otras dinastías europeas en el caso de Perú, o de una monarquía incaica, como en Argentina. En todas ellas se trató en todo caso de formas monárquicas que además de liberales tampoco renunciaban a la independencia, el eje del conflicto. También hubo proyectos americanos para apoyar la restauración del régimen constitucional en la península, con el objetivo de debilitar el esfuerzo militar español. En cualquier caso lmanteniendo la independencia de los nuevos estados hispanoamericanos. La radicalización de posturas resultó en un conflicto militar que derivó en las declaraciones de independencia y el triunfo en el seno del juntismo americano de las ideas republicanas venidas de las revoluciones francesa y estadounidense.