Santo Domingo de Guzmán (Caleruega, c. 1170-Bolonia, 6 de agosto de 1221) fue un presbítero castellano y santo católico. Fundó en Toulouse la Orden de Predicadores o "dominicos", aprobada por el papa Honorio III en 1216, para predicar a la manera de los cátaros en contra de sus herejías.
El dominico Pedro Ferrando, que escribió sobre este santo hacia 1240, menciona que sus padres se llamaban Félix y Juana. Con los datos que aporta sobre el padre el historiador Rodrigo de Cerrato hacia 1260 se deduce que no perteneció a una familia pudiente que accediese a la nobleza. Una tradición del siglo XIII señala que descendía de los poderosos linajes Guzmán y Aza.
En la década de 1730 los bolandistas pusieron en duda que santo Domingo descendiese de una estirpe noble, como era la de los Guzmán. En 1732 el dominico Joseph Manzano escribió en su Vida y portentosos milagros del glorioso san Isidoro que esta duda sobre santo Domingo no tenía fundamento y en 1737 Pedro Joseph de Mesa Benítez escribió Ascendencia de santo Domingo de Guzmán donde afirmaba que había certeza de eso y se indignaba de que se pensase lo contrario. En 1740 el dominico Antonin Brémond publicó una obra para probar que santo Domingo efectivamente descendía de los Guzmán. Según Géraud de Frachet tanto Domingo como sus hermanos, Antonio y Manés, fueron hidalgos.
Según una leyenda recogida por el dominico Géraud de Frachet en 1259, Juana peregrinó al monasterio benedictino de Silos para rezar ante el sepulcro del abad santo Domingo, muerto en el 1073, y pedirle que le concediera un hijo. El espíritu del abad se habría aparecido a Juana y le habría anunciado que daría a luz a su primogénito, al que quiso llamar Domingo.
Según el dominico del siglo XIII Jordán de Sajonia, Juana tuvo el sueño de que un perro salía de su vientre con una antorcha en la boca antes de tener a Domingo. Ella habría entendido que su hijo llevaría el fuego de Jesucristo al mundo (véase Lucas 12:49). Domingo viene del latín Dominicus, que significa "Del Señor", pero también los religiosos han hecho un juego de palabras en latín con Domini canis, que significaría "el perro del Señor". Este perro se ha representado posteriormente de color negro con manchas blancas. Se decía que la madre de san Bernardo de Claraval, Aleth, había tenido una visión similar, solo que el perro no llevaba una antorcha en la boca y era blanco con manchas rojas.
En una audiencia general del 3 de febrero de 2010 el papa Benedicto XVI declaró sobre Domingo:
Domingo nació en el pueblo castellano Caleruega entre 1170 y 1174. En 1723 el premonstratense José Esteban Noriega citó unos versos falsos de Gonzalo de Berceo que decían que santo Domingo nació el día de san Juan y que había sido canónigo regular de la Orden de San Norberto en el Monasterio de Santa María de La Vid, lo que ha sido repetido por otros posteriormente.
El dominico Thierry de Apoldia escribió en 1290 que la madre de Domingo le amamantó personalmente, sin permitir que lo hiciera una nodriza.
Su madre, Juana, fue beatificada en 1828. Su hermano Antonio fue sacerdote y vivió en un hospital de Silos atendiendo a los peregrinos. Su hermano Manés se hizo fraile dominico, fundó el Convento de Santiago en París y regresó a España para propagar la orden. Manés fue beatificado en 1834.
Géraud de Frachet, dominico del siglo XIII, y Galvano Fiamma, dominico del siglo XIV, han sostenido que Domingo también tuvo una hermana, que a su vez tuvo dos hijos.
Jordán de Sajonia especifica que Domingo estuvo durante sus primeros años cuidado por sus padres y por "un arcipreste, tío suyo". Una tradición muy posterior dice que este último era hermano de su madre y que tenía el arciprestazgo en Gumiel de Izán.
Constantino de Orvieto, dominico del siglo XIII, dice que Domingo, al dejar de ser niño, fue enviado al prestigioso Estudio General de Palencia donde primero estudió con intensidad Artes Liberales y, posteriormente y durante cuatro años, pasó a estudiar con "sumo interés" Teología.
Terminó sus estudios y, hacia 1195 o 1196, fue nombrado por el obispo de Osma, Martín de Bazán, canónigo regular en la Catedral de la Asunción de la Virgen de Osma. Probablemente, en los primeros meses o tras un año de prueba en Osma tuvo lugar su ordenación sacerdotal. Por entonces conoció al prior Diego de Acebes, que sucedería a Bazán en el obispado en 1201. Domingo, por su parte, tenía el rango de subprior.
El cabildo catedralicio de Osma estaba regido por la Regla de la Orden de San Agustín, pero se estaba cayendo en la relajación de su cumplimiento. Alfonso VIII y los obispos castellanos pidieron al papa Inocencio III una reforma de la regla, que fue aprobada en Letrán en 1199.
Domingo regresó a Palencia para ser regente de la Cátedra de Sagradas Escrituras en el Estudio General. Tras finalizar los cuatro cursos de docencia y magisterio universitario, regresó al cabildo catedralicio de Osma y fue vicario general de la diócesis.
El fraile Jordán escribió una oración dedicada a Domingo donde le define como "sacerdote santísimo de Dios" y "confesor admirable". Domingo, por su parte, firmó hasta 1216 como "DOMINGO Canonicus Ecclesiae Oxomensis".
Jordán escribe, sucintamente, que Alfonso VIII de Castilla quería establecer un contrato matrimonial entre su hijo, el infante Fernando, y una doncella noble de "las Marcas". Según el dominico e historiador Luis G. Alonso Getino se conocía como "las Marcas" a las fronteras de los países europeos. La opinión más generalizada es que su intención era casas a Fernando con la princesa Ingeborg de Dinamarca. Hacia 1203 el monarca castellano decidió mandar a ese lugar una embajada presidida por el obispo de Osma, Acebes, que fue acompañado de Domingo. La comitiva pasó por Navarra, Huesca y cruzó los Pirineos.
Tras llegar a su destino, ser bien recibidos y recoger a la prometida, emprendieron el regreso. La doncella falleció por el camino. En su viaje por Europa, Acebes y Domingo tuvieron conocimiento de que había un grupo de paganos conocidos como "cumanos" y decidieron dedicarse a su conversión. Sin embargo, tenían responsabilidades en Osma y necesitaban permiso de la Santa Sede para hacerlo. Por ello, Acebes y Domingo, con algunos miembros de la comitiva, se encaminaron a Roma. En esta ciudad consiguieron audiencia con Inocencio III pero este no accedió a las peticiones de los castellanos.