El dióxido de carbono (fórmula química CO2) es un compuesto de carbono y
oxígeno que existe como gas incoloro en condiciones de temperatura y presión estándar (TPS).
Antes de las normas de la IUPAC de 2005, era también conocido como anhídrido carbónico. Este compuesto químico está compuesto de un átomo de carbono unido con enlaces covalentes dobles a dos átomos de oxígeno. El CO2 existe naturalmente en la atmósfera de la Tierra como gas traza en una fracción molar de alrededor de 400 ppm. La concentración actual es de alrededor 0,04 % (410 ppm) en volumen, un 45 % mayor a los niveles preindustriales de 280 ppm. Fuentes naturales incluyen volcanes, aguas termales, géiseres y es liberado por rocas carbonatadas al diluirse en agua y ácidos. Dado que el CO2 es soluble en agua, ocurre naturalmente en aguas subterráneas, ríos, lagos, campos de hielo, glaciares y mares. Está presente en yacimientos de petróleo y gas natural.
El CO2 atmosférico es la principal fuente de carbono para la vida en la Tierra y su concentración preindustrial desde el Precámbrico tardío era regulada por los organismos fotosintéticos y fenómenos geológicos. Como parte del ciclo del carbono, las plantas, algas y cianobacterias usan la energía solar para fotosintetizar carbohidratos a partir de CO2 y agua, mientras que el O2 es liberado como desecho. Las plantas producen CO2 durante la respiración nocturna.
Es un producto de la respiración de todos los organismos aerobios. Regresa al agua por las branquias de los peces y al aire mediante los pulmones de los animales terrestres, incluidos los humanos. Se produce CO2 durante los procesos de descomposición de materiales orgánicos y la fermentación de azúcares en la fabricación de vino, cerveza y pan. También se produce por la combustión de madera (leña), carbohidratos y combustibles fósiles como el carbón, la turba, el petróleo y el gas natural.
Respiración celular (mitocondrial):
{\displaystyle {\ce {C6H12O6 + 6O2 -> 6H2O + 6CO2 + 38ATP}}}
Es un material industrial versátil usado, por ejemplo, como un gas inerte en soldadura y extintores de incendio, como presurizador de gas en armas de aire comprimido y recuperador de petróleo, como materia prima química y en forma líquida como solvente en la descafeinización y secador supercrítico. Se agrega a las bebidas y en gaseosas incluidas la cerveza y el champán para agregar efervescencia. Su forma sólida es conocida como «hielo seco» y se usa como refrigerante y abrasivo en ráfagas a presión.
El dióxido de carbono es un importante gas de efecto invernadero. La quema de combustibles de carbono desde la Revolución Industrial ha aumentado rápidamente su concentración en la atmósfera, lo que ha llevado a un calentamiento global. Es además la principal causa de la acidificación del océano, ya que se disuelve en el agua formando ácido carbónico.
El dióxido de carbono fue uno de los primeros gases en ser descritos como una sustancia distinta del aire respirable. En el siglo XVII, el químico flamenco Jan Baptist van Helmont observó que cuando se quema carbón en un recipiente cerrado, la masa resultante de la ceniza era mucho menor que la del carbón original. Su interpretación fue que el carbón fue transformado en una sustancia invisible que él llamó un «gas» o «espíritu silvestre» (spiritus sylvestre).
Las propiedades del dióxido de carbono fueron estudiadas con mayor profundidad en 1750 por el médico escocés Joseph Black, quien encontró que la piedra caliza (carbonato de calcio) al calentarse o tratarse con ácidos producía un gas incoloro que llamó «aire fijo». Observó que el aire fijo era más denso que el aire atmosférico y que no sustentaba la llama de una combustión ni a la vida animal. Black también encontró que al burbujear a través de una solución acuosa de cal (hidróxido de calcio), se precipitaba carbonato de calcio. Posteriormente se utilizó este fenómeno para ilustrar que el dióxido de carbono se produce orgánicamente por la respiración animal y la fermentación microbiana. En 1772, el químico inglés Joseph Priestley publicó un documento titulado Impregnación de agua con aire fijo en el que describía un proceso de goteo de ácido sulfúrico (o aceite de vitriolo, como Priestley lo conocía) en tiza para producir dióxido de carbono, obligando a que el gas se disolviera; agitando un cuenco de agua en contacto con el gas, obtuvo agua carbonatada. Esta fue la invención del agua carbonatada.
El dióxido de carbono se licuó primero (a presiones elevadas) en 1823 por Humphry Davy y Michael Faraday. La primera descripción de dióxido de carbono sólido fue dada por Charles Thilorier, quien en 1834 abrió un recipiente a presión de dióxido de carbono líquido, solo para descubrir que el enfriamiento producido por la evaporación rápida del líquido produjo «nieve» de dióxido de carbono sólido (nieve carbónica).
El dióxido de carbono está presente, en forma gaseosa, en las atmósferas de varios planetas del sistema solar. Entre ellos, Venus, la Tierra y Marte. En los casos de Venus y Marte, sus atmósferas contienen más de un 95 % de CO2. En el caso de la Tierra, esta concentración es mucho menor, de alrededor de un 0,042 % (unas 421 ppm).
La concentración de CO2 en la atmósfera terrestre ha variado a través de las edades. En el periodo devónico se produjo una elevada concentración de CO2 atmosférico sobre las 3000 ppm (muy por encima de las actuales 421 ppm) y se verificó una extinción masiva hace 400 millones de años. Por otro lado, en el periodo jurásico (hace 150 millones de años), los niveles superaron las 1700 ppm. La alta presencia se ha relacionado con un intenso vulcanismo y una alta temperatura ambiente en esos periodos.
Actualmente, el dióxido de carbono representa menos de un 1% del volumen de la atmósfera de la Tierra (lo que lo incluye dentro del concepto de gas traza). En el año 2018 tenía una concentración de 407,8 partes por millón en volumen. Esta cifra es una media anual, pero la concentración atmosférica de CO2 muestra estacionalidad, es decir, fluctúa ligeramente a lo largo del año. Esto se debe a la variación que se produce en la masa vegetal presente en el hemisferio norte como consecuencia del cambio de las estaciones. Desde la segunda mitad de la primavera hasta el final del verano en el norte, las plantas están en su mayor desarrollo, lo que hace que consuman más CO2 y se reduzca la concentración de este en la atmósfera. Por el contrario, durante el otoño y el invierno del norte, las plantas entran en estado latente o mueren y se descomponen, lo que hace que consuman menos CO2 y aumente la concentración de este en la atmósfera. Las concentraciones varían también a nivel regional, con más fuerza cerca del suelo con variaciones mucho menores en lo alto. En las zonas urbanas las concentraciones son generalmente más altas y en el interior de viviendas se pueden alcanzar concentraciones de 10 veces el nivel ambiental.
La combustión de combustibles fósiles y la deforestación han provocado un aumento de la concentración atmosférica de CO2 cercana al 43 % desde el comienzo de la era de la industrialización. La mayor parte del dióxido de carbono de las actividades humanas es liberado por la quema de carbón y otros combustibles fósiles. Otras actividades humanas, como la deforestación, la quema de biomasa y la producción de cemento también producen CO2. Los volcanes emiten entre 0,2 y 0,3 mil millones de toneladas de CO2 por año, en comparación con los cerca de 29 mil millones de toneladas por año de CO2 emitido por las actividades humanas. Hasta el 40 % de los gases emitidos por algunos volcanes en erupción subaérea es dióxido de carbono.
Dióxido de carbono y efecto invernadero
El dióxido de carbono es un gas de efecto invernadero, que absorbe y emite radiación infrarroja en sus dos frecuencias de vibración activas en infrarrojos. Este proceso hace que el dióxido de carbono caliente la superficie y la atmósfera inferior y enfríe la atmósfera superior.