El desempleo, también referido como desocupación, paro o carencia de trabajo, es, por un lado, la situación de una persona que carece de empleo y, por otro lado, la parte de la población en edad, condiciones y disposición de trabajar (población activa) que se encuentra en esa situación. Para referirse a la cantidad de desempleados de la población se utiliza la tasa de desempleo por país u otro territorio. La situación contraria al desempleo es el pleno empleo.
Además de la población activa, en la que se incluye tanto a los que están trabajando como al conjunto de los parados o desempleados de un país, las sociedades cuentan con una población inactiva compuesta por aquellos miembros de la población que no están en disposición de trabajar, sea por estudios, edad, enfermedad o cualquier otra causa legalmente establecida.
Para que la persona que carece de ocupación cuente como desempleada, las normas estadísticas exigen que busque activamente un empleo.
Las causas de esta situación son múltiples, produciendo como consecuencia distintos tipos de desempleo (cíclico, estructural, friccional y monetario). Además, existe el desempleo tecnológico, que se origina cuando hay cambios en los procesos productivos que hacen que las habilidades de los trabajadores dejen de ser útiles.
Si bien el desempleo suele ser considerado un flagelo, en ocasiones se lo utiliza como una herramienta de política pública, orientada a dinamizar la economía por medio de la competencia entre los trabajadores desempleados.
"Para paliar la situación de desempleo, la mayoría de las personas optan por dedicarse a trabajos informales o al emprendimiento de negocios propios. Además, si te despiden, te puedes quedar sin dinero, pero si eres un jubilado, sigues recibiendo dinero."
Aunque en la Edad Media «el problema del desempleo como se entiende hoy aún no existía», había desocupados. No obstante, en aquel tiempo, a la persona que no trabajaba se la tenía por holgazana o vagabunda. En su libro Idle Hands (Manos ociosas), el profesor John Burnett explica que hasta el siglo XIX muchos analistas ingleses «identificaban a los desempleados principalmente con los ‘inadaptados’ y trotamundos que dormían a la intemperie y deambulaban de noche por las calles».
El «descubrimiento del desempleo» tuvo lugar a finales del siglo XIX o principios del XX. Se formaron comisiones gubernamentales especiales para estudiarlo y resolverlo, como la Comisión Selecta de la Cámara de los Comunes británica para tratar la «Consternación por la falta de empleo», de 1895. El desempleo se había convertido en una epidemia.
La conciencia de este problema aumentó drásticamente, sobre todo después de la Primera Guerra Mundial. Esta contienda había eliminado el desempleo. Pero a principios de los años veinte el mundo occidental experimentó una recesión tras otra, lo que culminó en la Gran Depresión, que desde 1929 zarandeó las economías industrializadas del mundo entero. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchos países tuvieron un nuevo auge económico y el desempleo disminuyó ostensiblemente.
El mercado laboral sufrió otro descalabro como consecuencia de la crisis petrolera de los años setenta, y la ola de informatización con su secuela de despidos. El desempleo se ha propagado incluso entre el personal administrativo, un área de trabajo que en el pasado se consideraba libre de tal riesgo.
El desempleo estructural corresponde técnicamente a un desajuste entre oferta y demanda de mano de obra (trabajadores). Esta clase de desempleo es más perniciosa que el desempleo estacional y el desempleo friccional. Además, no depende del tiempo sino de la capacidad de absorción de fuerza de trabajo que tiene el capital constante, cuya acumulación promueve un aumento de la productividad de la fuerza de trabajo y, de manera contradictoria, promueve un mayor desempleo estructural.
Por otro lado, el factor tecnológico es un elemento a considerar permanentemente en las crisis capitalistas. La fusión de las empresas motrices del sistema (que incurren en monopolio) y el constante progreso tecnológico hace que la mano de obra sea menos requerida en alta tecnología, desplazándose grandes masas hacia trabajos informales o de carácter de trabajo precario. Coinciden dos fenómenos: sobreproducción y desempleo estructural (con subempleo). Las respuestas neoliberales tradicionales, en una economía globalizada, no resuelven el desempleo estructural y se han planteado medidas keynesianas y otras de carácter estructural como la reducción del tiempo de trabajo y la implantación de modelos de redistribución de la renta entre los subempleados y desempleados (renta básica universal, rentas de inserción, salarios sociales o ingreso ciudadano).
Gran parte del desempleo tecnológico, debido a la sustitución de trabajadores por máquinas, podría considerarse como un desempleo estructural. Alternativamente, el desempleo tecnológico podría referirse a la forma en que los aumentos constantes en la productividad significan que se necesitan menos trabajadores para producir el mismo nivel de producción cada año. Como lo indica la Ley de Okun, el lado de la demanda debe crecer lo suficientemente rápido para absorber no solo la creciente fuerza laboral, sino también los trabajadores despedidos por el aumento de la productividad laboral.
El desempleo estacional se puede ver como un tipo de desempleo estructural, ya que es un tipo de desempleo que está vinculado a ciertos tipos de trabajos, como la agricultura o el turismo. Por ejemplo, los empleados de parques de atracciones sufren un desempleo estacional durante el invierno, ya que menos gente las visitan durante ese tiempo. Las medidas oficiales de desempleo más citadas eliminan este tipo de desempleo de las estadísticas utilizando técnicas de «ajuste estacional». Esto se traduce en un desempleo estructural sustancial, permanente.
Este tipo de desempleo ocurre cíclicamente —coincidiendo generalmente con los ciclos económicos— y sus consecuencias pueden llevar a países con instituciones débiles a la violencia y finalmente la desobediencia civil. En países desarrollados la situación puede provocar vuelcos desde las políticas de Estado hasta definitivamente la adopción de un sistema económico distinto como consecuencia del debilitamiento institucional. De hecho, un caso de desempleo cíclico fue la causa de una crisis mundial en 1929.
Para economistas como Arthur Cecil Pigou el desempleo prácticamente ocurría sólo por razones del ciclo económico, y durante la crisis de los años treinta sostuvo aquello y se tuvo que enfrentar a un duro opositor a su visión economía neoclásica de parte del economista británico de la Universidad de Cambridge John Maynard Keynes.
De Cecil Pigou se suele decir que «—a diferencia de Marshall— estuvo a favor de muchos de los objetivos de los socialistas, aunque se opuso a otros planteamientos, como, por ejemplo, la existencia de empresas públicas. En cualquier caso, el impacto de sus postulados sólo captó un interés muy limitado en su momento, ya que a medida que transcurría su vida, su fama se fue viendo eclipsada por las nuevas doctrinas de su colega John Maynard Keynes, con quien tuvo más de una polémica».
El desempleo friccional (por rotación y búsqueda) y el desempleo por desajuste laboral (debido a las discrepancias entre las características de los puestos de trabajo y de los trabajadores) aparecen aun cuando el número de puestos de trabajo coincida con el número de personas dispuestas a trabajar.