Tal Día como Hoy

Día de Muertos

Festividad religiosa mesoamericana y sudamericana

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El Día de Muertos​​es una festividad tradicional de los indígenas mexicanos​ que se celebra principalmente los días 1 y 2 de noviembre, en la que se reúnen familiares y amigos para rendir homenaje y recordar a seres queridos que han fallecido. La festividad se celebra ampliamente en México y la tradición ha creado eco en otros países de América Central y la región andina.​ En España, por su parte, se celebra en eventos culturales de inmigrantes mexicanos integrados en la sociedad española.​​

Esta celebración difiere en varios aspectos del Día de Brujas o Halloween y a menudo se les confunde debido a que ambas celebraciones están relacionadas con el período cristiano de Allhallowtide. La festividad se originó como un sincretismo entre las celebraciones católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos con las tradiciones de los indígenas de América.​​

Las tradiciones de esta festividad incluyen elementos distintivos como calaveras y flores de cempasúchil para honrar a los fallecidos. Las familias construyen altares domésticos, denominados ofrendas, donde colocan alimentos y bebidas preferidos por sus difuntos. La conmemoración incluye visitas a los cementerios para dejar estas ofrendas en las tumbas. La celebración incorpora aspectos festivos como el intercambio de calaveras de azúcar entre amigos y la degustación del pan de muerto en familia. Una tradición particular son las calaveras literarias: versos satíricos que funcionan como epitafios humorísticos dedicados a personas vivas.

En 2008, la Unesco declaró la festividad como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de México. Ha sido objeto de planes integrales de salvaguardia coordinados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Secretaría de Cultura federal durante el periodo 2024-2026.​ Estas acciones institucionales buscan mitigar los efectos de la gentrificación turística y la explotación netamente comercial de las ceremonias comunitarias en las regiones nucleares de la tradición. Asimismo, el Gran Desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México, formalizado administrativamente dentro de las políticas de gestión cultural urbana, se ha consolidado para el ciclo actual de 2026 como un eje de reactivación económica, integrando normativas logísticas y de sostenibilidad para la protección del espacio público y la seguridad de los asistentes.​

Las opiniones acerca del origen del Día de Muertos en México son diversas y han generado un debate académico. Los investigadores mexicanos están divididos sobre si la festividad tiene raíces genuinamente indígenas prehispánicas o si es una versión reinventada en el siglo XX de una tradición española desarrollada durante la presidencia de Lázaro Cárdenas para fomentar el nacionalismo mexicano a través de una identidad ‘mexica’.​​

El inicio de la observancia cristiana de Allhallowtide, que incluye el Día de Todos los Santos, así como el Día de los Fieles Difuntos, se celebra en las mismas fechas en lugares como España y el sur de Europa, y en otras partes de la cristiandad. Los críticos de la teoría del origen indígena sostienen que, aunque el México precolombino tenía tradiciones que honraban a los muertos, las representaciones actuales de la festividad tienen más en común con las tradiciones europeas y sus alegorías sobre la vida y la muerte personificadas en el esqueleto humano, que sirven como recordatorio de la naturaleza efímera de la vida.

La historiadora y antropóloga Elsa Malvido, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, es una de las principales críticas de la teoría prehispánica. Malvido argumenta que la tradición del Día de Muertos puede trazarse directamente a la Europa medieval. Ella cuestiona la idea de que la festividad sea un sincretismo de prácticas mesoamericanas y católicas, afirmando que esto ha sido utilizado para minimizar la influencia católica y unificar las prácticas culturales en México.​ Según Malvido, las prácticas asociadas con el Día de Muertos son más bien el resultado de una compleja historia de tradiciones mortuorias desde la época virreinal hasta el siglo XX, mezcladas con la liturgia católica de Todos los Santos y Fieles Difuntos. Estas prácticas varían según las regiones de México y Centroamérica, reflejando influencias indígenas y modernas propias de cada lugar. Por ejemplo, los tradicionales pan de muertos, calaveritas de dulce, y otras comidas típicas, así como la decoración con altares, son adaptaciones locales de costumbres católicas observadas en zonas rurales de Europa, especialmente en España e Italia.​

Las opiniones contrarias afirman que, a pesar de la evidente influencia europea, existen pruebas de festividades precolombinas que eran muy similares en espíritu. Los mexicas celebraban al menos seis festividades al año que se asemejaban al Día de Muertos, la más cercana siendo Quecholli, una celebración en honor a Mixcóatl (el dios de la guerra), que se celebraba entre el 20 de octubre y el 8 de noviembre. Esta celebración incluía elementos como la colocación de altares con tamales cerca de los cementerios de los guerreros para ayudarles en su viaje al más allá.

El poeta mexicano y laureado con el Premio Nobel, Octavio Paz, apoyó firmemente la visión sincrética de que la tradición del Día de Muertos es una continuidad de las antiguas festividades aztecas que celebraban la muerte, como se evidencia en el capítulo «Todos Santos, Día de Muertos» de su ensayo de 1950, El laberinto de la soledad.

El pueblo teotihuacano acostumbraba a hacer ofrenda en honor a los fallecidos casi todo el tiempo, practicando cansados pero intensos rituales con el propósito de que el difunto llegase con bien a uno de los cuatro paraísos según su forma de muerte, conteniendo comida, copal, vasijas, cuchillos, piedras de jade y semillas; utilizaban a los perros xoloescuintles para que les ayudasen a ser la luz en el paso por el inframundo y no se perdieran sin antes llegar al paraíso, sacrificándolos y enterrándolos junto con la persona fallecida.[cita requerida]

La muerte en la civilización mexica tenía un significado diferente al de la religión cristiana, ya que no se basaba en el comportamiento durante la vida para determinar el destino del alma, sino en el tipo de muerte que se había tenido. Las principales civilizaciones mesoamericanas desarrollaron una rica ritualística en torno al culto de los antepasados y la muerte misma, lo que sentó las bases para el actual Día de Muertos. Los mexicas creían en cuatro destinos para las almas de los difuntos: el Tlalocan, un paraíso de abundancia para aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua; el Omeyocán, un lugar de gozo permanente para los guerreros caídos en batalla y las mujeres que morían durante el parto; el Chichihuacuauhco, donde los niños fallecidos antes de su consagración al agua esperaban para renacer cuando la raza actual se destruyera; y el Mictlán, un lugar de descanso o desaparición al que llegaban las almas tras un tortuoso viaje de cuatro años, acompañadas por un perro Xoloitzcuintle y portando ofrendas para Mictlantecuhtli. Los entierros prehispánicos incluían diversos objetos funerarios, tanto de uso personal como aquellos que el difunto podría necesitar en su tránsito al inframundo.​

Fiestas de los muertos en la cultura nahua

En la cultura nahua del Anáhuac, no existía un «Día de Muertos» como tal, sino que se honraba a los difuntos en tres fechas diferentes del calendario nahua, conocidas como veintenas, dedicadas a Mictlantecuhtli y Mictlancíhuatl. La primera celebración, llamada Miccailhuitontli o «fiesta de los muertos chiquitos», tenía lugar alrededor del 16 de julio durante el mes de Tlaxochimaco. La segunda, conocida como Miccailhuitl, se llevaba a cabo en octubre, mientras que la tercera se celebraba en marzo. Durante estas fiestas, se realizaban diversas actividades, como cortar y adornar un árbol llamado xócotl, realizar ofrendas, procesiones, sacrificios y grandes comidas. En la Ueymicailhuitl o «fiesta de los muertos grandes», celebrada alrededor del 5 de agosto, la gente acostumbraba colocar altares con ofrendas para recordar a sus muertos, lo que se considera el antecedente del actual altar de muertos. Se honraba especialmente a los guerreros y a las mujeres que morían durante el parto, así como a quienes fallecían por un rayo o ahogados, cuyas almas iban al Tlalocan.

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