El Concilio de Florencia, también conocido como Concilio de Basilea-Ferrara-Florencia, fue el XVII concilio ecuménico de la Iglesia católica, el noveno de los celebrados en Occidente.
Fue convocado por el papa Martín V unas semanas antes de su muerte en 1431, y luego confirmado por el papa Eugenio IV. Reunido en un momento en el que el prestigio del papado había sido debilitado por el Cisma de Occidente (1378-1417), que llevó al movimiento conciliarista, y en el contexto de las guerras husitas en Bohemia, se centró inicialmente en dos grandes problemas: la cuestión de la supremacía papal y la herejía husita.
Fue inaugurado en Basilea el 23 de julio de 1431 bajo la presidencia del cardenal Giuliano Cesarini, legado del papa, con una asistencia muy reducida. Debido a esto y al proyecto de un concilio con los ortodoxos en Italia, el papa decidió posponerlo. Sin embargo, los miembros del concilio se negaron a su disolución y renovaron el decreto Sacrosancta del Concilio de Constanza (1414-1418), que declaraba que los concilios generales recibían sus poderes directamente de Dios y que incluso el papa estaba sujeto a la dirección de un concilio. Más delegados llegaron a Basilea, y el concilio procedió a abordar el asunto de los husitas.
El 15 de diciembre de 1433 el papa cedió y revocó el decreto de disolución. En las negociaciones y discusiones que siguieron el concilio y el papa no lograron ponerse de acuerdo, y el concilio gradualmente perdió prestigio. El concilio propuso varias medidas antipapales, y en 1437 el papa Eugenio trasladó el concilio a Ferrara, Italia, para poner en consideración una reunión con la Iglesia ortodoxa. Muchos de los obispos aceptaron el cambio de sede, pero varios se mantuvieron en Basilea como un concilio remanente que suspendió al papa Eugenio, quien a su vez excomulgó a sus miembros. El concilio, con apenas once obispos presentes, declaró depuesto a Eugenio y en 1439 eligió como su sucesor (antipapa) a un laico, Amadeo VIII de Saboya, quien tomó el nombre de Félix V.
Por su parte, en Ferrara, las Iglesias latina y bizantina intentaron llegar a un acuerdo respecto a sus diferencias doctrinales y poner fin al cisma que las separaba. La delegación bizantina incluyó a José II, patriarca de Constantinopla, veinte metropolitanos y al emperador bizantino Juan VIII Paleólogo.
El concilio fue trasladado a Florencia el 10 de enero de 1439 y concluyó en 1443 tras negociarse una unión con la Iglesia ortodoxa. Esta reconciliación tras el Gran Cisma fue fugaz, pero constituyó un éxito político para el papado.
En 1378 algunos miembros del Colegio Cardenalicio, descontentos con la elección de Urbano VI, decidieron elegir un nuevo papa, el antipapa Clemente VII, causando la división de la cristiandad occidental en dos obediencias papales, período conocido como el Cisma de Occidente. En 1409 se intentó solucionar la situación por medio de la convocación de un concilio ecuménico en Pisa, creyendo que solo una reunión general de la Iglesia podía poner fin al cisma. Los dos pontífices de entonces, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón, se negaron a participar del concilio, por lo que este les depuso y en su lugar eligieron a Alejandro V. El papa de Pisa, Alejandro V, murió al año siguiente de ser elegido. Inmediatamente le sucedió el antipapa Juan XXIII. De esa manera, Pisa complicó el problema, ahora la Iglesia se encontraba dividida en tres obediencias.
Con la celebración del Concilio de Constanza (entre 1414 y 1418) y la elección de Martín V como único papa se puso fin al gran cisma, pero en el debate teológico cobró fuerza la doctrina conciliarista. Las discusiones eclesiológicas del tiempo debatían entre dos conceptos fundamentales sobre la Iglesia: el primero definía a la Iglesia como una organización monárquica, cuya cabeza era el papa, sucesor de san Pedro; mientras que el segundo planteaba que la Iglesia era una comunidad de fieles, representada en el concilio, cuya presidencia ostentaba el papa. El concilio emanó el decreto Frequens por medio del cual se ordenaba la celebración de otro concilio cinco años después del de Constanza y la frecuencia de un concilio cada diez años.
Siguiendo el decreto Frequens, el papa Martín V, aunque si estaba preocupado por el avance de la teoría conciliarista, cinco años después del concilio de Constanza convocó un nuevo concilio en Pavía, el cual inició en abril de 1423, pero por causa de la peste fue trasladado a Siena. Al no asistir un número considerable de representantes de toda la Iglesia y al no emanar ningún decreto, dicho concilio se cerró sin ser considerado un concilio ecuménico.
El decimoséptimo concilio ecuménico fue convocado el 1 de febrero de 1431 por el papa Martín V. Su localización inicial en Basilea, ciudad imperial libre en la actual Suiza, acordada en el anterior Concilio de Siena, se debió al deseo de los participantes de desarrollar las sesiones fuera de los territorios dominados por las grandes potencias de la época para evitar influencias externas al propio concilio. El papa designó presidente al cardenal Giuliano Cesarini mediante las bulas Dum onus universalis gregis y Nuper siquidem cupientes.
Veinte días después murió el papa Martín V y en el cónclave que siguió a su muerte fue elegido Eugenio IV.
El concilio debía abrirse el 3 de marzo de 1431, pero para esa fecha sólo el abad Alexander de Vézelay se había presentado en Basilea; en los tres meses siguientes fueron llegando los representantes de la Universidad de París, algunos obispos, abades y doctores, y el 23 de julio, con cerca de una docena de asistentes, se celebró la sesión inaugural presidida por Juan de Ragusa y Juan de Palomar, vicarios del presidente Cesarini, quien en agosto consiguió escapar de la derrota de Domažlice contra los husitas y no llegó a Basilea hasta el 9 de septiembre.
En su primera sesión del 14 de diciembre, todavía con una asistencia muy reducida, el concilio declaró sus intenciones de combatir la herejía, restaurar la paz entre cristianos y acometer la reforma.
El papa intenta disolver el concilio
La validez canónica del concilio estaba asegurada por las disposiciones del concilio de Constanza, por las del de Siena, por la convocatoria de Nicolás V y por el compromiso que el mismo Eugenio IV había suscrito en la capitulación del cónclave antes y después de su elección, pero ahora el papa temía que en Basilea se desarrollaran los decretos revolucionarios de Constanza, consideraba una amenaza para su autoridad que los padres conciliares se arrogaran una superior a la suya, y recelaba de que incluso pudiera ser impugnada su elección por haber sido excluido del cónclave de 1431 Domenico Capranica.
Muy desfavorable fue el informe que recibió del embajador Jean Beaupère exagerando la escasez de los asistentes al concilio, las dificultades de acceso a Basilea, la mala disposición de sus ciudadanos y la inseguridad del lugar por la cercanía de la guerra entre Austria y Borgoña (aliados respectivamente con Francia e Inglaterra en la Guerra de los Cien Años).
A finales de diciembre llegó desde Roma a Basilea el tesorero papal Daniele Scoti con la misión de entregar la bula Postquam divina clementia del 12 de noviembre, en la que Eugenio IV dejaba al criterio de Cesarini transferir el concilio a Bolonia para dieciocho meses más tarde, pero informado el papa de que los conciliares habían invitado a una libre discusión a los husitas (condenados como herejes en Constanza), el 18 de diciembre ordenó incondicionalmente su disolución en una segunda bula Quoniam alto, que no llegó a Basilea hasta después de haberse celebrado la primera sesión.
El concilio desobedece al papa