Chiara Lubich (su nombre civil, Silvia) (Trento, 22 de enero de 1920-Rocca di Papa, Lacio, 14 de marzo de 2008) fue una docente y ensayista italiana, fundadora y presidente del Movimiento de los Focolares, difundido en todo el mundo, que tiene como objetivo la unidad entre los pueblos y la fraternidad universal. De fe católica y considerada una de las mujeres más relevantes de la Iglesia, es una de las figuras más representativas y fecundas del diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural.
Debido a su empeño constante en tender puentes de paz y de unidad entre las personas, generaciones, estratos sociales y pueblos, implicando a personas de toda edad, cultura y credo, ha obtenido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Unesco para la Educación a la Paz (París, 1996) y el Premio Derechos Humanos del Consejo de Europa (Estrasburgo, 1998).
El nombre de Chiara Lubich ha entrado en la historia de la espiritualidad de los siglos XX y XXI entre los maestros y místicos más escuchados por la genuina inspiración evangélica, la dimensión de universalidad y la incidencia cultural y social que caracterizan su pensamiento y su obra. Ha realizado “un ejemplo de nuevo humanismo planetario, profético y liberador”, como fue reconocido por los numerosos doctorados honoris causa otorgados a Chiara Lubich por parte de distintas universidades del mundo.
Chiara Lubich fue bautizada con el nombre de Silvia. Adopta el de Chiara cuando ingresa en la Tercera Orden Franciscana (1942-1949). Es la segunda de cuatro hijos. La madre, Luigia Marinconz, es una ferviente católica; el padre, Luigi, es socialista y antifascista convencido.
El padre, tipógrafo del periódico de los socialistas trentinos, IlPopolo, dirigido por Cesare Battisti, después de la eliminación del diario por parte del régimen fascista, comienza una actividad de exportación de vinos italianos a Alemania, pero debido a la crisis de 1929 se ve forzado a cerrarla. Como había rechazado el carnet de pertenencia al Partido Nacional Fascista, se ve obligado a tomar trabajos ocasionales y comienza a ser perseguido. La familia vive privaciones durante años. Para contribuir a la economía familiar, desde muy joven Chiara da lecciones particulares. Es educada por la madre y las Hermanas de María Niña en una fe cristiana sólida. De su padre, de su hermano, Gino, y de la vida en la pobreza hereda una marcada sensibilidad social. A los 15 años ingresa a las filas de la Acción Católica, en cuyo seno pronto se convierte en dirigente juvenil diocesana.
Ya desde niña se había manifestado en ella una sed de verdad, la búsqueda de Dios. Asiste a las scuole magistrali (escuelas secundarias con título docente, habilitante para ejercer la docencia en la escuela primaria) y se apasiona por la filosofía. Ni bien se gradúa, su deseo es ingresar a la Universidad Católica de Milán. Por apenas un punto, pierde el concurso para una beca de estudio. Profundamente amargada, se serena cuando experimenta una certeza interior: “Yo [Dios] seré tu Maestro”.
Recién recibida, se dedica a la docencia en escuelas primarias de los valles del Trentino (1938-1939) y luego en Cognola (Trento) en la escuela del orfanato administrado por los padres Capuchinos (1940-1943). En el otoño de 1943 deja la enseñanza y se inscribe en la Universidad Ca’ Foscari de Venecia, mientras continúa dando clases particulares, pero interrumpe los estudios a fines del año siguiente a causa de los sucesos bélicos.
Etapas fundacionales: 1942-1951
En plena guerra, mientras los dramas de millones de víctimas, de las deportaciones en masa y del Holocausto constituyen una derrota para la humanidad, al punto de poner en discusión incluso la comprensión de sí misma, del mundo y del mismo Dios, aflora en Chiara una alternativa potente y luminosa: el descubrimiento “fascinante y decisivo” de Dios Amor, que será la chispa inspiradora de la obra de paz y de unidad que nacerá luego. Este descubrimiento sucede en el otoño de 1942, en un diálogo con el fraile capuchino Casimiro Bonetti. Siguiendo su propuesta, Chiara ingresa a la Tercera Orden Franciscana “para reanimarla y rejuvenecerla”. Atraída por la elección radical de Dios de santa Clara de Asís, toma su nombre. Esta nueva experiencia espiritual se refleja en las conferencias que brinda a las jóvenes de la Tercera Orden. Entre ellas se encuentra una joven de 18 años, Natalia Dallapiccola, que será la primera en seguirla.
El 2 de septiembre de 1943 un primer bombardeo de las fuerzas anglo-americanas toma por sorpresa a Trento, hasta ese momento al margen de la guerra. En los días siguientes, como consecuencia del armisticio entre Italia y los aliados, el territorio trentino es ocupado por las fuerzas nazi y anexado al Tercer Reich. Mientras tanto, el hermano, Gino, ingresa a las filas partisanas comunistas que combatían el régimen nazi-fascista. Más tarde, en el verano de 1944, será arrestado y torturado. Para Chiara se abre un nuevo escenario. El derrumbe de cualquier seguridad y perspectiva de futuro suponen una dura lección: todo cae, todo le parece ser “vanidad de vanidades”, “solo Dios permanece”. Aquel Dios redescubierto como Amor. Se hace viva en ella la certeza de que “el amor es la salvación del siglo XX”. Comunica esta novedad con “letras de fuego” que escribe a familiares, a las jóvenes de la Tercera Orden, a sus compañeras de trabajo. Muy pronto otras jóvenes se sienten atraídas por esta “aventura divina”.
Dos meses más tarde, a finales de noviembre de 1943, recibe una llamada interior decisiva a elegir a Dios como único ideal de su vida. Pocos días después, el 7 de diciembre, en la capilla del colegio de los Capuchinos, pronuncia su sí total, para siempre, con el voto de castidad. Aquel acto “personal y secreto” será el inicio de una nueva obra: el Movimiento de los Focolares.
La revolución nacida del Evangelio
En los refugios antiaéreos, donde ante cada alarma se encuentra con sus primeras compañeras, lleva solo el Evangelio.
Allí encuentran cómo responder al amor de Dios, la Verdad tan buscada y la nueva medicina para reconstruir el tejido social herido.
La guerra siembra destrucción, hambre y miseria. Chiara y sus primeras compañeras se dedican a los más pobres de Trento, en quienes reconocen la presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40). Comparten con ellos lo poco que tienen. Gracias a la implicancia en esta aventura de un número creciente de personas, llegan con inusual abundancia alimentos, ropas y medicinas. Experimentan el “den y se les dará”, “pidan y recibirán”. Con asombro, hacen la experiencia de que aquello que el Evangelio promete se cumple de inmediato. La acción de Chiara se vuelve sistemática: traza un programa articulado que apuntaba a “resolver el problema social de Trento”. En 1947 toma forma el plan “fraternidad en acción”. En febrero de 1948, en un editorial firmado por Silvia Lubich publicado en el L’AmicoSerafico, periódico de los padres Capuchinos, anuncia al pequeño grupo que la rodeaba, la comunión de bienes según el ejemplo de los primeros cristianos. A los pocos meses ya son 500 las personas involucradas en esta comunión espontánea de bienes materiales y espirituales.
La vida por la unidad de la familia humana
En aquel tiempo oscuro sin perspectiva de futuro, se abre a los ojos de Chiara un proyecto universal.
Pero la unidad era posible con una condición: una circunstancia fortuita, el 24 de enero de 1944, hace descubrir a Chiara que el mayor dolor que Jesús había sufrido fue cuando gritó, en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Desde aquel momento, la elección de Dios Amor será para Chiara la elección de “Jesús abandonado”, Poco a poco se hará camino en ella y en quienes compartían esta elección, la certeza de que justamente en aquel momento Jesús había cambiado la historia de la humanidad, al haber transformado toda forma de dolor en “nueva vida”.