Tal Día como Hoy

Charro

Término para designar a los hombres de a caballo en México

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Un charro, en México, es la persona que practica la charrería, considerada como el deporte nacional en ese país.​ Además de «charros», los rancheros mexicanos también fueron llamados «payos»,​​ «campiranos»​ y, en algunos casos, «jarochos»;​ aunque este último pasó a ser únicamente utilizado para los vaqueros de Veracruz. El charro es el homólogo mexicano del gaucho argentino y uruguayo, el huaso chileno, el llanero colombo-venezolano, el chagra ecuatoriano y el qorilazo peruano.

La figura del charro se desarrolló históricamente a partir de las prácticas ecuestres rurales; partiendo de un origen con el ambiente ranchero, pero en el siglo XIX, adquirió una identidad sociocultural específica, especialmente asociada a la charrería.​ En México, el ranchero era conocido por su condición de hábil jinete, por su destreza en el manejo del lazo​ y por su traje típico diseñado especialmente para montar a caballo.​​​

Los charros son jinetes​ tradicionales en México, donde se les considera un símbolo cultural.​ Los estereotipos asociados a ellos comenzaron a consolidarse en el siglo XIX, en el marco de las guerras de independencia y del auge de los nacionalismos liberales.​ Estos jinetes tienen raíces en tradiciones históricas y míticas que, en distintos momentos, fueron utilizadas por el poder político para expresar conceptos ideológicos, incluyendo contrastes entre civilización y salvajismo, así como entre lo autóctono y lo extranjero.​

Respecto al origen del charro, se han propuesto diversas hipótesis sobre la posible relación entre el charro mexicano y tradiciones ecuestres peninsulares, en particular las salmantinas, basadas en coincidencias terminológicas y ciertos paralelos culturales.​ Según el antropólogo Héctor Manuel Medina Miranda, la documentación disponible no permite establecer una filiación directa, y la historiografía más reciente tiende a interpretar la charrería como el resultado de procesos locales desarrollados en el contexto novohispano, con influencias diversas.​ No obstante, la introducción del caballo en América a partir de 1493 no solo transformó la guerra y el transporte, sino que trasladó a los territorios americanos prácticas, valores y jerarquías institucionales en torno al caballo y al jinete propias de la península ibérica.​ Tras la conquista, la Nueva España se organizó bajo un sistema colonial que implantó instituciones, economía ganadera y prácticas ecuestres de origen castellano.​

Los primeros registros escritos del término «charro», en Portugal y Galicia, tenían una connotación peyorativa y se utilizaba de manera general para referirse despectivamente a las personas del campo, pero posteriormente, en la provincia de Salamanca, perdió progresivamente su carga peyorativa, consolidándose como una simple denominación del habitante de campo Charro, desprovista de sentido despectivo.​ En México, al principio, también se usó con significado peyorativo, pero luego evolucionó a «hombre de a caballo del campo», «hábil vaquero», «magnífico jinete» y «elegante».​​​ Aunque el término es común hoy en día en el país, su uso no estuvo muy extendido al principio, pues, se haya raramente en documentos y textos de la primera mitad del siglo XIX, popularizándose hasta la segunda mitad del siglo.​

Los registros más antiguos de la palabra «charro» datan del siglo XVI, y aparece como voz de las lenguas portuguesa y gallega, con una connotación peyorativa, sinónimo de necio, bruto, tonto, vil y despreciable.​​ No obstante, la primera mención impresa del término en los repertorios lexicográficos se encuentra en el Diccionario de Autoridades (1729), donde se define charro o charra como la persona poco culta, nada pulida, criada en lugar de poca policía, y se añade que en la corte y en otras partes dan este nombre a cualquier persona de aldea.​ En la misma obra aparece el derivado charrada, definido como mala crianza, acción o palabra de persona rústica, poco urbana y sin policía.​

Cabe admitir que charro, voz de origen portugués y gallego, documentada en un refrán oído hacia 1540 según la conjetura de Bauza Brey, mantuvo una presencia escasa y poco definida hasta finales del primer tercio del siglo XVIII.​ Es probable que, a partir de ese momento, el término se difundiera desde Salamanca hacia la Corte y otras regiones hispánicas, donde quedó restringido al significado de aldeano o rústico.​ En cambio, en Salamanca el vocablo fue perdiendo progresivamente su carga peyorativa, consolidándose como una simple denominación del habitante del campo salmantino, desprovista de sentido despectivo.​

El bachiller castellano Vicente de Olea recopiló la palabra en su «Vocablos Gallegos Escuros» (1536) donde la define como «loco».​ Mientras que el paremiólogo español Hernán Núñez de Toledo la definió como sinónimo de «bobo» y especifica que es palabra de origen gallego en su obra «Refranes, o Proverbios en romance» (1555).​ No obstante, José Luís Pensado, comentó en sus aportaciones a la historia de charro que, refranes como el recogido por Hernán Núñez, y luego adaptado por Correas y el P. Mir y Noguera, muestran alteraciones que mezclan sinónimos de manera arbitraria, incluyendo términos como "bobos", "sandios" y "charros".​

En 1729, la palabra fue incluida en el primer diccionario editado por la Real Academia Española, el Diccionario de Autoridades, donde fue definida como un adjetivo peyorativo usado para referirse a las personas provenientes del campo, aldeas o zonas rurales, sinónimo de paleto y rústico:

.​ En la primera edición del diccionario de la RAE publicado en 1780, se mantuvo esa definición original, definiendo la palabra como: “la persona basta y rústica, como suelen ser los aldeanos”, pero en esta edición agregaron una segunda acepción: “adjetivo que se aplica á algunas cosas demasiadamente cargadas de adorno y de mal gusto”.​ De tal manera, la palabra charro se usaba en el siglo XVIII como insulto o mote peyorativo para la gente del campo, por ser considerados gente tosca, grosera y rústica; y a cosas recargadas de adornos y de mal gusto, sinónimo de vulgar y ridículo.

En 1745, el jesuita vasco Manuel de Larramendi, argumentó que la palabra era de origen vascuence y que significaba “cosa ruin, y despreciable”, y afirmó que se les llamaba así a los aldeanos por desprecio.​ Mientras que el historiador y filósofo catalán Antonio de Capmany, afirmaba que la palabra charro era de origen árabe y que originalmente significaba “malo, de la malicia moral y de costumbres”, y que pasó al castellano a significar “la malicia artística y del adorno”, así, algo “charro” es lo mismo que algo de mal gusto.​​ No obstante, parece ser que esta hipótesis no se sostiene, porque en la real academia aparece

con origen vasco, txar; que significa 'defectuoso' o 'débil'.​

En su obra El libro del charro mexicano, Carlos Rincón Gallardo escribió:

En México, la palabra se registra desde el siglo XVIII, originalmente usado como un término despectivo para referirse a los Rancheros, las gentes de á caballo habitantes del campo y de las haciendas que ejercían todos sus oficios y quehaceres á caballo, que, por ser personas aldeanas y rústicas, eran percibidas como ignorantes, toscas, y nada sofisticadas.​ Sin embargo, con el paso del tiempo, la palabra charro evolucionó en México hasta ser redefinida, pasando de ser un adjetivo despectivo a ser un sustantivo elogioso, sinónimo de ranchero u hombre de á caballo, hábil vaquero y buen jinete. En 1850, en el primer volumen de su libro —Los Misterios de México— el escritor y periodista español radicado en México, Niceto de Zamacois, definió lo que era un charro en nuestro país, como:​ “Charros: gente del campo que se compone mucho para montar á caballo”.

La introducción del caballo en América a partir de 1493 no solo transformó la guerra y el transporte, sino que trasladó a los territorios americanos prácticas, valores y jerarquías institucionales en torno al caballo y al jinete propias de la península ibérica.​ La gestión de las poblaciones equinas influyó en el orden social y en las formas de gobierno municipal, regional y virreinal del imperio español temprano, así como en los límites del poder central.​ Las condiciones ambientales y la disponibilidad de caballos condicionaron las estrategias de conquista y asentamiento, el acceso al estatus social, a cargos de gobierno y a la regulación jurídica.​ Durante el siglo XVI, el crecimiento del ganado equino bajo dominio colonial favoreció tanto la adopción indígena del caballo como el desarrollo de tipologías y normativas sobre su cría, influyendo también en las prácticas de reproducción equina en la propia España.​ El caballo desempeñó en América un papel relevante en la configuración de las jerarquías sociales, las formas de gobierno y la expansión imperial.​

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