Se conoce como caza de brujas al fenómeno histórico sucedido principalmente en los pueblos germánicos, anglosajones y franceses entre el siglo XV y el siglo XVII, en el cual decenas de miles de personas, principalmente mujeres, fueron ejecutadas por practicar la brujería, incluyendo en ese término una amplia serie de actos y circunstancias, desde la medicina practicada por mujeres, la elaboración de brebajes y medicamentos, la adivinación y la magia, hasta conductas sexuales y sociales rechazadas por las autoridades religiosas, e incluso marcas en el cuerpo. El hecho también es conocido como quema de brujas, debido a que la hoguera era una de las formas habituales de ejecución de las personas condenadas por brujería.
La caza de brujas fue insignificante en España, mientras que en Sudamérica se registraron casos en la actual provincia argentina de Santiago del Estero, y en Centro y Norteamérica los casos fueron muy pocos. En la Europa del este, incluyendo Polonia y Rusia, también fue un fenómeno insignificante.
El término se usa hoy metafóricamente para referirse a la persecución de un enemigo percibido (habitualmente un grupo social no conformista) de forma extremadamente sesgada e independiente de la inocencia o culpabilidad real. Otras persecuciones masivas de la brujería, antiguas y presentes, han recibido el mismo sobrenombre.
Antecedentes: magia, adivinación, hechicería y brujería en el mundo antiguo y medieval
La magia, la brujería y en general la invocación de fuerzas y seres sobrenaturales para obtener determinados resultados, está presente en la cultura humana desde sus mismos inicios y aún sigue presente en prácticamente todas las culturas actuales. Desde muy antiguo las diversas culturas establecieron castigos para las personas a las que se atribuía causar daños mediante la invocación de fuerzas y seres sobrenaturales, como sucedía con la llamada magia negra. Tanto en el Código de Hammurabi (la prueba del agua) de Babilonia, como en el Antiguo Egipto se castigaba a los magos malignos. Sin embargo, nunca se llegó a una persecución masiva de presuntas brujas.
Muchas culturas, tanto antiguas como modernas, han reaccionado de forma puntual a las acusaciones de brujería con miedo supersticioso o religioso, y han castigado, o incluso asesinado, a los presuntos practicantes. Diversos pueblos nativos de regiones como Europa, Asia, la América anterior y posterior a la conquista europea, África y Oceanía creen o han creído que chamanes, brujos, sacerdotes, nigromantes, y en general individuos con supuestos poderes pueden provocar o invocar a seres sobrenaturales, diabólicos o demoníacos, para causar daños a distancia. En algunas de estas culturas toda desgracia, enfermedad o muerte es atribuida a los dioses, al diablo, a los demonios, o al mal causado por un tercero (brujo).
La Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, prohíbe la magia y la adivinación: «No realizaréis adivinación ni magia» (Levítico 19:26) y establece la pena de muerte para los magos: «Los magos no los dejarás vivir» (Éxodo 22:18). Esta formulación fue traducida en género femenino por Lutero, de forma gramaticalmente correcta, como «Las magas no las dejarás vivir». La palabra "brujo" no aparece en la Biblia, pero ello no evitó que los teóricos de la brujería usaran estas menciones como prueba de su existencia y para su persecución.
En otros lugares de la Biblia, encuentros con magos y adivinadores se relatan de forma algo más positiva. El rey Saúl busca consejo en la Bruja de Endor (I Samuel 28,5-25), a pesar de que él mismo había prohibido la adivinación, por su desesperación ante los filisteos. En cambio, los Reyes Magos que rinden homenaje al niño Jesús (Evangelio de Mateo 2,1-2) no son realmente hechiceros o adivinos; el original griego utiliza la palabra magi, que en ese entonces designaba más bien a sabios y científicos, más que a brujos.
Los magos, nigromantes y brujos habían existido en toda Europa, Asia y África sin ser perseguidos. Su magia era considerada magia blanca y no una herejía. El Código Teodosiano promulga, por primera vez, una ley en contra del ejercicio de la magia, en 429. En 534, el segundo Código de Justiniano prohíbe consultar a los astrólogos y adivinos por ser una «profesión depravada». El Concilio de Ancira o Concilio de Elvira, en 306, declara que matar a través de un conjuro es un pecado y la obra del demonio. El Concilio de Laodicea solicita, en 360, la excomunión de todo aquel que practique la brujería o la magia.
La Iglesia primitiva en general no participa en estas persecuciones, aunque ya la Iglesia primitiva rechazaba las prácticas y el pensamiento de la brujería al verlos como una superstición (Canon episcopi).
Los germanos, antes de su conversión al cristianismo, conocían la quema de los magos que realizaban encantamientos perjudiciales. Tras su conversión, el Concilio de Paderborn del año 785 castigaba tanto la creencia en brujas como su persecución:
Carlomagno lo validó con una ley, probablemente relacionada con las prácticas paganas de los sajones, contra los que el rey luchaba en la década de los años 80 del siglo VIII.
En Hungría se refieren a ellas en latín como strigis, y a principios de la Baja Edad Media, el rey Colomán de Hungría (1095-1116) sancionó en una de sus recopilaciones de leyes un artículo que rezaba: "De strigis vero, quae non sunt, nulla quaestio fiat" ("Sobre las brujas, ya que éstas no existen, no se harán pesquisas indagando por ellas")[cita requerida]. Además de con las supuestas brujas, los posteriores monarcas húngaros fueron de hecho en extremo flexibles con los judíos, cumanos y uzbecos musulmanes, así como con las otras etnias (croatas, serbios y eslovacos) que habitaban dentro de las fronteras del reino, respetando sus idiomas y particularidades culturales.
Aparición en Europa de la palabra “bruja” (siglo XIV)
En Alemania se encuentran las constancias más antiguas de la aparición de la palabra "bruja" (hexe). En Suiza la palabra “bruja” aparece en los Frevelbücher (Libros de delitos) de la ciudad de Schaffhausen a finales del siglo XIV (1368/87), como ha demostrado Oliver Landolt. En Lucerna aparece la palabra por primera vez en 1402.
El inicio de la caza de brujas (siglo XV)
El proceso de caza de brujas más conocido y difundido en la literatura de Occidente es el fenómeno generalizado que ocurrió en la Europa Central a inicios de la Edad Moderna. Base para la persecución masiva de mujeres (y menos frecuentemente también niños y hombres e incluso animales) por la Iglesia y sobre todo por la justicia civil, fue la idea, extendida entre teólogos y juristas, de una conspiración del Demonio para acabar con la Cristiandad. Como ha destacado Michel Porret, «desde el final de la Edad Media, los demonólogos teorizan esta figura de la bruja, enemiga del género humano, capaz de interceder por el mal, encarnación del pecado original. Ahora bien, durante la caza de brujas, nadie fue nunca detenido en flagrante delito de sabbat. Ni caldero ni escoba figuraron como pruebas. Ningún juez vio el vuelo nocturno de las brujas. Sin embargo, según la gramática pecaminosa del desorden social, del miedo del mal y del crimen de lesa majestad para Jean Bodin (De la démonomanie des sorcier, 1580), los crímenes "detestables" imputados a los satánicos bajo tortura justifican su expiación penal por el fuego y la soga».
La «caza de brujas», un término que fue acuñado mucho después, comienza en el siglo XV, más concretamente entre los años 1420-1430. Es en ese momento cuando se extiende la creencia de que ha aparecido un nuevo enemigo de la Cristiandad: la brujería, que se diferencia de la hechicería tradicional por la intervención del diablo, de ahí que también sea conocida en francés como hechicería o brujería demoníaca (sorcellerie démoniaque en francés, a diferencia del inglés o del castellano, existe una única palabra, sorcellerie, para designar tanto a la brujería como a la hechicería). Como ha destacado Martine Ostorero, a partir de ese momento «las brujas son el nuevo chivo expiatorio de la Cristiandad, después de los herejes, los leprosos y los judíos». De hecho en algunos documentos se les llama los «nuevos herejes» y el tratado Flagellum haereticorum fascinariorum de Nicolas Jacquier los denomina «encantadores heréticos». Son la nueva encarnación del mal que hay que extirpar para purificar la Cristiandad ―son herejes; idólatras, en tanto que demonólatras; y apóstatas, en cuanto que reniegan de Dios y blasfeman―, y esa es la justificación de su persecución. Son una «nueva secta de apóstatas y de infieles», afirma el tratado La Vauderye de Lyonois escrito para combatirla por los dominicos de Lyon hacia 1440. En el Traité contre le crime de vauderie del canónigo de Tornai Jean Taincture, escrito hacia 1465, se considera a los brujos como más execrables que los herejes, los musulmanes o los paganos.