Cayetano Valdés (Sevilla, 28 de septiembre de 1767 - 6 de febrero de 1835) fue un militar, Capitán General y Ministro de Guerra durante el reinado de Fernando VII. Combatió en la Guerra de la Independencia Española y en las Guerras Napoleónicas.
De familia hidalga y de militares, su padre, Cayetano de Valdés y Bazán, fue comisario de guerra de los Reales Ejércitos y poseedor de varios mayorazgos y oficios perpetuos en Asturias y en la Rioja. Su madre, María Antonia Flórez de Peón, provenía de la casa de Flórez del lugar de la Vega de los Viejos en Babia, y tras quedar viuda en 1770, volvió a casarse con el teniente general Arnaldo Desmaissières, natural de Flandes y que había servido en la guardia valona. Fue nieto de Fernando de Valdés y Quirós, asistente y superintendente de Sevilla e intendente general de las tropas de Andalucía, y sobrino carnal del otro capitán general de la Armada de su mismo apellido: Antonio de Valdés y Fernández Bazán (1744-1816), secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina e Indias, bailío sanjuanista, caballero del Toisón de Oro.
La familia vivía en el Palacio de Valdés-Bazán. Cayetano fue el sexto de los siete hijos que tuvieron sus padres: todos varones y casi todos militares. Dos de sus hermanos, José y Joaquín, fueron también marinos y alcanzaron el grado de jefe de escuadra. José, el primogénito, sucedió en los vínculos familiares, se cruzó de santiaguista y fue padre del primer Marqués de Casa Valdés. Tuvo además dos hermanos uterinos: Antonio Desmaissières y Flórez, coronel de Infantería y caballero de Santiago, que casó con la marquesa de la Motilla, y el general Miguel Desmaissières y Flórez, que destacó en la Guerra de la Independencia Española, y se casó con la condesa de la Vega del Pozo. Este último fue padre del duque de Sevillano y de Santa Micaela del Sacramento.
Cayetano sentó plaza de guardiamarina en el departamento de Cádiz año de 1780, antes de cumplir los 14 años de edad. Terminados sus estudios, embarcó en la escuadra de Luis de Córdova que bloqueaba Gibraltar mientras la plaza era atacada por el Duque de Crillón. Tomó parte en el combate que Córdova sostuvo en el Estrecho de Gibraltar en 1782 contra el almirante Howe, y en la segunda expedición contra Argel de Antonio Barceló al año siguiente.
Formó parte asimismo, ya con el grado de teniente de navío, de la expedición Malaspina que contorneó toda América del Sur y dio la vuelta al mundo visitando las Colonias españolas, expedición emprendida con el objeto de conocer las necesidades políticas, económicas y militares de aquéllas, además de realizar el estudio hidrográfico de las costas propias y extrañas, así como de la astronomía y ciencias naturales. En dicha expedición se paró en Acapulco para iniciar, por orden superior, la exploración del estrecho de Juan de Fuca, al que la crónica del viaje de Maldonado daba como el famoso paso del norte o de comunicación del Pacífico con el Atlántico. Mandaba la goleta Mejicana, en tanto que el jefe de la expedición era Dionisio Alcalá Galiano, comandante de la Sutil.
En 1797, mandando el navío Infante don Pelayo, estuvo en la fatídica Batalla del Cabo de San Vicente, librada entre la escuadra del general José de Córdova y la del almirante Jervis. Al oír el cañonazo, Valdés dirigió el Pelayo al sitio donde más duro era el combate, al tiempo que el buque insignia, el Santísima Trinidad, era rendido por tres navíos británicos, después de haber sido desarbolado y haber perdido las dos terceras partes de su dotación.
Valdés aparece en un momento crucial, acercándose a toda vela en medio de la espesa niebla. Salvemos al Trinidad o perezcamos todos dice a su gente, y un ¡Viva el Rey! resuena por todo el navío en señal inequívoca de obedecer a su comandante o perecer en el intento. Obligó a izar de nuevo la bandera en el Trinidad, y haciendo prodigios de valor, secundado por Baltasar Hidalgo de Cisneros, que mandaba el San Pablo, salvó al buque insignia de caer en manos de los enemigos. Por esta acción fue ascendido a capitán de navío.
En el mismo año de 1797 formó parte en la defensa de Cádiz contra las fuerzas de Nelson, a las órdenes del nuevo almirante de la Armada José de Mazarredo.
Durante los dos años siguientes Valdés hizo dos salidas con la escuadra en persecución de fuerzas del enemigo bloqueador. En la segunda llegó hasta Cartagena, donde se unió con la francesa del almirante Bruix, con la que luego se dirigió la española a Cádiz y a Brest.
En este puerto, por ser el Pelayo uno de los navíos que se entregaron a la Francia napoleónica por el Tercer Tratado de San Ildefonso, pasó a mandar el Neptuno, que era el navío insignia del general Federico Gravina. Sin dejar el mando de éste, fue nombrado mayor general de la escuadra, saliendo de Brest a finales de 1801 para sofocar la rebelión de Santo Domingo. Pasó después a La Habana, volviendo a Cádiz en 1802, en cuya fecha fue ascendido a brigadier de la Real Armada.
La injustificable agresión británica a cuatro fragatas españolas en el cabo de Santa María provocó de nuevo la guerra con el Reino Unido, y a petición propia Valdés se hizo cargo del mando del Neptuno, ahora perteneciente a la escuadra del teniente general Domingo Pérez de Grandallana, que se armaba en Ferrol a fines de 1804. Mientras se alistaban estas fuerzas, sin cesar en el mando de su buque tomó el de las fuerzas sutiles con base en la Graña; con ellas salió a la mar varias veces, sosteniendo combate con los buques enemigos bloqueadores, siempre en apoyo del comercio de cabotaje como era la misión de estas fuerzas.
En agosto de 1805 zarpó la escuadra de Ferrol, uniéndose a la combinada de Gravina y Villeneuve. En el combate de Trafalgar, reñido el 21 de octubre de aquel año contra la escuadra de Nelson, ocupaba el Neptuno la cabeza de la línea de combate, formando parte de la división de vanguardia mandada por el contralmirante Dumanoir. Ya trabada la lucha, el Neptuno, a pesar de la lentitud de decisión de Dumanoir, dio media vuelta y acudió en auxilio del Bucentaure y del Santísima Trinidad.
Cuatro navíos británicos trataban de batirles por la proa concentrando sus fuegos de toda la banda. Contra ellos se lanzó Valdés, pero el heroísmo del comandante del Neptuno no logró su objetivo de salvar al Santísima Trinidad ni al Bucentaure. Los marinos españoles tenían bien presente la máxima de que: en un día de combate, no está en su puesto el capitán que no está en el fuego. Valdés recibió una herida grave, negándose a abandonar su puesto. Al fin perdió el conocimiento y los que quedaron en el Neptuno, ya maltrecho y sin valor combativo, decidieron su rendición.
El temporal que sobrevino al combate salvó al Neptuno de manos de los británicos, mas fue para empujarlo contra la costa, hundiéndose en las cercanías del castillo de Santa Catalina en Cádiz.
Por su comportamiento en el combate fue ascendido a jefe de escuadra, tomando el mando de la que se reunió en Cartagena y arbolando su insignia en el navío Reina María Luisa, de 112 cañones.
El 10 de febrero de 1808 salió con sus buques con orden de dirigirse a Tolón, pero, ya porque preveía los acontecimientos, ya por el mal tiempo, el hecho es que arribó a las Baleares precisamente con ocasión del alzamiento nacional del dos de mayo, evitando de este modo que los buques cayesen en poder del emperador de los franceses. Esta arribada fue muy criticada por los franceses, lo cual es precisamente un galardón para Valdés, que fue quien la dispuso.
Con las abdicaciones de Bayona y por la gran influencia que ejercía cerca del gobierno de Joaquín Murat, general en jefe del ejército francés, Valdés fue depuesto y residenciado. En 1809, ya ascendido a teniente general por la Junta Suprema, fue nombrado gobernador, capitán general y jefe político de Cádiz. En ese puesto defendió resistencia de la ciudad, evitando que fuera tomada por el ejército imperial napoleónico dándose el sitio de Cádiz.
Al ser vencido el ejército napoleónico y expulsado totalmente del suelo patrio, regresó el Deseado Fernando VII a ocupar el trono. Con la reimplantación del absolutismo, Valdés fue confinado en el Castillo de Santa Bárbara. Acudió esta vez en su ayuda su anciano tío Valdés y Bazán; se le concedería el perdón a condición de que se doblegase a pedir clemencia al rey, pero Valdés no quiso hacerlo por considerarse libre de toda culpa.