Castilla es una región histórica de España de límites imprecisos, localizada en el centro de la península ibérica.
Remite su construcción como idea a diversas entidades territoriales previas de raigambre medieval, como fueron el Condado de Castilla, el Reino de Castilla y la Corona de Castilla. Tras la construcción del Estado de las autonomías de 1978, dos comunidades autónomas constituidas en 1983 mantienen el nombre de Castilla en sus denominaciones oficiales: Castilla y León y Castilla-La Mancha. Por otro lado, también suele asociarse de forma abstracta con la región geográfica de la meseta Central.
La articulación variable de la idea de Castilla, colocada por el noventayochismo como esencia de España, ha sido desarrollada tanto en términos de identidad por parte del castellanismo político como también en términos de otredad por parte de los nacionalismos periféricos. Entre otros ejes, las diferentes visiones contemporáneas de Castilla varían en función de la importancia específica que cada una otorgue al rol de Castilla y lo castellano en la construcción de España. Por ello, también es considerado un término recurrente en el imaginario español contemporáneo.
Castilla (nombrada en los primeros documentos en castellano antiguo como Castella o Castiella) significa, según su etimología, «tierra de castillos». Los historiadores árabes la denominaban Qashtāla قشتالة y su nombre aparece justificado como tierra sembrada de castillos. El término vendría del latín castellum, diminutivo este a su vez del término castrum, castro, fortificación de la Iberia prerromana. La primera mención del término «Castilla» fue el 15 de septiembre de 800, en un documento apócrifo del hoy desaparecido monasterio de San Emeterio de Taranco de Mena, situado en el valle de Mena, en el norte de la actual provincia de Burgos. El nombre de Castilla aparece en el documento notarial por el que el abad Vitulo donaba unos terrenos. En ese documento aparece escrito «Bardulia quae nunc vocatur Castella» (Bardulia que ahora es llamada Castilla).
El documento notarial por el que el abad Vitulo donaba unos terrenos, incluido en el Becerro Galicano del monasterio de San Millán de la Cogolla, dice así:
En el mismo libro aparece otro documento fundacional fechado el 4 de julio de 852, por el que se dispone la construcción del cenobio de San Martín de Herrán:
El nombre toponímico de Castilla se refiere, todavía en el año 853, a un territorio muy pequeño del norte de Burgos diferenciado de los valles burgaleses de Mena y de Losa: Et presimus presuras in Castella, in Lausa et in Mena, que no lindaba con Álava, y que no tenía castillos conocidos, por lo que también hay que tener en cuenta otros posibles orígenes para el nombre toponímico de Castilla diferente al de "los castillos", como es el origen de otra Castilla, una gran ciudad de al-Ándalus que Abderramán I conquistó en el 759 y la convirtió en la capital de la Cora de Elvira, y que después se conoció como Medina Elvira. Este topónimo sería llevado al norte de Burgos por algunos de los repobladores de la "Bardulia" (que después se conocería como "Castilla") en tiempos de Alfonso I y su hijo Fruela I.
Además de la primera mención de Castilla en el documento del abad Vitulo, también hay que tener en cuenta la antiquísima documentación del obispado de Valpuesta, monasterio de la provincia de Burgos (804-1087), que es considerada por algunos filólogos como la cuna del idioma castellano. Existe consenso entre los especialistas de que el nombre de Castilla proviene de la gran cantidad de castillos o fortalezas que había en estas tierras.
Años más tarde se consolidó como entidad política autónoma, el condado de Castilla, aunque permaneciendo como condado vasallo del Reino de León. En el año 960 el condado de Castilla se independizó de facto de León con el conde Fernán González. En el año 1037 murió sin descendencia Bermudo III, rey de León, en la batalla de Tamarón, mientras luchaba contra su cuñado, Fernando I. Este consideró que era el legítimo sucesor y, por lo tanto, pasó a regir ambos reinos, si bien actualmente diversos autores rebaten que Fernando I creara el reino de Castilla. En el año 1054 Fernando I luchó contra su hermano, García Sánchez III de Nájera, rey de Navarra, en la Batalla de Atapuerca, muriendo también el monarca navarro y anexionándose entre otras la comarca de los montes de Oca, cerca de la ciudad de Burgos.
A la muerte de Fernando I, ocurrida en 1065, los reinos fueron repartidos entre sus hijos, siendo para Sancho II el de Castilla y para Alfonso VI el de León. Sancho II es asesinado en 1072 y su hermano accede al trono de Castilla. El que la misma persona rigiera en ambos reinos es un hecho que se mantendría durante varias generaciones. A su muerte le sucedió en el trono su hija, Urraca. Esta se casó, en segundas nupcias, con Alfonso I de Aragón, pero al no lograr regir ambos reinos, y debido a los grandes enfrentamientos de clases entre ellos, Alfonso I repudió a Urraca en 1114, lo que agudizó los enfrentamientos. Si bien el papa Pascual II anuló el matrimonio anteriormente, ellos siguieron juntos hasta esa fecha. Urraca, condesa de Galicia, también tuvo que enfrentarse a su hijo, el Rey Alfonso VII de Galicia, para hacer valer sus derechos sobre ese reino. Dos años después, Alfonso VII es coronado también rey de León como Alfonso VII, fruto de su primer matrimonio. Alfonso VII consiguió anexionarse tierras de los reinos de Navarra y Aragón (debido a la debilidad de estos reinos causados por su secesión a la muerte de Alfonso I de Aragón). Renunció a su derecho a la conquista de la costa mediterránea a favor de la nueva unión de Aragón con el Condado de Barcelona, a través del matrimonio de Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV).
En su testamento regresó la tradición real de distintos monarcas para cada reino. Fernando II fue proclamado rey de León, y Sancho III, rey de Castilla
En 1217 Fernando III el Santo recibió de su madre Berenguela el Reino de Castilla y de su padre Alfonso IX en 1230 el de León. Asimismo, aprovechó el declive del imperio almohade para conquistar el valle del Guadalquivir mientras que su hijo Alfonso tomaba el Reino de Murcia. Las Cortes de León y Castilla se fundieron, momento el que se considera que surge la Corona de Castilla, formada por los reinos de Castilla, León, Toledo y el resto de reinos taifas y señoríos conquistados a los árabes. Estos reinos conservaron instituciones y legislación diferenciadas. Por ejemplo, en los reinos de Galicia, León y Toledo se aplicaba un derecho de raíz romano-visigótica, diferente a la legislación basada principalmente en la costumbre que existía en el Reino de Castilla.
En 1520 tuvo lugar la Guerra de las Comunidades de Castilla, que fue el levantamiento armado de los denominados comuneros, acaecido en la Corona de Castilla desde el año 1520 hasta 1522, es decir, a comienzos del reinado de Carlos I. Las ciudades protagonistas fueron las del interior castellano, situándose a la cabeza de las mismas las de Toledo y Valladolid. Las demandas fiscales, coincidentes con la salida del rey para la elección imperial en el Sacro Imperio Romano Germánico (Cortes de Santiago y La Coruña de 1520), produjeron una serie de revueltas urbanas que se coordinaron e institucionalizaron. Tras prácticamente un año de rebelión, se habían reorganizado los partidarios del emperador (particularmente la alta nobleza y los territorios periféricos castellanos, como Andalucía) y las tropas imperiales asestaron un golpe casi definitivo a las comuneras en la batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521. Allí mismo, al día siguiente, se decapitó a los líderes comuneros (Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado). El ejército comunero quedaba descompuesto. Solamente Toledo mantuvo viva su rebeldía, hasta su rendición definitiva en febrero de 1522.
Las consecuencias fundamentales de la Guerra de las Comunidades fueron la pérdida de la élite política de las ciudades castellanas, en el plano de la represión real; y en las rentas del Estado. El poder real se veía obligado a indemnizar a aquellos que perdieron bienes o sufrieron daños en sus posesiones durante la revuelta. Las mayores indemnizaciones correspondían al Almirante de Castilla, por los daños sufridos en Torrelobatón y los gastos ocasionados en la defensa de Medina de Rioseco. Le seguían el Condestable y el obispo de Segovia.