El Carnaval de Negros y Blancos es la festividad más importante del suroccidente de Colombia, declarado como Patrimonio Cultural de la Nación desde 2001 por el Congreso de Colombia, y posteriormente, en 2009, por la Unesco como Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad. Aunque se llame "Carnaval", no se celebra durante la temporada de carnavales común para el resto de celebraciones del mundo, puesto que tiene lugar durante la temporada comprendida entre Navidad y Epifanía, del 28 de diciembre (precarnaval) hasta el 7 de enero. Tuvo su origen y primera evolución en la ciudad de Pasto desde el siglo XIX, arraigado en las ricas tradiciones prehispánicas, amazónicas andinas y pacíficas, sincretizadas con la cultura hispánica de la conquista y colonia, y se ha consolidado como uno de los eventos culturales más destacados del país. Aunque su aparición se dio en la capital del departamento, la celebración del Carnaval se ha ido expandiendo hacia el resto de municipios del mismo, y su magnitud se vuelve proporcional a la cantidad de población que participa de ella, siendo Ipiales en su versión Carnaval Multicolor de la Frontera el segundo evento más relevante, aunque también hay festividades similares en el resto de municipios de Nariño; su influencia se ha extendido a diversos municipios de los departamentos de Cauca, sur del Huila e incluso al norte de Ecuador, donde cada región ha desarrollado sus propias versiones del Carnaval. Junto con el Carnaval de Barranquilla, el Carnaval de Negros y Blancos se cuenta entre las fiestas populares más grandes e importantes del país.
El Carnaval ha ganado reconocimiento a nivel mundial, en especial por la destreza de sus artistas en la creación de impresionantes carrozas, las cuales han sido invitadas a engalanar desfiles en festividades de países como México, Panamá, Italia y Francia, entre otros.
La celebración está compuesta de varias etapas, que culminan con el Carnaval propiamente dicho. Enmarcadas en el final de la Navidad, y haciendo sincretismo entre algunas celebraciones religiosas, tanto cristianas como precolombinas ( Día de inocentes, 28 de diciembre y el Qhapaq Inti Raymi del imperio incaico) y festividades tradicionales (quema del "Año Viejo") se hace un puente entre las celebraciones religiosas, de carácter general para el país -mayormente cristiano-, y las locales, en donde se les da a estas un carácter especialmente festivo y mezclado con el comienzo de la festividad local particular. Una vez llegado el año nuevo, se da inicio a la celebración oficial, que tiene su culmen los días 5 y 6 de enero, que son los de máxima tradición y que le dan identidad única al festejo.
Además, esta festividad transforma los hogares en talleres comunitarios, en donde las familias trabajan juntas en la creación de disfraces, carrozas y decoraciones, transmitiendo las tradiciones y las artes carnavalescas de generación en generación. En este contexto, personas de todas las clases sociales se reúnen para expresar sus perspectivas de la vida y disfrutar de una celebración que promueve el arte, la identidad y la unidad. La evolución de la celebración desde los años 20 del siglo XX, su protección como patrimonio y el apoyo económico que los entes gubernamentales han dado al mismo para evitar que su legado cultural se degrade, han hecho que la realización de las obras sea cada vez más exigente, de tal manera que la dirección de estas ha pasado, paulatinamente, de ser responsabilidad de aficionados (artesanos de diversa índole en la región) a profesionales (artistas plásticos, diseñadores, bailarines, músicos) y a la intervención directa de la academia (universidades, colectivos artísticos), y esto ha convertido al Carnaval en un espacio para el progreso económico de muchos sectores (se ha impulsado el turismo hacia la región con este fin específico) y en una vitrina para la muestra de talentos en todas las corporaciones artísticas involucradas.
El Carnaval de Negros y Blancos tiene su origen en la fusión de múltiples culturas y expresiones, correspondientes a los Andes, la Amazonia y la cultura del Pacífico, las tres presentes en el departamento de Nariño. El Carnaval de Negros y Blancos nació en el siglo XVI en el año 1546. Este hecho lo caracteriza y distingue entre otras expresiones similares, empezando por la fecha en que se realiza, la cual tiene un origen netamente indígena, puesto que coincide con la celebración de la Luna (Quilla), que guarda reminiscencia con los rituales efectuados por las comunidades indígenas Pastos y los Quillacingas, culturas agrarias que, en época de cosecha, honraban con danzas a la luna, y en otros rituales hacían rogativas al sol, para amparar sus cultivos .
Estas celebraciones, con la fusión e influencia de la cultura española dan origen al sincretismo hispano religioso, que generan protoexpresiones de lo que será el carnaval de Pasto. En el siglo XIX, las autoridades prohíben estas fiestas para evitar los levantamientos indígenas, y hacia el 1834 reaparecen los festejos de indios con sus churumbeles, los mestizos con mascaradas y principalmente algarabías de vecinos, todas estas fiestas debidamente enmarcadas en el calendario religioso, principalmente con las festividades de la Virgen de las Mercedes (24 de septiembre) y de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).
En aquellas épocas, en vísperas del Día de Reyes también se realizaba festiva y espontáneamente el juego de negritos, principalmente entre blancos y mestizos, debido a la escasa presencia de población negra en Pasto. Esta festividad contrastada por la extroversión de una comunidad caracterizada por una vida apacible y taciturna, que encontraba en esos días una oportunidad de romper lo establecido.
Su origen fue un "asueto" a negros, originado en el Gran Cauca, comarca a la que pertenecía Pasto. En 1607 hubo una rebelión de esclavos en Remedios, Antioquia que causó pánico entre las autoridades coloniales. Este evento era recordado por la numerosa población negra de Popayán quien demandaba un día de descanso en el cual ellos pudieran ser verdaderamente libres. Para conservar la paz social, la Corona Española concedió el día 5 de enero, para tal efecto.
Esta noticia fue dada a conocer por bando en Popayán y así fue como el 5 de enero, se declara día libre para las gentes de color; la población negra de la capital del Cauca salió a las calles a bailar al ritmo de la música africana y empezaron a pintar de negro las afamadas paredes blancas de esa población. Posteriormente esta costumbre se regó por el sur, tomando una inusitada fuerza en la fría ciudad de Pasto, donde cuenta el cronista José María Cordobés Moure, ya hay vestigios de que se jugaba hacia 1854. Es así como se configura el génesis del juego de Negros y de Blancos de Pasto, y de este modo transcurriría sus primeras décadas.
El juego de Blancos, parte importante del carnaval, nace en el amanecer de un Día de Reyes (seis de enero) de 1912, fundado en la necesidad de expresar la imaginación, el juego, la amistad y de compartir la alegría que por esas fechas reanima la vida. En una fina y exclusiva casa de citas de la ciudad, la casa de las señoritas Robby ubicada en la Calle Real (actual Carrera 25), el atrevimiento del grupo de sastres de la afamada sastrería de propiedad de don Ángel Zarama, entre los cuales se encontraban Ángel María López y Máximo Erazo, los lleva a tomar la polvera francesa de una de las damas más solicitadas y procede a esparcir los polvos con perfume de mujer, entre todos los presentes con el grito de ¡Vivan los Blanquitos!, como una respuesta al ya tradicional juego de Negros. No tardaron los compañeros del maestro cortador, en ser víctimas primero y luego partícipes del juego. Luego, todos habrían de salir a la calle a repetir la broma con los desprevenidos parroquianos que salían de la Misa de Reyes de la iglesia de San Juan Bautista, repitiendo ¡Que vivan los Negros y que vivan los Blancos!, expresión que bajo la custodia del Galeras, se insertará por siempre y con vigor en la esencia de los pastusos.