Carlos de Borbón y Austria-Este (Laibach, 30 de marzo de 1848-Varese, 18 de julio de 1909), autotitulado «duque de Madrid» y «conde de la Alcarria», fue un pretendiente carlista al trono de España bajo el nombre de Carlos VII entre 1868 y 1909. Desde el año 1887 también fue jefe de la casa de Borbón y pretendiente legitimista al trono de Francia.
Carlos María de los Dolores nació el 30 de marzo de 1848 en Laibach (hoy Liubliana) —parte en aquel entonces del Imperio austriaco—, al hallarse sus padres de paso para Viena. Era hijo de Juan, conde de Montizón, uno de los hijos del infante de España Carlos María Isidro de Borbón, y de María Beatriz de Austria-Este, hija del Duque de Módena. Sus padres vivían en el palacio Rezzonico de Venecia, pero, al estallar la revolución europea de 1848, María Beatriz decidió abandonarlo ante las amenazas que recibía su familia (concretamente al ver frente a su casa la cabeza del jefe de la marina austríaca ensartada en un palo). Cuando nació Carlos, sus padres no tenían una cuna en la que colocarlo, y apenas tenían ropas para vestirlo. Ante el avance de la revolución también en Austria, tuvieron que cruzar toda Europa para llegar a Londres, y vivieron allí en la pobreza durante dos años, al no poder hacer uso de sus rentas austríacas. Durante el viaje en tren desde Viena, en una confusión, el pequeño Carlos fue aplastado por las maletas y su madre llegó a temer por su vida, aunque no sufrió lesión alguna.
En Londres nació su hermano Alfonso a finales de 1849. Poco después su padre marchó a Trieste para visitar a su familia. A su regreso, la familia se fue a vivir a Baden (cerca de Viena), donde se habían instalado también Carlos María Isidro y su segunda esposa, María Teresa de Braganza. Pasaron también temporadas en Venecia, hasta que se asentaron en Massa y Carrara. Su padre marchó entonces para Inglaterra acompañado del general carlista José Sacanell. Allí, sin embargo, desarrolló tendencias liberales en contradicción con su propia familia y mujer, de la que se acabó separando. Tras la separación de sus padres, Carlos se educó con su madre en Módena, siendo sus preceptores monseñor Galvani y el P. Francisco Ignacio Cabrera y Aguilar.
Su tío, el duque Francisco V de Módena, le dio ingreso en su ejército, del que fue nombrado teniente de artillería el 19 de marzo de 1859. Pasó la adolescencia en las ciudades de Praga, Venecia y Viena.
Pretendiente a la Corona de España
Al morir en 1861 su tío Carlos Luis de Borbón y Braganza, conde de Montemolín, su padre reconoció a Isabel II como reina de España, pero su abuela, María Teresa de Braganza, conocida como la princesa de Beira, protestó por este acto y publicó en 1864 su célebre Carta a los españoles, en la cual proclamaba a su nieto, llamado por sus partidarios Carlos VII, como legítimo heredero de los derechos de Carlos Luis. Únicamente su madre se negaba a patrocinar semejante idea, pero cedió finalmente ante los decididos propósitos de Don Carlos, quien empezó a recibir la visita de los personajes carlistas más significados (Marichalar, Algarra, Tristany, Mergeliza, etc.), publicándose poco después un manifiesto suyo en La Esperanza. En una conferencia con Vicente de la Hoz se estudiaron los medios de reorganizar el partido carlista.
En 1866 escribió a su padre declarándose jefe de los carlistas y en 1868 presidió en Londres un Consejo con las principales figuras del carlismo para relanzar el movimiento, aprovechando la crisis del régimen isabelino. En dicha junta se trazó un plan político y administrativo, se fijó la línea de conducta a seguir, se preparó el manifiesto que el siguiente año dirigiría a los españoles, y tomó el título de duque de Madrid.
En diciembre de 1867 Prim y Sagasta, en nombre de los liberales progresistas (que poco después iban a destronar a Isabel II), se reunieron con Ramón Cabrera en Wentworth. Estaban dispuestos a reconocer a Carlos VII como rey de España, a condición de que fuese un monarca constitucional y que su legitimidad fuese ratificada por el sufragio universal. Don Carlos, a través de Cabrera, su representante, rechazó el ofrecimiento, pues no estaba dispuesto a ser rey a cualquier precio y a renunciar a las ideas tradicionales de su familia.
Algunos meses antes el mismo Don Carlos había rechazado también en su residencia de Graz una proposición del sacerdote Miguel Sánchez Pinillos, enviado del presidente del gobierno Luis González Bravo, la cual consistía en que jurase lealtad a Isabel II y que, después de su caída, que se preveía inminente, el partido moderado lo apoyaría para que ocupase su lugar. Indignado ante la posibilidad de reconocer a Isabel como su reina (lo que no estaba dispuesto a hacer) para luego traicionarla, dijo al padre Sánchez que si seguía haciéndole ofertas tan miserables e indignas de un sacerdote, se vería en el caso de llamar a los criados para hacerlo «rodar por las escaleras» a patadas.
Tras la revolución de septiembre, se dirigió a París, donde el 3 de octubre de 1868 su padre abdicó en su favor, aunque la mayoría de los carlistas ya lo tenían como su rey desde 1864, cuando la princesa de Beira así lo proclamó, como el rey legítimo, en la citada Carta a los españoles. Inmediatamente Don Carlos dirigió cartas al Papa Pío IX y a todos los soberanos de Europa, y empezó los trabajos de reorganización de su partido.
Disfrazado, Don Carlos se adentró en España a través de los Pirineos, acompañado de Rafael Tristany, el marqués de Vallecerrato y el marqués de Benavent, hospedándose el 11 de junio de 1869 en la rectoría de Montalbá, pueblo en el que oyeron misa. Poco después el pretendiente entraba, por primera vez en su vida, en territorio español. Llevaba puesto un gorro catalán, que arrojó con gran alborozo al aire al grito de ¡Viva España!. Comieron y brindaron en el campo y sobre una roca que servía de mesa, se levantó acta de aquel suceso, e hizo nombramientos de comandante para su hermano Alfonso, que servía en Roma, de ayudantes de campo y de órdenes, para Tristany, Vallecerrato y Benavent, y de mariscal de campo para Plandoli. Por la noche regresó a París.
El 30 de junio de 1869 publicó una Carta-Manifiesto, conocida como Carta de Don Carlos a su hermano Don Alfonso, en la que manifestaba que aspiraba a ser Rey y no jefe de un partido. Esta carta fue redactada por Antonio Aparisi y Guijarro y fue reproducida por la prensa carlista, repartiéndose centenares de miles de ejemplares en hojas volanderas. Poco después se produjo un primer intento de alzamiento a favor de Carlos VII, que fracasó.
En octubre de 1869, Don Carlos entregó la dirección político-militar del carlismo a Ramón Cabrera, quien dimitió en marzo de 1870 debido a discrepancias con el pretendiente y con notables figuras del movimiento carlista. En abril, Don Carlos decidió asumir personalmente la jefatura del carlismo tras una conferencia que tuvo lugar el 18 de abril de 1870 en Vevey (Suiza) en la que reunió a los notables carlistas, creando una junta central del partido que actuaba legalmente en España, la Comunión Católico-Monárquica, que presidía el marqués de Villadarias y que tenía como secretario a Joaquín María de Múzquiz y juntas locales en los ayuntamientos donde el carlismo tenía implantación. Se organizó también una red periódicos, casinos y centros carlistas para promover el ideario tradicionalista, estrategia que se probó exitosa, ya que en las elecciones de 1871 el carlismo consiguió 50 diputados en el Congreso de los Diputados.
Acerca del programa de gobierno de Don Carlos, en 1873 el carlista Leandro Herrero afirmó en una obra titulada El gobierno carlista: lo que es en teoría y práctica que el carlismo era sinónimo de monarquía cristiana, y que su fundamento esencial era el derecho divino, además de la legitimidad monárquica. La monarquía era vista por los carlistas como una institución paternalista, en la que el rey cristiano debía ejercer como padre bondadoso de su pueblo, aunque también mandar y ser obedecido.