Carlos Saura Atarés (Huesca; 4 de enero de 1932-Collado Mediano, Madrid; 10 de febrero de 2023) fue un reconocido cineasta, fotógrafo y escritor español. Su trayectoria abarca más de medio siglo y es considerado junto a Luis Buñuel, Luis García Berlanga, Pedro Almodóvar y Fernando Trueba como uno de los grandes del cine español.
Saura inició su carrera en 1955 realizando cortometrajes documentales. Obtuvo protagonismo internacional cuando su primer largometraje se estrenó en el Festival de Cine de Cannes en 1960. Aunque comenzó a filmar como neorrealista, Saura pasó a películas codificadas con metáforas y simbolismos para sortear la censura española. En 1966, saltó a la fama internacional cuando su película La caza ganó el Oso de Plata en el Festival Internacional de Cine de Berlín. En los años siguientes, se forjó una reputación internacional por su tratamiento cinematográfico de las respuestas emocionales y espirituales a las condiciones políticas represivas.
En la década de 1970, Saura era el cineasta más conocido que trabajaba en España. Sus películas emplearon recursos narrativos complejos y frecuentemente fueron controvertidos. Ganó premios especiales del jurado por La prima Angélica (1973) y Cría Cuervos (1975) en Cannes, y recibió una nominación en los Premios Óscar la Mejor Película en Lengua Extranjera en 1979 por Mamá cumple cien años.
En la década de 1980, Saura saltó a la fama por su trilogía flamenca – Bodas de sangre, Carmen y El amor brujo, en la que combinaba contenidos dramáticos y formas de baile flamenco. Su trabajo continuó apareciendo en concursos mundiales y obtuvo numerosos premios. Recibió dos nominaciones a los Premios Óscar por Carmen (1983) y Tango, no me dejes nunca (1998). Sus películas son una expresión sofisticada del tiempo y el espacio que fusionan la realidad con la fantasía, el pasado con el presente y la memoria con la alucinación. En las dos últimas décadas del siglo XX, Saura se centró en obras que unían música, danza e imágenes.
Nacido en Huesca el 4 de enero de 1932. Hijo de familia paterna murciana. Recién finalizado el bachillerato, comenzó a aficionarse a la fotografía. Abandonó sus estudios de ingeniería industrial para ingresar en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, donde obtuvo el diploma de Dirección cinematográfica. Fue uno de los grandes renovadores del cine español de la segunda mitad del siglo XX.
Tras realizar el cortometraje El pequeño río Manzanares (1956) y el mediometraje La tarde del domingo (1957), realizó el documental Cuenca (1958), premiado en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, al que siguió su primer largometraje, Los golfos (1960), En La caza (1966), con un asunto de gran dureza donde hizo un análisis de las heridas provocadas por la guerra civil en la terrible historia de una partida de caza entre personajes que representaban distintas posturas vitales. La escenografía en exteriores, en un paisaje árido y la fotografía muy contrastada de Luis Cuadrado, hicieron de esta obra una referencia para el cine posterior y obtuvo grandes éxitos internacionales, consiguiendo el premio a la mejor dirección en el Festival Internacional de Cine de Berlín.
Tras estos primeros trabajos, se consolidó en 1967 su colaboración con el productor Elías Querejeta, con el que había producido a medias La caza, con la película Peppermint frappé, dando inicio al periodo más destacado de su carrera. Peppermint frappé es de nuevo una indagación psicológica sobre los efectos de la represión franquista tras la guerra civil, las inhibiciones eróticas y otras carencias de su generación. El desenlace es tan violento como La caza, pero aparece ahora situado en el espacio de la memoria o los instintos más primarios de los personajes.
Temas y formas, puliendo este estilo abstracto, desarrollado en colaboración con Querejeta, que pretendió radiografiar los males de la sociedad española burlando la censura, continuaron en Stress-Es Tres-Tres (1968), La madriguera (1969), El jardín de las delicias (1970) y Ana y los lobos (1972).
Ana y los lobos ofrece el mundo cerrado de una casona de una familia española aristocrática. Rafaela Aparicio, la matriarca de este mundo cerrado, retomará este personaje en Mamá cumple cien años (1979), una continuación de Ana y los lobos. A la casa solariega llega una institutriz extranjera para educar a las niñas de Juan, el varón de la casa. Las pulsiones sexuales frustradas de los tres hombres de la familia aparecen tras la llegada de esta bella joven cuyos modos más libres y su sinceridad provocan en el subconsciente de los varones deseos irreprimibles. Ana destapa la inquietud del ambiente cerrado y conservador de esta familia, revelando así los rasgos que tanto definen a la sociedad de su tiempo.
La consolidación del "mito Saura": La prima Angélica y Cría cuervos
La película que marcó su consolidación internacional fue La prima Angélica (1973), que recibió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes; en ella, el pasado (1936) y el presente (1973) se funden y esto se muestra mediante la confusión del tiempo histórico que se produce en los planos de la película, incluso dentro de una misma secuencia. Así se delata el tema de la presencia de las heridas del pasado en el presente, clásico asunto del psicoanálisis. La fusión del tiempo tiene también otras consecuencias frustrantes, como el contraste entre el amor infantil de Luis y Angélica, que ha sido acaso su único amor, y la relación adulta de un Luis con una Angélica ya casada en una situación que hace imposible la recuperación de aquella relación afectiva. No es este el primer film que explora el recuerdo y la intromisión del pasado en el presente, que estaba ya bien dibujado en obras anteriores, como El jardín de las delicias (1970).
María Clara Fernández de Loaysa, en su papel de Angélica niña, establece una relación con la figura de José Luis López Vázquez, cuyo personaje seguía la estela del que interpretó en El jardín de las delicias, donde aparecía en una silla de ruedas, simbolizando con ello la parálisis psíquica de aquella generación. En esta caso representa la frustración amorosa por su prima, en el doble papel de niño y adulto, representado por el mismo actor.
Cría cuervos (1975), también premio del Jurado en el Festival de Cannes, vuelve a explotar el tema de la memoria, oponiendo en feroz contraste la mirada de la niña Ana Torrent a los personajes autoritarios.
Elisa, vida mía (1977) fue probablemente su obra maestra. Partiendo de un concepto muy ambicioso de interrelación del cine y la literatura, la película dialoga constantemente con los elementos peculiares del cine: imágenes, sonido, música y textos. En cuanto a las imágenes, hay una profunda relación entre escritura de textos y escritura visual. El diario que escribe el personaje interpretado por Fernando Rey es la fuente, o punto de vista de la enunciación, de lo que vemos, pero todo se complica al ser su hija, interpretada por Geraldine Chaplin, quien lee ese diario a su muerte. Por tanto hay que estar muy avisados para conocer el origen de la narración visual, que podría ser producida por la lectura de la hija, la escritura del padre o la voz enunciadora de un narrador externo a las voces de los personajes, algo así como un Saura-narrador. Todo ello entretejido de referencias a El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca, El Criticón de Baltasar Gracián y el mito de Pigmalión que oímos en la versión de la Ópera de Jean-Philippe Rameau (Pygmalion, 1748). Todo ello está pautado por la Gnosienne I de Erik Satie, que nos lleva a los espacios de la memoria.
Con la llegada de la democracia a España, Saura se convirtió en uno de los cineastas más destacados de la Transición. Los ojos vendados (1978) es un alegato contra la tortura y las injusticias en Latinoamérica. Al año siguiente abordó su primera comedia con su revisión de la familia de Ana y los lobos en clave cómica y con un aire de fin de franquismo en Mamá cumple cien años. Fue todo un éxito de crítica y público, premiada en varios festivales y seleccionada para el Óscar a la mejor película extranjera.