Un cardenal , es el título honorífico más alto que puede conceder el papa dentro de Iglesia católica. Quienes lo reciben quedan integrados como miembros del clero de la diócesis de Roma, mediante la asignación de una iglesia titular, y se convierten en miembros del Colegio Cardenalicio y asesores del papa, que es obispo de Roma, normalmente de forma vitalicia. También son los encargados de elegir un nuevo papa en un cónclave cuando la Santa Sede está vacante. Salvo algunas excepciones históricas, los papas son elegidos entre los miembros del Colegio Cardenalicio.
Dado que en sus orígenes los cardenales eran clérigos de la diócesis de Roma, cada cardenal tiene asignado un titulus, que puede ser un obispado suburbicario (etimológicamente, «inferior en la ciudad»), un título presbiterial o la diaconía de un templo de Roma.
Los cardenales son «creados», por libre decisión del papa, en una ceremonia llamada consistorio público. Aunque no existen criterios estrictos para ser elegido cardenal, muchos cardenales gobiernan diócesis o archidiócesis importantes en todo el mundo; otros son obispos titulares, como prefectos de dicasterios y otros organismos vinculados a la Curia. Un número muy reducido son sacerdotes reconocidos por el papa por su servicio a la Iglesia. El derecho canónico exige que, por lo general, sean consagrados como obispos antes de ser nombrados cardenales, pero a algunos se les concede una dispensa papal. Desde 1917, los cardenales deben ser al menos sacerdote, pero en el pasado hubo cardenales laicos.
Aunque existen dudas sobre el origen del término, el consenso principal sugiere que el término proviene del latín cardinalis, a su vez del término cardo, que significa «pivote» o «bisagra». Se utilizó por primera vez en la Antigüedad tardía para designar a un obispo o sacerdote que se incorporaba a una iglesia para la que no había sido ordenado originalmente.
En Roma, las primeras personas en ser llamadas cardenales fueron los diáconos de las siete regiones de la ciudad a principios del siglo VI, cuando la palabra comenzó a significar «principal», «eminente» o «superior». El término se aplicó en este sentido ya en el siglo IX a los sacerdotes de los tituli (parroquias) de la diócesis de Roma.
En otras ciudades el nombre «cardenal» comenzó a aplicarse a ciertos clérigos como una marca de honor. Así lo señalan ejemplos como una carta enviada por el papa Zacarías en 747 a Pipino el Breve, gobernante de los francos, en la que el papa aplicaba el título a los sacerdotes de París para distinguirlos del clero rural. Este significado de la palabra se extendió rápidamente y, a partir del siglo IX, varias ciudades episcopales contaban con una clase especial entre el clero conocida como cardenales.
El uso del título fue reservado a los cardenales de Roma en 1567 por Pío V.
Originalmente, los cardenales, surgen de los presbíteros de los 25 títulos o iglesias parroquiales de Roma, de los 7 (luego 14) diáconos regionales y 6 diáconos palatinos y de los 7 (en el siglo XII, 6) obispos suburbicarios. Su función principal fue la de servir como consejeros y colaboradores del papa, obispo de Roma. Por decreto del sínodo de 769, solo un cardenal podía ser elegido obispo de Roma.
A partir del año 1150 formaron el Colegio Cardenalicio con un decano, que es el obispo suburbicario de Ostia, y un camarlengo en calidad de administrador de los bienes.
Con la constitución apostólica In nomine Domini, promulgada por el papa Nicolás II en 1059, cinco años después del Cisma de Oriente y Occidente, el derecho a elegir al papa quedó reservado a los obispos de las sedes suburbicarias.
En 1179, el papa Alejandro III (constitución apostólica Licet de vitanda discordia) extendió a todos los cardenales este derecho; y en 1274 Gregorio X fijó que, para la elección del papa, eran precisos los dos tercios de los votos de los cardenales reunidos (constitución apostólica Ubi periculum).
En el siglo XII comenzó la práctica de nombrar cardenales a eclesiásticos de fuera de Roma, a cada uno de los cuales se le asignaba una iglesia en Roma como su iglesia titular o vinculada a una de las diócesis suburbicarias, sin dejar de estar incardinados en una diócesis distinta a la de Roma.
En la Edad Moderna, los cardenales solían desempeñar funciones importantes en los asuntos seculares y, en algunos casos, puestos de poder en el gobierno. La influencia de los gobernantes temporales, en particular los reyes de Francia, España y Austria, se reafirmó a través de la influencia de cardenales de determinadas nacionalidades o movimientos políticamente significativos. Incluso se desarrollaron tradiciones que daban derecho a determinados monarcas a elegir a uno de sus súbditos clérigos de confianza para ser creado cardenal, el llamado «cardenal de corona».
De hecho, en la Inglaterra de Enrique VIII, su primer ministro fue durante algún tiempo el cardenal Wolsey. El poder de los cardenales franceses Richelieu, Julio Mazarino, Guillaume Dubois y André Hercule de Fleury fue tan grande que durante muchos años fueron, de forma sucesiva, consejeros y hombres de Estado en el Reino de Francia. En Portugal, debido a una crisis de sucesión, un cardenal, Enrique de Portugal, fue coronado rey, el único ejemplo de cardenal-rey (aunque Juan II Casimiro Vasa fue cardenal antes que rey de Polonia). En España, también destacaron figuras como las de los cardenales Mendoza, Cisneros, Adriano de Utrech (futuro papa Adriano VI) o el cardenal Alberoni .
En el año 1563, el Concilio de Trento, presidido por el papa Pío IV, escribió sobre la importancia de seleccionar buenos cardenales:
El tamaño del Colegio Cardenalicio
La pertenencia al Colegio cardenalicio funciona por cooptación, pues es el papa quien nombra a los cardenales que, a su vez, nombrarán al siguiente papa. El tamaño del colegio cardenalicio ha sido objeto de numerosas reformas y cambios de composición.
El Colegio de Cardenales tiene como máximas jerarquías el decano, el vicedecano (véase "cardenales obispos") y el camarlengo, oficial mayor de la Santa Sede, al cual compete la organización de la sede vacante y del cónclave. Dispone además de un prelado secretario y de un tesorero, cargos estos no necesariamente ocupados por cardenales.