Tal Día como Hoy

Califato fatimí

Antiguo califato chiita

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El Califato fatimí (en árabe: الخلافة الفاطمیّة‎, romanizado: al-Khilāfat al-Fāṭimiyya; también califato de Egipto​ o Imperio fatimí; en árabe: الفاطميون‎ al-Fāṭimiyyūn)​ fue el cuarto califato islámico, existente entre los siglos X y XII, bajo el gobierno de los fatimíes. Fue así el único califato chií de toda la historia —ismailita, concretamente—.​ Dominó una extensa área del norte de África y Asia Occidental, desde el Mediterráneo occidental en el oeste hasta el Mar Rojo en el este, entre los años 909 y 1171. Los fatimíes trazaban su ascendencia hasta Fátima—la hija del profeta islámico Mahoma—y su esposo Ali, el primer imán chiita. Los fatimíes fueron reconocidos como los imanes legítimos por diferentes comunidades ismailíes así como por denominaciones en muchas otras tierras musulmanas y regiones adyacentes.​​ Teniendo su origen durante el califato abasí, los fatimíes inicialmente conquistaron Ifriquía (aproximadamente las actuales Túnez y nordeste de Argelia). Luego, la dinastía controló la costa mediterránea de África y convirtió Egipto en el centro de su califato en la segunda mitad del siglo x. En su apogeo, el califato incluía, además de Egipto, parte del Magreb, Sudán, Sicilia, el Levante mediterráneo y la región de Hiyaz.

Entre 902 y 909, se fundó el estado fatimí bajo el liderazgo del da'i (misionero) Abu Abdallah, cuya conquista de la Ifriquía aglabí con la ayuda de fuerzas de los kutama, una tribu bereber, allanó el camino para el establecimiento del califato.​​​ Tras la conquista, Abdullah al-Mahdi Billah fue rescatado de Siyilmasa y aceptado como imán del movimiento, convirtiéndose en el primer califa y fundador de la dinastía en 909.​​ En 921, se estableció la ciudad de al-Mahdiyya (actual Mahdía) como capital. En 948, trasladaron su capital a al-Mansuriya, cerca de Cairuán. En 969, durante el reinado de al-Mu'izz, conquistaron Egipto, y en 973, el califato se trasladó a la recién fundada capital fatimí, El Cairo. Egipto se convirtió en el centro político, cultural y religioso del imperio y desarrolló una nueva «cultura árabe autóctona».​ Tras sus conquistas iniciales, el califato a menudo permitió cierta tolerancia religiosa hacia sectas no chiitas del islam, así como hacia judíos y cristianos.​ Sin embargo, sus líderes lograron escaso progreso a la hora de persuadir a la población egipcia a adoptar sus creencias religiosas.​

Tras los reinados de al-'Aziz y al-Hákim, el largo reinado de al-Mustansir consolidó un régimen en el que el califa se mantuvo al margen de los asuntos de Estado y los visires adquirieron mayor importancia.​ El faccionalismo político y étnico al interior del ejército condujo a una guerra civil en la década de 1060, que amenazó la supervivencia del imperio.​ Tras un periodo de resurgimiento durante el mandato del visir Badr al-Jamali, el califato fatimí decayó rápidamente a finales del siglo XI y durante el siglo XII.​ Además de las dificultades internas, el califato se vio debilitado por la invasión de los turcos selyúcidas en Siria en la década de 1070 y la llegada de los cruzados al Levante en 1097.​ En 1171, Saladino abolió el gobierno de la dinastía y fundó la dinastía ayubí, que incorporó a Egipto nuevamente a la esfera nominal de autoridad del califato abasí.​

Orígenes: la rebelión de los fatimíes

La ideología religiosa del Califato fatimí tuvo su origen en un movimiento chií ismailita.​ El surgimiento de la dinastía se debió al éxito de la prédica de un proselitista chiita a finales del siglo IX, Abu Abd Allah, que se estableció entre los bereberes kutama en el año 893, a algunos de los cuales había conocido en La Meca.​​ Los kutama, montañeses de la Pequeña Cabilia,​ fueron el núcleo de las primeras fuerzas militares fatimíes, y el sostén de la dinastía hasta su desaparición.​​

Los fatimíes afirmaban descender de la hija del profeta Mahoma, Fátima y de su primo, yerno y cuarto califa del islam, Alí.​ Tanto por su ascendencia como por gracia divina, proclamaban ser imanes, gobernantes infalibles guiados por Alá.​ Como tales, pretendían acabar con la dinastía abasí,​ a la que tildaban de impostora y de querer imponer su autoridad al mundo entero.​ Eran también enemigos de los omeyas, que reinaban aún en la península ibérica.​

Argelia produjo la dinastía nativa de los fatimíes, entre la tribu de los Kutama, en 899 Ubayd Allah al-Mahdi Billah, el undécimo imán, se convirtió en el caudillo del movimiento. Sus partidarios, comenzaron por debilitar el decadente emirato aglabí en el 893.​ Ese año en propagandista chií Abu Abd Allah se asentó entre los kutamas en el pueblo de Ikchan, donde apenas se reconocía ya la autoridad de los aglabíes.​ Al-Mahdi obtuvo el apoyo de Abu Abdallah al-Chií.​ Los kutamas se jactaban de su país, situado en el oeste de Ifriqiya (hoy parte de Argelia), de su hostilidad hacia los abasíes y de su total independencia de los emires aglabíes. Los campesinos bereberes, que habían sido oprimidos durante décadas por el corrupto gobierno aglabí, mostraron ser una base perfecta para la sedición.​ Al-Chií alzó la Pequeña Cabilia contra los aglabíes a los pocos años de comenzar su prédica.​ Enseguida, comenzó la conquista de ciudades de la región, al derrotar a las fuerzas aglabíes: primero Mila, a continuación, Sétif, Kairuán (marzo del 909), y finalmente Raqqada, la capital aglabí.​​​ Las antiguas fortalezas bizantinas de Tobna, Belezna, Bagay y Tebessa, que debían haber protegido la Ifriqiya del avance fatimí, no pudieron impedir la conquista.​

Abu Abd Allah llamó a Ubaid Allah tras las primeras victorias sobre los aglabíes.​ Este abandonó el Oriente Próximo y cruzó Egipto, Libia e Ifriqiya y en vez de reunirse con Abu Abd Allah, fue a Siyilmasa, capital del señorío midrarí de los oasis de Tafilete.​ Comenzó a hacer proselitismo con el pretexto de ser un comerciante, pero fue encarcelado el emir, que lo consideró subversivo.​ Ubaid Allah y su hijo habían hecho su camino a Siyilmasa, huyendo de la persecución de los abasíes, que encontraron sus creencias ismailíes no solo poco ortodoxas, sino también una amenaza para la situación de su califato. Según la leyenda, Ubaid Allah y su hijo estaban cumpliendo una profecía de que el Mahdi vendría de Mesopotamia a Siyilmasa.

Al-Chií envió un ejército hacia el oeste, se apoderó de la capital rustumí de Tiaret y luego de Siyilmasa, donde se hallaba cautivo Ubayd Allah.​​ El señor midrarí de Siyilmasa fue vencido ante las murallas de su ciudad.​ Después de obtener la libertad, Ubaid Allah se convirtió en el caudillo del nuevo Estado y asumió el cargo de imán y califa en Kairuán el 5​ de enero del 910 y se proclamó mahdi.​​​ Mientras, la población de Siyilmasa asesinó a la guarnición kutama que había quedado para guardar la ciudad y devolvió el poder a los midraríes.​

Ubaidalah aplastó los conatos de revuelta de los kutamíes y, en enero del 911, ajustició al mismísimo al-Chií al que debía su libertad.​​ La ejecución de este suscitó el disgusto de los kutamíes.​ Ubayd Allah hubo de enviar en el 912 un ejército contra los cenetes del Magreb central, que se habían rebelado, y recobrar Tahart, que había perdido temporalmente.​

Una nueva capital se estableció en Mahdía (al-Mahdiyya) en el 916, pues Ubaidalah no se sentía muy seguro en Kairuán.​​ Las obras de la nueva y estratégica ciudad, de gran importancia naval, habían comenzado tres años antes.​ Mahdía contaba con almacenes para la flota —heredada de los aglabíes y reforzada—​ y astilleros, además de un castillo que la protegía.​

El ajusticiamiento de Al-Chií generó un intenso descontento entre los kutama.​ Al año siguiente (912), se desató una rebelión en Trípoli, que contaba con su propia escuadra, que batió a los quince navíos enviados por Al-Mahdi para sofocar el alzamiento.​ Un año más tarde, el grueso de la flota fue destruido por el gobernador de Sicilia, que también se había rebelado contra Al-Mahdi.​​ El siciliano atacó por sorpresa las naves del califa en Lamta y las incendió.​ Posteriormente, sin embargo, los fatimíes lograron vencer a los sicilianos.​ Estos reveses impidieron que la armada participase con grandes fuerzas en la primera invasión de Egipto,​ acometida en el 914 pese a la oposición del heredero Al-Qa'im, que creía la empresa precipitada dada la situación de crisis en la que se hallaba el califato.​

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