El Café Gijón (llamado también Gran Café de Gijón) es un establecimiento de Madrid, famoso por sus tertulias a lo largo del siglo xx. Situado en el número 21 del paseo de Recoletos, fue fundado el 15 de mayo de 1888 por Gumersindo Gómez (o García), un asturiano afincado en la capital de España. Dispone de una terraza en el pasillo central del paseo, y era uno de los pocos cafés de tertulia supervivientes en el Madrid de comienzos del siglo xxi. Cerró a finales de 2025 y cambió de dueño, reabriéndose en abril de 2026 con un nuevo nombre: Capucchino Grand Café Gijón.
El café se inauguró el 15 de mayo de 1888, después de que el gijonés Gumersindo Gómez adquiriera y dispusiese el local que todavía ocupa en el paseo de Recoletos, entre las calles de Prim y Almirante.
A finales del siglo XIX estaban en su apogeo los cerca de catorce cafés de la Puerta del Sol. Por ejemplo, el Café de Fornos y el Suizo situados en la calle de Alcalá, y eran la moda que atraía a la mayoría de la clientela de tertulia. El nombre del local se fijó en honor de la ciudad natal de Gumersindo. A pesar del lujo no dejaba de ser este café, entre los cientos que había en la época, un simple café de barrio. El éxito del negocio en los primeros años era precisamente que Recoletos era un lugar de paseo habitual en verano. El café atraía a los viandantes casuales y se consumían horchatas, un agua de cebada o de limón, una zarzaparrilla o cualquier refresco al uso de la época. En los meses de otoño los paseantes desaparecían, disminuyendo los tertulianos en el Café.
Poco a poco se fueron instaurando las tertulias en sus típicas mesas de mármol; se hablaba de política, de toros y de sucesos truculentos como el famoso crimen de la calle Fuencarral (asesinato en Madrid en 1888 de Luciana Borcino). Los tertulianos provenían a veces del cercano teatro Príncipe Alfonso. Gumersindo llevaba el local desde un atrio elevado y pronto abrió una terraza en el paseo enfrente del local. Los primeros clientes famosos fueron José Canalejas, que discretamente se sentaba en una mesa y tomaba a solas su café hasta el día de su asesinato; Santiago Ramón y Cajal, acompañado las más de las veces de un alumno; Benito Pérez Galdós, acompañado. Uno de los personajes primerizos fue Valle-Inclán que era atraído por el frescor de la terraza, buscando tranquilidad del bullicioso Café de la Montaña, a veces del Kursaal de la plaza del Carmen. Una de las primeras musas en aquellos primeros años fue madame Pimentón, objeto de burlas y chirigotas de los tertulianos, mujer popular que frecuentaba algunos cafés de la periferia a comienzos del siglo XX.
Benigno López, barbero de origen extremeño que poseía su peluquería en la calle del Almirante, cliente habitual del Gijón y amigo de Gumersindo pagó el traspaso y a partir de 1916 se hizo cargo del negocio, con la condición marcada en el contrato de que respetaría siempre el nombre del establecimiento. Se cuenta que el local fue adquirido por la módica cantidad de 60.000 pesetas. Gumersindo se retiró a su tierra natal una vez realizada la operación de venta del local. La neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial hizo que Madrid se viera poblado de personajes de la realeza y de la política europea que huían de la guerra.
El Gijón había ido tomando aires de prestigio a comienzos del siglo xx, por lo que el dueño decidió reformar el local, que encargó al tertuliano Luis Laorga Gutiérrez. Poco después de estrenar su nuevo Café Gijón, Benigno falleció repentinamente a los sesenta años de edad, y el negocio fue administrado por su viuda, Encarnación Fernández, que poco después abrió otro local en el mismo Paseo de Recoletos, afrontando la posible competencia en el entorno de la Plaza de Cibeles. Su nuevo establecimiento, el Café Cibeles, fue inaugurado en 1928, y durante ocho años ambos locales compartieron clientela e incluso tertulias, a pesar de que la reciente competencia del cine y la calefacción urbana auguraba para algunos el fin de los cafés de tertulia. Y ciertamente, el Café Gijón iba perdiendo clientela en favor del Café Recoletos. Sin embargo, se continuaron abriendo nuevos establecimientos, como el Café Teide, a pocos metros del Gijón y otros que ya en Cibeles llegaron a hacerle competencia como, a partir de 1931, el Café Lion y la Cervecería Correos, ambos en la calle de Alcalá, junto al Palacio de Linares.
Los camareros de esa época son reflejados en la literatura. A uno de ellos le tocó la lotería y posteriormente se arruinó; otro fue un torero fracasado.
En 1934 el Gijón se había convertido en uno de los cafés favoritos de la farándula literaria madrileña en abierta competencia con los históricos cafés del barrio de Sol. Se abría la nueva moda de los cafés americanos con barra y taburetes, así como los salones de té como el Embassy. Las tertulias, animadas ahora por la pluralidad política favorecida por la Segunda República Española, se extendían a toda la ciudad y alcanzaban hasta el Café Comercial y el Europeo, en Chamberí. Sin embargo Ramón Gómez de la Serna, poco amigo de los circos políticos, disolvió su histórica tertulia del Café de Pombo («Sagrada Cripta del Pombo»). En el entorno comercial del Gijón, Encarnación llevaba los dos locales con la ayuda de sus hijos. El mayor, Joaquín López Fernández, se dedicaba al Café de Recoletos, y Encarnación, con el marido de su hija, Nicolás García, al Café Gijón. La contienda hizo que los tradicionales tertulianos se dispersasen, y el café se pobló de tertulias de activistas y milicianos, hasta el punto de que, durante la batalla de Madrid el café Gijón se convertiría en lugar de reunión y cuartel de milicianos. Marino Gómez Santos recoge el suceso del asesinato de Nicolás García, marido de la hija de Encarnación, ocurrido al parecer en el «túnel de Atocha junto con ocho de los empleados»; régimen de terror impuesto por las bandas descontroladas, con víctimas de tertulianos importantes como el dramaturgo Pedro Muñoz Seca y el escritor Ramiro de Maeztu. Finalmente, se cerró el Café de Recoletos, mientras que el Gijón abría para servir modestos almuerzos. Cuando las tropas franquistas entraron en Madrid, el Café Gijón era un local de aspecto desolado, que pronto se recuperó ofreciendo comidas a los oficiales del ejército vencedor.
Periodo de posguerra y transición
Pocas semanas después del final de la contienda la familia de Encarnación abrió los dos cafés y las ausencias fueron evidentes. Empezaron a aparecer en el Gijón tertulianos famosos como Eugenio d'Ors y Enrique Jardiel Poncela, habitual del Café Castilla. En el Café Recoletos aparecieron los nuevos estamentos de la burguesía madrileña. Había caras nuevas que conformarán las tertulias posteriores. Apareció un grupo de jóvenes contertulios a los que se denominó «Juventud Creadora» o «garcilasistas», entre los que estaban José García Nieto, Pedro de Lorenzo, Rafael Romero, Jesús Juan Garcés, Eugenio Mediano Flórez, Salvador Pérez Valiente y otros más que se fueron incorporando poco a poco con posterioridad. Un asiduo de aquellos días era el escritor Camilo José Cela que publicó en 1942 una novela titulada La familia de Pascual Duarte y que fue posteriormente censurada y secuestrada de las librerías en su segunda edición.
Los tertulianos del Café eran artistas y escritores que poseían un alineación con el régimen algo dudosa. Esta situación puso al Café desde sus comienzos en situación comprometida; la ley de vagos y maleantes, impulsada en 1933 por el diputado socialista Luis Jiménez de Asúa y aprobada por consenso de todos los grupos políticos de la segunda república, permitía arrestar a los escritores alegando «peligrosidad social». Se estableció la «tertulia de los poetas» a primeras horas de la tarde, de tres a seis, presidida por Gerardo Diego. En esa época Encarnación, ya anciana, cedía su labor de liderazgo a su hija Joaquina. En el año 1942 se cerró de forma definitiva el Café Recoletos. Muchos de los clientes se movieron al Gijón. En el año 1943 el Café fue rescatado de una inundación fortuita de aguas fecales que brotó por la rotura de un canal de distribución suburbano. Afectó, no obstante, a parte del mobiliario lo suficiente como para cerrar y ventilar durante una semana, mientras se achicaban las aguas. Otros negocios cercanos, como Casa Emilio, cerraron, mientras que el Gijón se salvó por la diligencia de un empleado avisando a las autoridades.