Juan de Fidanza (en italiano, Giovanni di Fidanza), también conocido como Buenaventura de Bagnoregio (en italiano, Bonaventura di Bagnoregio) o san Buenaventura (Bagnoregio, 1217 o 1218-Lyon, 15 de julio de 1274) fue un místico, filósofo y teólogo franciscano, obispo de Albano y cardenal italiano que participó en la elección del papa Gregorio X.
Fue discípulo de Alejandro de Hales y llegó a ser General de la Orden franciscana. Fue canonizado por la Iglesia católica en 1482 y proclamado doctor de la Iglesia en 1588. Fray Luis de Granada lo consideró uno de los grandes maestros de la vida espiritual, y es conocido en la historia de la Iglesia como el «Doctor Seráfico».
Juan de Fidanza, que luego adoptó el nombre de Buenaventura, nació alrededor del año 1218. Algunos datan su nacimiento en este año y otros en 1221. La tradición dice que en su niñez había sido afectado por una grave enfermedad y que ni siquiera su padre, médico, esperaba ya salvarlo de la muerte, pero su madre entonces recurrió a la intercesión de Francisco de Asís, que había sido canonizado hacía poco, y Buenaventura se curó. Entre 1236 y 1242, cursó Artes en París, consiguiendo en ellas el magisterio. En 1243, entró a la orden franciscana y allí cursó teología. En 1248 era bachiller bíblico y, para 1250, fue sentenciario, logrando finalmente en 1253 el título de maestro. Su tesis llevó por título Cuestiones sobre el conocimiento de Cristo.
La oposición de algunos de los profesores de la Universidad de París contra los franciscanos perturbaron la paz de los años que Buenaventura pasó en esa ciudad. El líder de los que se oponían a los franciscanos era Guillermo de Saint Amour, quien criticó a Buenaventura en una obra titulada Los peligros de los últimos tiempos. Este tuvo que suspender sus clases durante algún tiempo y contestó a los ataques con un tratado sobre la pobreza evangélica, con el título de Sobre la pobreza de Cristo. El Papa Alejandro IV nombró a una comisión de cardenales para que examinasen el asunto en Anagni, con el resultado de que fue quemado públicamente el libro de Guillermo de Saint Amour, fueron devueltas sus cátedras a los franciscanos y fue ordenado el silencio a sus enemigos. Un año más tarde, en 1257, Buenaventura y Tomás de Aquino recibieron juntos el título de doctores.
Elección como superior general de los Franciscanos
En 1257 Buenaventura fue elegido superior general de los Frailes Menores. Cuando se le confió el cargo de superior general, pronunció estas palabras:
La orden estaba en ese momento desgarrada por una división con los franciscanos que se denominaban espirituales y los que se denominaban relajados. Los espirituales seguían las ideas del abad Joaquín de Fiore. Estos tenían una visión trinitaria de la historia. Sostenían que el Antiguo Testamento era parte de la era del Padre, que el Nuevo Testamento era parte de la era del Hijo y que en ese momento había llegado la era del Espíritu. Mientras que la era del Padre estaba marcada por la libertad positiva a costa de la libertad negativa y la era del Hijo por la libertad negativa a costa de la libertad positiva, la era del Espíritu traería la concurrencia de ambas en la libertad plena. Esta nueva era habría sido inaugurada por Francisco de Asís, que había llegado a la unión total con Dios en una nueva forma de monaquismo, distinta de las anteriores. Además, coincidiría con la aparición de un libro que exponía sus doctrinas y que fue falsamente atribuido al beato Juan de Parma, que era quien se había retirado del gobierno de la orden en favor de Buenaventura. Este se trataba del Evangelio eterno, predicho por el libro del Apocalipsis.
Los espirituales por eso predicaban una severidad inflexible de la regla original, mientras que los relajados pedían que se mitigase. Buenaventura, entonces y ante la amenaza de anarquía, se vio obligado a sostener que la historia es una y que Cristo es la última palabra de Dios. Sin embargo y ante la necesidad de reconocer en Francisco cierto devenir de la Iglesia, aceptó que existe el progreso. El nuevo monaquismo de Francisco no consiste en una ruptura con el viejo paradigma, sino en su propia extensión.
Escribió por eso una carta a todos los provinciales para exigirles la perfecta observancia de la regla original y la reforma de los relajados, pero sin caer en los excesos de los espirituales. Asimismo, en el primero de los cinco capítulos generales que presidió, presentó una serie de declaraciones de reglas. Las mismas fueron adoptadas y ejercieron gran influencia sobre la vida de la orden, pero no lograron aplacar a los espirituales.
A instancias de los miembros del capítulo, Buenaventura empezó a escribir la vida de Francisco de Asís. Tomás de Aquino, que fue a visitar un día a Buenaventura cuando este se ocupaba de escribir la biografía, le encontró en su celda sumido en la contemplación. En vez de interrumpirle, se retiró diciendo: «Dejemos a un santo trabajar por otro santo». Escribió primero La leyenda mayor y luego redactó de un modo más conciso y claro La leyenda menor. El término leyenda, en latín, no se refiere, como en español, al fruto de la fantasía, sino, al contrario, a aquel texto oficial que leer. Tras escribir su obra, titulada La leyenda mayor, mandó a quemar el resto de biografías que habían sido escritas antes. Por esto, su libro constituye la fuente de mayor importancia acerca de la vida de Francisco, aunque se manifiesta cierta tendencia a forzar la verdad histórica para emplearla como testimonio contra los que pedían la mitigación de la regla (franciscanos relajados).
La tradición cuenta que fue un día a visitar el convento de Foligno y cierto fraile tenía muchas ganas de hablar con él, pero no se atrevió por timidez. No obstante, en cuanto Buenaventura partió, el fraile cayó en la cuenta de la oportunidad que había perdido, echó correr tras él y le rogó que le escuchase un instante. Él accedió y tuvo una larga conversación con él. Cuando terminaron y el fraile volvió al convento, Buenaventura observó ciertas muestras de impaciencia entre los miembros de su comitiva y dijo:
Buenaventura gobernó la orden de san Francisco durante diecisiete años, de ahí que a veces se le llame el segundo fundador. En 1273, a la muerte de Godofredo de Ludham, el papa Clemente IV trató de nombrar a Buenaventura arzobispo de York, pero este consiguió disuadirle de ello. Sin embargo, al año siguiente, el beato Gregorio X le nombró cardenal y obispo de Albano, ordenándole aceptar el cargo por obediencia.
La tradición cuenta que, cuando fueron a su encuentro hasta cerca de Florencia, le hallaron en el convento franciscano de Mugello, lavando los platos. Como Buenaventura tenía las manos sucias, rogó a los legados que colgasen el capelo en la rama de un árbol y que se paseasen un poco por el huerto hasta que terminase su tarea. Solo entonces Buenaventura tomó el capelo y fue a presentar a los legados los honores debidos.
Gregorio X encomendó a Buenaventura la preparación de los temas que se iban a tratar en el Segundo Concilio ecuménico de Lyon, acerca de la unión con los griegos ortodoxos, pues el emperador Miguel Paleólogo había propuesto la unión a Clemente IV. Los más distinguidos teólogos de la Iglesia asistieron a dicho Concilio. Buenaventura fue, sin duda, el personaje más notable de la asamblea. Llegó a Lyon con el papa, varios meses antes de la apertura del Concilio. Entre la segunda y la tercera sesión reunió el capítulo general de su orden y renunció al cargo de superior general. Cuando llegaron los delegados griegos, encabezados por el patriarca de Constantinopla Juan XI Beco, inició las conversaciones con ellos y la unión con Roma se llevó a cabo.
Buenaventura murió durante las celebraciones, la noche del 14 al 15 de julio de 1274. Ello le impidió ver a Constantinopla rechazar la unión por la que tanto había trabajado. Fue proclamado doctor de la Iglesia en 1588 por Sixto V, mediante la bula Triumphantis Hierusalem.
Se puede dividir la obra de Buenaventura en su periodo del magisterio y su periodo del generalato. Como cualquier maestro en Teología para acceder a la cátedra tuvo que hacer los Commentaria in IV libros Sententiarum; ya luego, obtenida la cátedra, las Quaestiones disputatae de perfectione evangelica, que recogen la posición de Buenaventura en la disputa contra G. S. Amour; las Quaestiones disputatae de mysterio Trinitatis y las Quaestiones disputatae de sciencia Christi, en que desarrolla el ejemplarismo y el iluminacionismo; y, finalmente, su Breviloquium. En su periodo del generalato, escribe la obra legislativa Constitutiones Narbonenses y los opúsculos espirituales De sex alisseraphim, Soliloquium, De triplici vía, De V festivitatibus pueri Iesu, Lignum vitae, Vitis mystica, Legenda maior et minor, en que ofrece una visión teológica de la vida de Francisco, intentando conciliar las diversas tendencias que dividían la Orden; el Itinerarium mentís in Deum', que, con De reductione artium ad theologiam y el Breviloquium, permite una visión sintética franciscana del saber y de la vida; la Apologia pauperum, fruto de las controversias sobre la vida evangélica con G. d'Abbeville y que ofrece una justificación teológica del estado religioso y franciscano; las Collationes de decem praeceptis y las Collationes de septem Donis Spiritus Sancti, que pertenecen a la controversia sobre el aristotelismo; y, por último, las Collationes in Hexaemeron.