Belgrado (en serbio: / Беoград, "ciudad blanca") es la capital y ciudad más poblada de la República de Serbia. También fue capital y ciudad más poblada de la antigua Yugoslavia.
Situada en la confluencia del río Sava con el Danubio y en el límite de la llanura panónica con la península balcánica, Belgrado se extiende sobre una superficie de 3222,68 km², que ocupan el 3,6 % del territorio de la República. El área metropolitana alberga a una población de 1.197.714 habitantes (según datos de 2022) que representa cerca del 20 % de la población serbia, siendo por ello también la cuarta ciudad más poblada del sureste de Europa, después de Estambul, Atenas y Bucarest.
Belgrado dispone, de acuerdo con la Constitución serbia, de un estatus especial dentro de la organización territorial del país, por el que se articula la representación ciudadana mediante un sistema de gobierno autónomo dividido en varios cuerpos que son la Asamblea de la Ciudad, la Alcaldía y el Consejo, siendo cada uno de los 17 municipios en los que se divide administrado por un consejo propio.
Como capital de Serbia, Belgrado es sede de los principales organismos e instituciones del Estado, así como de las universidades y establecimientos de investigación más importantes. Es asimismo el motor económico del país, con un sector agrario singular, y principal centro para la difusión de la cultura serbia. Es una de las ciudades más antiguas de Europa, con una historia que se remonta a casi 7000 años atrás, convulsa con frecuencia y escenario de enfrentamientos entre las potencias que dominaron sucesivamente la región a lo largo de la historia.
Los primeros asentamientos aparecieron con la cultura prehistórica de Vinča hacia el 4800 a. C. En el siglo III a. C. se asentaron los celtas, y más tarde, los romanos fundaron la ciudad de Singidunum, mientras que los primeros documentos donde consta el nombre eslavo Beligrad datan del año 878. En 1284, Belgrado pasa a manos de los serbios de Sirmia, y a partir de 1403, del Despotado de Serbia. Más tarde, también fue capital del Principado de Serbia, convertido en Reino de Serbia en 1882, así como de las diferentes variaciones estatales de Yugoslavia entre 1918 y 2003, y de la Confederación de Serbia y Montenegro hasta su disolución en 2006.
La cultura de Vincha, que dominaba los Balcanes hace unos 7000 años, dejó testimonio de su presencia en el territorio de Belgrado y en áreas vecinas. A partir del siglo III a. C., hubo un asentamiento celta y más tarde romano, con la fundación de la civitas de Singidunum, que más tarde pasó a manos del Imperio bizantino. De época romana data la fortaleza de Kalemegdan, erigida en un promontorio junto a la confluencia de los ríos Danubio y Sava. La población era un puesto fronterizo cuya misión era proteger el imperio de los posibles ataques procedentes de la llanura de Panonia y los Cárpatos, al norte.
De Singidunum a la conquista otomana
Singidunum sufrió las invasiones sucesivas de hunos, sármatas, ostrogodos y ávaros antes de la llegada de los eslavos hacia el 630. El mismo nombre «Beograd» («castillo blanco») se menciona por primera vez en el año 878 durante el Primer Imperio búlgaro. En los cuatro siglos siguientes, Bizancio, el Reino de Hungría y el Primer Imperio búlgaro se disputaron la posesión de la ciudad. En el 1284 se integró en la entidad serbia del Reino de Sirmia, siendo gobernada por Esteban Dragutin (1276-1282), el primer rey serbio de Belgrado, que la recibió como regalo de su suegro, el rey de Hungría Ladislao IV.
Tras las derrotas en la batalla de Maritza en 1371, y luego en la batalla de Kosovo de 1389, el Imperio serbio comenzó su declive; perdió su territorio meridional, que le arrebataron los otomanos. Sin embargo, el norte pudo mantener la independencia como Despotado de Serbia, cuya capital fue Belgrado.
La ciudad floreció durante el gobierno de los déspotas, como Esteban Lazarević, hijo del famoso gobernador serbio que perdió la vida en la batalla de Kosovo, el knez Lazar Hrebeljanović. Sus murallas antiguas, castillos, puertos e iglesias fueron refortificadas, lo que ayudó a resistir la presión militar de los otomanos durante casi setenta años. Por aquel tiempo, Belgrado, con una población de entre cuarenta y cincuenta mil habitantes, se convirtió en una ciudad de refugio para los pueblos balcánicos que huían del control otomano. Durante el reinado de Đurađ Branković, cuando la mayor parte de territorio del Despotado cayó en manos de los otomanos, Belgrado pidió la ayuda del Reino de Hungría ante el ataque de las fuerzas de los otomanos, para quienes Belgrado representaba un obstáculo en su avance hacia Europa Central, que tuvo lugar en 1456 y desembocó en la batalla del sitio de Belgrado, donde el ejército serbio bajo el liderazgo de Juan Hunyadi resultó victorioso.
Liderados por Solimán el Magnífico, los otomanos lograron entrar en Belgrado el 28 de agosto de 1521, que quemaron y saquearon. Esta conquista les franqueó el camino hacia Europa Occidental, amenazando al Sacro Imperio Romano, y dando lugar al primer sitio de Viena en 1529. Belgrado se convirtió en la capital de un sanjacado, el distrito administrativo del Imperio otomano, y a lo largo de ciento cincuenta años, disfrutó de un periodo de calma que permitió el florecimiento del comercio, en particular con las ciudades repúblicas de Ragusa (actual Dubrovnik, hoy parte de Croacia) y Venecia, así como con Grecia y Austria. Numerosos artesanos de diferentes etnias (armenios, turcos o gitanos) se establecieron en ella. Renovada y con un nuevo aspecto representativo de la arquitectura oriental, Belgrado se convirtió así en un punto de conexión de las rutas de comercio entre el Oriente y Occidente que alcanzó su apogeo hacia el siglo XVII, época en la que su población alcanzó las cien mil personas. A finales del siglo XVI se manifestaron los primeros signos de resurgimiento de las convulsiones en la zona, con el episodio de la Insurrección de Banato en 1594, el mayor levantamiento serbio contra la ocupación otomana. La represión de las autoridades otomanas, que siguió al aplastamiento de la rebelión, se centró en la población cristiana y sus símbolos, con la quema de iglesias y las reliquias de san Sava en Vračar, lugar donde más tarde se edificaría el templo ortodoxo más grande en los Balcanes, el templo de San Sava, en recuerdo de aquellos acontecimientos.
A finales del siglo XVII, Belgrado sufrió los efectos de la peste que se extendió por Europa y de las rebeliones de los jenízaros, lo que contribuyó al declive de la ciudad, que pasó a ser escenario de las sucesivas campañas militares entre los Habsburgo de Austria y los otomanos, en las que resultó ocupada temporalmente por las tropas de los primeros entre 1688 y 1690, de 1717 y 1739, y por las fuerzas de los Habsburgo-Lorena entre 1789 y 1791, retornando al control de los otomanos. Durante este período, la ciudad se vio despoblada parcialmente como consecuencia de los movimientos de desplazados de las migraciones de serbios, por los cuales cientos de miles de personas, lideradas por sus patriarcas religiosos, se refugiaron en tierras de Vojvodina y de la Eslavonia modernas, en el entonces Sacro Imperio en 1690 y de 1737 a 1739. La Primera Insurrección Serbia permitió el control de la ciudad por los serbios entre 1806 y 1813, cuando fue retomada por los otomanos.
A partir de 1817, con la Segunda Insurrección Serbia, Belgrado se convirtió en la capital de la entidad autónoma establecida por el Principado de Serbia, pero poco después, la corte se desplazó a Kragujevac, donde estuvo entre 1818 y 1841.
Tras la retirada de las últimas guarniciones militares otomanas en 1867, el príncipe Mihailo Obrenović trasladó de nuevo la capital de Kragujevac a Belgrado. En 1878 se proclamó el Reino de Serbia por el que se instauraba la independencia definitiva, lo que favoreció un rápido desarrollo de la ciudad que retomó su vocación de cruce de las vías comerciales de los Balcanes. Parte de la ciudad antigua, de estilo otomano, fue arrasada por Miguel III Obrenović para dejar sitio a nuevas construcciones de estilo europeo. Pese a la lenta industrialización del país emprendida con la inauguración de ferrocarril a Niš, el segundo centro urbano del reino, y una economía de carácter agrario, la ciudad, que contaba en 1900 con 69 100 habitantes, aumentó hasta los 80 000 en 1905, y superó los 100 000 en vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial. Por entonces contaba ya con los edificios e instalaciones típicas de las capitales europeas del momento (universidad, museo nacional, hospital, bibliotecas, palacio real, hoteles, central telefónica, casino, bancos, embajadas, estación de tren, tranvías...), si bien era mucho más pequeña que otras ciudades como Budapest, Viena, Berlín, Londres, París o San Petersburgo, y acababa de ser pavimentada con bloques de madera (1912). La ciudad se podía cruzar de norte a sur o de este a oeste en una hora de paseo.