La batalla de los Campos Cataláunicos (también llamada batalla de Châlons o batalla de Locus Mauriacus) enfrentó en el año 451 a una coalición romana encabezada por el general Flavio Aecio y el rey visigodo Teodorico I contra la alianza de los hunos y sus pueblos vasallos, especialmente los ostrogodos, comandada por Atila. El sitio preciso del enfrentamiento no se conoce con exactitud, pero se estima que estaba ubicado en la margen izquierda del río Marne, cerca de Duro Catalaunum, la actual ciudad de Châlons-en-Champagne, de donde su nombre, vinculado al pueblo galo de los catalaunos.
Esta batalla fue la última operación militar a gran escala del Imperio romano de Occidente y la cumbre de la carrera de Aecio. La importancia histórica del enfrentamiento ha sido debatida; tradicionalmente se consideró que esta batalla fue decisiva y detuvo el avance de los hunos en Occidente, sin embargo, estos ya habían saqueado varios territorios de la Galia y solamente fueron derrotados en su retirada; de hecho más tarde retornaron para atacar Italia; por ello otros autores consideran que el triunfo romano en los Campos Cataláunicos no alteró significativamente el curso de la historia del imperio en Occidente.
La única fuente primaria para la batalla es el historiador romano, de origen gótico, Jordanes, quien escribió más de un siglo después del evento y no siempre es confiable. En particular, sus cifras sobre la fuerza del ejército son completamente exageradas, idealizó el papel de los visigodos y demonizó a Atila; por lo tanto, los historiadores suelen ser críticos con su narración.
Próspero de Aquitania, contemporáneo de la batalla, menciona brevemente la campaña de Atila y el diplomático romano oriental Prisco, quien trató personalmente con el rey huno, proporciona información importante sobre los eventos que condujeron a la batalla, pero su relato nos ha llegado sólo en fragmentos. Otros historiadores del siglo VI, Procopio y Agatías, también aluden a la batalla. Algunas hagiografías como las escritas por Hidacio o Gregorio de Tours, hacen referencia circunstancialmente a la invasión de Atila.
Todas estas referencias corresponden a la interpretación retrospectiva de los vencedores, quienes veían a estos eventos como ataques de los «bárbaros» contra los «romanos», antes que como intervenciones de estos pueblos en los conflictos internos del Imperio.
El imperio de Occidente y la Galia
A mediados del siglo IV, el estado romano, ya dividido en dos, gobernaba sus territorios con desigual autoridad. El imperio de Oriente, aunque amenazado por invasiones en el norte y en conflicto con el los sasánidas en el este, aún controlaba sus provincias por medio de gobernadores. El imperio occidental, sin embargo, había debido aceptar en su interior a contingentes extranjeros, llamados genéricamente «bárbaros», que se establecían con sus familias y bienes, en las provincias más ricas. Nominalmente eran aliados del imperio, con el rango de foederati, pero en la práctica eran independientes; regían a sus tropas como reyes, y administraban la provincia, como legados imperiales. En esta época, las provincias del noroeste de África, con su capital Cartago, estaban en poder de los vándalos, pero el imperio había restaurado su autoridad en Hispania, excepto la zona gobernada por los suevos, y en parte de la Galia.
En esta última provincia, Roma controlaba la costa mediterránea, la antigua Narbonense, la región de Aurelianum, el territorio a lo largo del río Sena, incluidas Lutecia, Soissons y Arrás, la región del río Rin medio y superior hasta Colonia, y el curso del Ródano desde Lugdunum. El resto era controlado por los líderes de diversos pueblos bárbaros asentados en el territorio. La Armórica, nominalmente parte del imperio, se había constituido en una región independiente, donde se asentaban fugitivos provenientes de Britania, la Aquitania era gobernada por los visigodos, el norte de la Galia, al norte de Xanten, así como la Germania Inferior, habían sido abandonados a los francos salios. En el sur, la Sapaudia estaba en poder de los burgundios, mientras que en la región del Loira estaban asentados los alanos, quienes eran los más leales al Imperio, ya que habían colaborado en la derrota del usurpador Jovino (a quien previamente apoyaron) en 411 y en el asedio de Bazas en 414.
En 445, Atila era rey de los hunos, pueblo originario de la estepa euroasiática, quienes ejercían una hegemonía militar en las regiones de la frontera norte del Imperio romano, con contingentes provenientes de diversos pueblos bárbaros sometidos, con los cuales devastaba los territorios del imperio romano de Oriente. Estas incursiones, tuvieron un impacto devastador en los Balcanes y, en 448, el imperio oriental se vio obligado a firmar la llamada «Paz de Anatolio», la mayor victoria de los hunos sobre el imperio, por la cual Teodosio II se vio obligado a comprometerse a un pago de seis mil libras de oro, seguido de entregas anuales de dos mil cien libras de oro; estos pagos de tributos, aunque pudieran parecer una alternativa preferible a los riesgos militares, se asociaron con una pérdida de prestigio. Las relaciones entre romanos y hunos se deterioraron en 449 cuando Atila se enteró de que el emperador de Constantinopla había ordenado su asesinato, si bien, como informa Prisco, embajador romano, el plan fracasó.
Las relaciones entre Atila y el imperio de Occidente, sin embargo, habían sido cordiales, en especial por la mutua inteligencia entre el soberano huno y Aecio, magister militum del emperador Valentiniano III.
Este acuerdo comenzó a romperse hacia 449, cuando Atila acogió en su corte a Eudoxio, uno de los líderes de una de las revueltas conocidas como bagaudas. Más tarde, el rey huno quiso intervenir en la sucesión del rey de los francos ripuarios, (posiblemente Clodión), apoyando a un candidato diferente del propuesto por Aecio. En 450, Atila se propuso dirigirse al imperio occidental y aseguró a los embajadores romanos de Oriente que atacaría a los visigodos de Aquitania como aliado de Valentiniano III. Al respecto, el historiador Jordanes, quien escribió un siglo después, afirma que dicho ataque era parte de un plan urdido por el rey vándalo Genserico, gobernante de África, nominalmento como foederati, quien, al mismo tiempo, provocaría disputas entre los visigodos y el imperio; esta noticia es considerada falsa por los historiadores, los cuales señalan que Jordanes proyecta hechos de su propio tiempo.
La mayoría de las fuentes, en especial el contemporáneo Prisco, relatan que la invasión de Atila estuvo motivada por la intervención de Justa Grata Honoria, la hermana mayor de Valentiniano III, quien pretendía usar al rey huno para alcanzar sus intereses políticos. Honoria, en efecto, había sido forzada por el emperador a permanecer célibe, pero hacia 449 mantuvo relaciones con uno de sus administradores, un tal Eugenio (Juan de Antioquía dice que quedó encinta); ante este hecho, Eugenio fue ejecutado y ella, exiliada (a Constantinopla, según la crónica de Marcelino, información que Bury considera incorrecta), despojada del título de Augusta y comprometida con el rico senador Flavio Basso Herculano. La princesa, ante la perspectiva de esta unión, envió a su eunuco Jacinto como emisario ante Atila para solicitar su auxilio y, como prueba de la legitimidad de la carta, le envió su propio anillo. Este objeto, según algunas versiones del relato, fue considerado por el rey huno como signo de alianza matrimonial y en consecuencia envió embajadores a ambos imperios, exigiendo que se devolviera el título de Augusta a Honoria, a la cual, añadía, tomaría como esposa, algunas fuentes incluso indican que pretendía la Galia como dote. Aunque Teodosio II lo instó a aceptar las demandas del huno, Valentiniano se negó siquiera a considerar la propuesta, torturó e hizo decapitar a Jacinto, y ordenó el regreso a la corte de Honoria, cuya vida perdonó a instancias de su madre, Gala Placidia, pero la mantuvo prisionera en Ravena. Este hecho motivó a Atila a atacar Occidente, para recuperar a su supuesta prometida y restablecer sus derechos. Es indudable que la correspondencia entre Honoria y Atila fue el desencadenante del ataque huno a Occidente, no obstante, la propuesta de matrimonio, no mencionada por Prisco, parece legendaria; al respecto el historiador Ian Hughes sugiere que Honoria utilizó a Atila, como un general a su servicio personal, para recuperar su poder en la corte de Ravena.