La batalla de Cocherel fue una batalla de la Guerra de los Cien Años, librada el 16 de mayo de 1364 entre un ejército anglo-navarro, por un lado y comandado por Juan III de Grailly, captal de Buch, contra un ejército francés, por otro, comandado por Bertrand du Guesclin en las cercanías de Cocherel. El resultado fue una victoria decisiva de las tropas francesas que marcó el punto de inflexión de la política exterior que el Reino de Navarra mantuvo en Francia en la segunda mitad del siglo XIV por la sucesión de la Corona francesa, en el contexto de la guerra de los Cien Años que enfrentaba a Inglaterra y Francia.
Tras la paz en el Tratado de Brétigny (1360) entre Francia e Inglaterra, Carlos II de Navarra necesitaba atender simultáneamente sus fronteras en sus posesiones normandas y navarras. Las primeras eran objeto de interés y deseo del rey Juan II de Francia, su suegro. Ante esta amenaza Carlos II tenía un aliado natural en Inglaterra que, además, también mantenía fronteras con Navarra por los Pirineos. Tampoco podía descuidar la amistad inglesa dadas las buenas relaciones que mantenían con el rey Pedro I de Castilla y que, en un momento dado, podían cerrarle los puertos del mar Cantábrico y cercenar las comunicaciones entre Normandía y Navarra.
Tras Brétigny, Normandía tenía a un hermano de Carlos, Felipe de Navarra, como lugarteniente y decidido partidario de la paz. Carlos, por ello, sintió la pérdida de su hermano Felipe de Navarra, conde de Longueville (29 de agosto de 1363). Pero también la sintieron las gentes de armas por su carisma y talante.
En Navarra llegan las noticias de la pérdida de Mantes y Meulán (7-11 de abril de 1364) ante las tropas de Bertrand du Guesclin, condestable de Francia, y Olivier de Mauny. En Mantes están residiendo en esos momentos la reina viuda Blanca de Évreux, hermana de Carlos II, junto con Juana de Valois, reina de Navarra, y el infante Carlos, heredero del trono navarro. En el asalto y saqueo desaparecieron las joyas y el dinero de Blanca de Évreux, además del «acoso a todos los posibles amigos y partidarios de Carlos» que, aunque buscaron refugio en París, «fueron capturados y ejecutados; otros vieron sus bienes confiscados. Todas las fortalezas sitas entre el Sena y el Somme pasaron a manos del delfín.»
Al día siguiente de la toma de Mantes fallece Juan II de Francia de muerte natural Francia en Londres. Le sucede en firme su hijo el delfín Carlos V, cuñado y enemigo del rey navarro, que, ante los muchos problemas que le había causado en su reino, no dudó en lanzar una gran campaña militar contra las posesiones navarras. El delfín Carlos debía ser coronado el 19 de mayo (festividad de la Santísima Trinidad).
El tratado de Brétigny permitió al sucesor francés en el trono, Carlos V de Francia, dedicarse, ya con el reino en paz, a una amplia tarea de reconstrucción.
Conflicto castellano-aragonés: guerra de los Pedros
El reino peninsular está enfrentado con Pedro IV de Aragón, atendiendo al compromiso dado a Pedro I de Castilla, y otro hermano del rey, el infante Luis, escenifica su captura por los aragoneses. En este contexto tan fatal el monarca navarro solicita al reino una nueva ayuda recibiendo un fuerte subsidio de 16.000 florines de oro en diciembre, y otros 6.000 más mensualmente durante dos años. Y se comprometió ante el reino a «no hacer nuevos pedidos en tres años, y perdonar los pagos pendientes de la "ayuda graciosa" del tiempo pasado.»
Pero este contexto estaría incompleto sin mencionar la cuestión sucesoria en el ducado de Borgoña que también motiva a Carlos II al envío de un contingente «con el objetivo de hacer valer militarmente sus derechos de sucesión» poniendo al mando a Juan de Grailly, captal de Buch. Siguiendo las tradicionales reglas sucesorias, a la muerte de Felipe I de Borgoña (21 de noviembre de 1361), sin sucesión legítima (sin descendientes, sin hermanos ni padres ni tíos) eran los descendientes de la hermana mayor (Margarita de Borgoña) de su abuelo, Odón IV de Borgoña, quien debiera sucederle: Carlos II de Navarra. Pero el rey Juan II de Francia, lejos de aceptarlo, aprovechó que el navarro estaba en su reino para anexionarse el ducado de Borgoña desoyendo las protestas de Carlos II y del papa Urbano V que se prestó a interceder. Agotada la vía diplomática, los navarros se preparon para el envío de tropas, aprovechando también que la Paz de Murviedro (1363) desahogaba la atención militar peninsular.
En Navarra durante los preparativos se reclutaron unos mil hombres y tomó el mando Martín Enríquez de Lacarra, al que acompañaban numerosos ricoshombres y caballeros. Este pequeño ejército, concentrado en Echarri-Aranaz, se dirigió a Fuenterrabía, donde se les añadieron 300 gascones a las órdenes del señor de Gavestón. Tras algunas vicisitudes llegaron a Cherburgo, donde se juntan al resto de tropas navarras allí establecidas, y bajo la dirección de Juan de Grailly marchan sobre Évreux, con la idea de recuperar más tarde Mantes y Meulán.
Du Guesclin no teniendo suficientes fuerza para enfrentarse a ellos, levanta el sitio de Évreux e inicia la retirada, pero en ese momento recibe tropas de refresco y decide dar cara a los navarros.
Teniendo presente la opinión reciente de historiadores, se sigue el relato de los hechos que ya realizara en 1916 el historiador Roland Delachenal.
Juan de Grailly, Captal del Buch y primo segundo del rey don Carlos. El día de Pentecostés, parte desde Evreux. A falta de una semana para la fecha prevista de coronación del nuevo rey francés, busca la ruta de Reims abandonando la plaza fuerte con su pequeño ejército anglo-navarro-normando.
Toma posiciones en las riberas del río Eure, en una colina próxima a Cocherel, localidad dependiente de la castellanía navarra de Pacy. Atravesado por una antigua vía que unía Evreux y Vernon, era un lugar de paso frecuente y concurrido por un viejo puente sobre el Eure.
En la margen derecha del Eure, el terreno asciende con bastante rapidez, dando lugar a una meseta de bajo relieve, que continúa hasta Vernon, en el valle del Sena. A mitad de camino, entre la “Cota de Vernon” y la iglesia de Cocherel, hay un primer nivel, lo que las crónicas llaman “el monte de Cocherel”. El captal estableció allí su pequeña tropa en posición de espera y, dejándola bajo las órdenes de uno de sus lugartenientes, probablemente Jean Jouel, avanzó él mismo hasta Vernon, donde se encontraba el lunes de Pentecostés (13 de mayo). El motivo que le trajo a esta ciudad parece fuera de toda duda. El captal esperaba, mediante una acción personal, que el tratado recientemente concluido entre Carlos V y la reina Blanca, muy embarazoso para los anglo-navarros, fuera infringido en su beneficio. Desde la ocupación de Mantes y de los demás lugares que cayeron en manos de du Guesclin, todos los puntos por los que se hubiera podido realizar el paso del Sena estaban vigilados por cuenta del rey de Francia. Las fortificaciones entre Ruan y París realizaban una estricta vigilancia sobre el propio río. Quedaba el puente Vernon; pero había sido neutralizado, cuando se comprometió la reina Blanca a prohibir el acceso a los hombres de armas de cualquiera de los bandos.
Enguerrand de Eudin, personaje asiduo en las crónicas y en la documentación, deseaba unirse a Bertrand du Guesclin, que remontaba el valle del Eure, mientras él se encontraba en la orilla derecha del Sena. Como no tenía otro recurso que cruzar el río a nado, aguas abajo de Vernon, sobre su caballo, agarrado a su silla. La reina Blanca hizo cerrar las puertas del puente para que nadie pudiera ayudar a Bertrand. A riesgo de su vida, Enguerrand tuvo la alegría de estar también en la “jornada” que se avecinaba.
Para el martes, 14 de mayo, el captal había reunido sus tropas y las distribuyó en tres cuerpos de cuatrocientos hombres tomando posiciones defensivas. Para el jueves, 16 de mayo, el pequeño ejército comandado por Du Guesclin se había presentado enfrente formado por elementos muy diversos. Al llegar más tarde observa a los navarros en mejor posición, en altura, con la ventaja del terreno ganada y tratar de desalojarlos le habría conducido al desastre. Un líder prudente y sabio como Bertrand no podía olvidar la cruel lección de Poitiers (1356), ni la más reciente y humillante lección de Brignais (1362).