Tal Día como Hoy

Batalla de Alarcos

Batalla de la Reconquista en 1195

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La batalla de Alarcos (en árabe: معركة الأرك ma'rakat al-Arak) es una batalla que se libró junto al castillo de Alarcos (en árabe: al-Arak الأرك), situado en lo alto de un cerro junto al río Guadiana, cerca de la actual ciudad española de Ciudad Real, el 19 de julio de 1195, entre las tropas cristianas de Alfonso VIII de Castilla y las almohades de Abū Ya'qūb Yūsuf al-Mansūr (Yusuf II). La batalla se saldó con la derrota de las tropas cristianas, lo cual desestabilizó al Reino de Castilla y frenó el avance de la reconquista unos años, hasta que tuvo lugar la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212.​

En 1177 el monarca castellano Alfonso VIII había conquistado la alta ciudad de Cuenca con ayuda de Aragón. Inquieto, el califa Abū Yūsuf Ya'qūb al-Mansūr pactó en 1190 una tregua o periodo de paz para frenar el avance castellano sobre al-Ándalus. Cuando expiraba el trato, recibió noticias de que habían surgido revueltas en sus posesiones del norte de África y marchó allende el mar a pacificarlas. Alfonso VIII, ante la expectativa del final de la tregua, había empezado a fortificar en un cerro sobre el río Guadiana el estratégico lugar de Alarcos, situado en tierra de nadie, un baluarte sobre un collado habitado ya en época ibera. Sin embargo, aún no tenía concluida la muralla ni asentados todos sus nuevos vecinos; pues la humedad del río al abrigo de los cerros provocaba tercianas y el lugar estaba muy lejano de otros, sometido al albur de conflictos entre moros y cristianos.

En el verano de 1194, un año antes de la batalla de Alarcos, Alfonso permitió una expedición o cabalgada cuyo paladín o caudillo era el belicoso arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga. Este penetró en las coras de Jaén y Córdoba, y estragó y saqueó las cercanías de la mismísima capital almohade (Sevilla), llevándose no solo todo el tesoro que su hueste pudo acarrear, sino el ganado bovino, ovino y equino. Este ataque lo detalla el anónimo autor de la Crónica latina de los reyes de Castilla, que insiste en la gran devastación que dejó en el territorio musulmán: «Vastavit magnam partem terre Maurorum cismarine, spolians eam multis diviciis et infinita multitudine vacarum, peccorum et iumentorum».

El desafío de la fuerza castellana enfureció sobremanera a Ya'qub, quien resolvió mandar todas sus fuerzas disponibles contra Castilla y atravesar el mar (mare transivit) para contener y escarmentar al monarca infiel. El historiador Vicente Silió (1892-1972) narra cuál fue el pretexto oficial para la invasión:​

El 1 de junio de 1195 desembarcó sus tropas en la línea de costa entre Alcazarseguir y Tarifa con su ejército.​ El emir almohade llegó hasta la saqueada Sevilla, donde no le costó demasiado reunir un ejército de treinta mil hombres, entre caballería y peones, un contingente muy diverso formado por todo tipo de mercenarios, tropas regulares, arqueros etc., muchos de ellos sevillanos motivados por los males que les había acarreado el saqueo del codicioso arzobispo de Toledo. Alcanzó Córdoba el 30 de junio. Allí se le unieron las mesnadas de Pedro Fernández de Castro "el Castellano", señor de la Casa de Castro y del Infantado de León, quien había roto sus vínculos de vasallaje con su primo el rey Alfonso VIII y por tanto estaba jurídicamente en desnaturatio o desnaturado, eximido por tanto de servirlo como su señor.​​ Pedro Fernández de Castro era hijo de Fernando Rodríguez de Castro el Castellano, señor de Trujillo, que, al igual que su hijo hacía ahora, había combatido en el pasado como mercenario junto a los almohades.

El 4 de julio Abū Yūsuf partió de Córdoba cruzando Despeñaperros y avanzando sobre la explanada de un amplio y estratégico valle donde se alzaba el castillo de Salvatierra, enfrente y a los pies de la alta fortaleza de Calatrava la Nueva. Allí se aposentaban las huestes de la Orden de Santiago, con su tercer maestre don Sancho Fernández de Lemos a la cabeza; y las de la naciente Orden de San Julián del Pereiro, filial de la de Calatrava, que luego habría de denominarse definitivamente Orden de Alcántara.​ Un destacamento de la Orden de Calatrava, junto con algunos caballeros de fortalezas cercanas que intentaban observar y evaluar las fuerzas almohades, se toparon con ellas en proporción tan dispar y con tan mala fortuna que casi fueron aniquilados por completo. Alfonso VIII se alarmó tras estos hechos y se apresuró a reunir todas las tropas posibles en Toledo y a marchar hacia Alarcos, creyendo quizá que el lugar estaba más seguro y fortificado. Además el monarca castellano consiguió comprometer la ayuda de los reyes de León, Navarra y Aragón, puesto que el pujante poderío almohade amenazaba a todos por igual.

Pero esta fortaleza, en lo alto de la población que la rodeaba, estaba aún en construcción; sus murallas de tres metros de ancho aún no estaban cerradas ni alzadas suficientemente, y el lugar, poco poblado, constituía el extremo de las posesiones de Castilla formando frontera y tierra de nadie con al-Ándalus. El principio estratégico era, eso sí, apremiante: impedir el acceso al fértil valle del Tajo, con lo que, por darse prisa en presentar batalla, no esperó siquiera los refuerzos de Alfonso IX de León ni los de Sancho VII de Navarra, que estaban en camino. El 16 de julio el gran ejército almohade fue de nuevo avistado, y era tan numeroso que no llegaron a hacerse siquiera una idea de cuántos hombres lo formaban. Cuenta el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada en su De rebus Hispaniae que:

Aun así, impaciente Alfonso VIII, decidió presentar batalla sin prudencia al día siguiente de llegar finalmente las tropas a los alrededores de Alarcos (el 17 de julio). Tal vez por confiar en la fuerza del catafracto o caballería pesada castellana, no decidió retirarse a Talavera, donde ya habían llegado las tropas leonesas, tan solo a unos pocos días de distancia. Sin embargo, Abū Yūsuf no aceptó todavía enfrentarse en ese día (18 de julio), y prefirió con buen juicio esperar al resto de sus fuerzas. Al día siguiente, la madrugada del 19 de julio, el ejército almohade ya formó completo alrededor del cerro de "La cabeza", a cuyos pies discurría el Guadiana, y a dos tiros de flecha de Alarcos, según citan las fuentes árabes.[cita requerida]

Probablemente el obispo Juan de Soria describió la batalla en la anónima Crónica latina de los reyes de Castilla / Chronica latina regum Castellae.​ Igualmente el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada.​ También los historiadores musulmanes dieron su testimonio, en especial el granadino Ibn Abdel Halim, compilador del Rawd al-Qirtas, que apenas difiere y fue extractado por el arabista decimonónico José Antonio Conde:

Los cristianos disponían de dos regimientos de caballería: en primera línea o haz estaba la caballería pesada (de unos 10 000 hombres) al mando de don Diego López de Haro y sus tropas, seguida después de la segunda línea o haz, donde se encontraba el propio Alfonso VIII con su caballería e infantería.[cita requerida]

Por parte de las tropas almohades, en vanguardia se hallaba la milicia de voluntarios benimerines, alárabes, algazaces y ballesteros, que eran unidades básicas y muy maniobrables. Inmediatamente tras ellos estaban Abu Yahya ibn Abi Hafs (Abu Yahya) y los Henteta, la tropa de élite almohade. En los flancos, su caballería ligera de caballos y dromedarios equipada con arcos y en la retaguardia el propio Al-Mansur con su guardia personal.[cita requerida]

Ya'qub siguió los consejos del experimentado qā'id andalusí Abū 'abd Allāh ibn Sanadí, y dividió su numeroso ejército dejando que el ğund andaluz (soldados de las provincias militarizadas) y los cuerpos de voluntarios del ğihād sufrieran la embestida del ejército cristiano para que más adelante, aprovechando la superioridad numérica del ejército almohade y el agotamiento del ejército cristiano, pudiera cercarlos y atacar con las tropas de refr/esco que mantenía en reserva, la guardia negra y los almohades.​

El califa le dio a su visir, Abu Yahya Ibn Abi Hafs, el mando de la vanguardia en la primera línea de los voluntarios benimerines. A Abu Jalil Mahyu ibn Abi Bakr, un gran cuerpo de arqueros y las cabilas zenetas; detrás de ellos, en la colina antes mencionada, Abu Yahya, con el estandarte del califa y su guardia personal, de las cabilas hentetas; a la izquierda, los árabes a las órdenes de Yarmun ibn Riyah, y a la derecha, las fuerzas de al-Ándalus, mandadas por el popular qā'id ibn Sanadid. El propio califa llevaba el mando de la retaguardia, que comprendía las mejores fuerzas almohades (las comandadas por Yabir Ibn Yusuf, Abdel Qawi, Tayliyun, Mohammed ibn Munqafad y Abu Jazir Yajluf al Awrabi) y la guardia negra de los esclavos. Se trataba de un formidable ejército, cuyos efectivos el rey Alfonso VIII había subestimado gravemente.[cita requerida]

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