Bartolomé Herrera Vélez (Lima, 24 de agosto de 1808 - Arequipa, 10 de agosto de 1864) fue un sacerdote, filósofo y político peruano. Pensador de tendencia ultramontana y antiliberal, es el máximo representante del conservadurismo peruano del siglo XIX. Fue director de la Biblioteca Nacional del Perú (1839); rector del Colegio de San Carlos (1842-1852); diputado por Lima (1849-1851); presidente de la Cámara de Diputados (1849-1851); ministro de Justicia e Instrucción Pública (1851-1852); ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores (1851-1852); diputado por Jauja (1858-1860); presidente del Congreso Constituyente de 1860; y obispo de Arequipa (1861-1864). Su pensamiento lo plasmó en diversos escritos y discursos, siendo los más célebres su oración fúnebre en memoria del presidente Agustín Gamarra (1842) y su sermón de acción de gracias por el aniversario de la Independencia (1846).
Nació en Lima en 1808, siendo el segundo hijo del comerciante José Manuel Herrera y de Paula Vélez Rodríguez. Era de tez blanca, ojos azules y cabellos rubios. Huérfano desde los cinco años, quedó al cuidado de su tío materno, Luis Vélez, que era cura de la iglesia de Santa Ana.
Luego de cursar en dos colegios preparatorios Latinidad y demás asignaturas menores, en febrero de 1823 ingresó al Real Convictorio de San Carlos para cursar su instrucción media (que por entonces de llamaba curso de Artes), como alumno externo. Tenía por entonces quince años. Tuvo por maestros a Manuel Julio Rospigliosi y a Agustín Guillermo Charún.
El rector del colegio, Manuel José Pedemonte, al comprobar sus actitudes, le dio su protección. Un día, este notó su ausencia del claustro, enterándose de que, a consecuencia de la muerte de su tío, el joven Herrera se había visto obligado a buscar trabajo para subsistir. Pedemonte entonces le asignó una pensión y le hizo reingresar a San Carlos, esta vez como alumno interno. Prosiguió entonces sus estudios de Filosofía, Matemáticas y Física, y se graduó de maestro en Artes. Se propuso entonces seguir estudios de Jurisprudencia, pero el rector Pedemonte le convenció de que antes siguiera Teología. Se graduó de doctor de dicha materia en 1828.
Era todavía alumno, cuando en 1827 se le confió el dictado de las cátedras de Filosofía y Matemáticas. También empezó sus estudios de Jurisprudencia en la Universidad de San Marcos.
A instancias de su maestro Pedemonte, desistió de contraer matrimonio y abrazó la carrera religiosa. Se le dispensó el defecto de la edad y fue sucesivamente ordenado subdiácono y diácono, en 1829. Enseguida, se trasladó a Huánuco, donde fue vicerrector y profesor de Matemáticas en el Colegio de Minería de dicha ciudad.
Regresó a Lima en 1831 y fue nombrado regente de Teología y Artes del Convictorio de San Carlos, cuyo rector era por entonces el canónigo Juan Manuel Nocheto. Al año siguiente recibió las órdenes mayores, de manos del obispo del Cuzco José Calixto de Orihuela, en Lima. Prosiguió sus estudios de Jurisprudencia, doctorándose en Derecho en 1834, lo que le permitió ser nombrado vicerrector del convictorio carolino.
Se presentó a un concurso de curatos y el 2 de julio de 1834 obtuvo su nombramiento como cura de la pequeña doctrina de Cajacay, actualmente situada en la provincia de Bolognesi (Áncash), pero que entonces formaba parte de la provincia de Cajatambo. Allí se inició su repudio al jansenismo y otras doctrinas que consideró subversivas. En calidad de secretario, ayudó al arzobispo Jorge de Benavente y Macoaga durante su visita pastoral a la arquidiócesis.
Simultáneamente, integró la comisión que, a nombre del arzobispado de Lima, se encargó de revisar el Código Civil recientemente promulgado por el gobierno de la Confederación Perú-Boliviana. Esta labor, pero sobre todo el hecho de haber enfermado de verrugas, lo motivó en 1837 a dejar el curato a un coadjutor.
En 1839, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. El 31 de octubre de 1840 logró otra vez, por concurso, su nombramiento como párroco, esta vez de Lurín.
El 4 de enero de 1842, con motivo de las exequias del presidente Agustín Gamarra, pronunció una célebre oración fúnebre, en donde hizo un llamado a sus conciudadanos al orden, a la unión, a la obediencia a la autoridad legítima y la adoración a la ley, en momentos en que la anarquía y la guerra civil amenazaba con adueñarse de la nación.
Rector del Colegio de San Carlos
En octubre de 1842, durante el efímero gobierno del general Francisco de Vidal, fue nombrado rector del Colegio de San Carlos (el antiguo Convictorio). El origen de esta designación sucedió cuando Vidal acampó en Lurín durante su campaña por la toma del poder en Lima. Herrera, que era cura de dicha localidad, lo había agasajado y dado consejos para su gobierno. Vidal le prometió entonces llamarle una vez que llegase al poder y así fue como cumplió.
En el Colegio de San Carlos, Herrera realizó una radical reforma educativa, que abarcaba los estudios mismos, la disciplina y la organización. Fundó los cursos de Literatura y Economía Política, que enseñó personalmente, organizó los programas de Filosofía, Derecho Natural, Constitucional e Internacional, y abrió los cursos de idiomas francés e inglés. Asistió además al inventario de libros de la biblioteca de dicho colegio, efectuado durante la visita del doctor Manuel Ascencio Cuadros.
Herrera convirtió a San Carlos en un centro de irradiación de las ideas conservadoras, enfrentando así al Colegio Nuestra Señora de Guadalupe, que era el bastión del liberalismo, cuyos conspicuos representantes eran los hermanos Pedro y José Gálvez Egúsquiza. Este debate doctrinario fue llevado al parlamento al ser nombrado Herrera diputado por Lima y Pedro Gálvez, diputado por Pataz, en 1849, durante el primer gobierno de Ramón Castilla.
El 28 de julio de 1846 Herrera pronunció su famoso Sermón por acción de gracias por el aniversario de la Independencia, en el que hizo una interpretación providencialista de la historia del Perú, glorificando la obra evangelizadora española y señalando los principios falsos, impíos y antisociales traídos, según él, por la Emancipación, al inspirarse en el ideario de la Revolución francesa, contra la que ya había surgido una reacción en la misma Europa (la Restauración). Contrariando a los liberales, exaltaba la soberanía de la inteligencia (la inteligente obediencia al plan trazado por la autoridad legítima) sobre la soberanía popular. Este discurso originó su polémica con Benito Laso, a través de las páginas de los diarios limeños El Correo Peruano y El Comercio. Laso, oponiéndose al planteamiento de Herrera, enfatizaba el carácter democrático de la soberanía popular.
En 1846 fue incorporado al Cabildo Metropolitano, en calidad de canónigo. También, durante esos años, formó parte de la comisión revisora de los libros que ingresaban a la Biblioteca Nacional, dirigida en ese entonces por Francisco de Paula González Vigil, y fue catedrático de Prima de Teología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En ese periodo introdujo los manuales de krausismo alemán, traducidos del francés por él mismo.
Su carrera política se inició con la ya nombrada elección como diputado por Lima, en 1849. Llegó a ejercer la presidencia de su cámara. Durante su periodo, fueron notables sus discursos sobre el derecho de sufragio y la elección de obispos. Cuando Castilla, ya por finalizar su primer gobierno, quiso prorrogarse en el poder unos meses, Herrera le salió al paso, y le demostró que debía traspasar el poder el mismo día en que se vencía su periodo constitucional de seis años.