Tal Día como Hoy

Baltasar Gracián

Escritor y filósofo jesuita aragonés

Anúncio

Baltasar Gracián y Morales (Belmonte de Gracián, 8 de enero de 1601-Tarazona, 6 de diciembre de 1658) fue un sacerdote jesuita y escritor español del Siglo de Oro, que cultivó la prosa didáctica y filosófica. Entre sus obras destaca El Criticón —alegoría de la vida humana—, que constituye una de las novelas más importantes de la literatura española, comparable por su calidad al Quijote o La Celestina.​​

Su producción se adscribe a la corriente literaria del conceptismo. Forjó un estilo construido a partir de sentencias breves y muy personales, denso, concentrado y polisémico, en el que domina el juego de palabras y las asociaciones ingeniosas entre estas y las ideas. El resultado es un lenguaje lacónico, lleno de aforismos y capaz de expresar una gran riqueza de significados.

El pensamiento de Gracián es pesimista, como corresponde al periodo barroco. El mundo es un espacio hostil y engañoso, donde prevalecen las apariencias frente a la virtud y la verdad. El hombre es un ser débil, interesado y malicioso. Buena parte de sus obras se ocupan de dotar al lector de habilidades y recursos que le permitan desenvolverse entre las trampas de la vida. Para ello debe saber hacerse valer, ser prudente y aprovecharse de la sabiduría basada en la experiencia; incluso disimular, y comportarse según la ocasión.

Todo ello le ha valido a Gracián ser considerado un precursor del existencialismo y de la postmodernidad. Influyó en librepensadores franceses como La Rochefoucauld y más tarde en la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche. Sin embargo, su pensamiento vital es inseparable de la conciencia de una España en decadencia, como se advierte en su máxima «floreció en el siglo de oro la llaneza, en este de yerro la malicia».​

Nacido en Belmonte de Gracián, muy cerca de Calatayud, en 1601, las noticias sobre su infancia son muy escasas. Hijo de Francisco Gracián Garcés natural de Sabiñán, la casa solar de la familia Gracián​ todavía se conserva en esta localidad zaragozana.​ Se sabe que su padre fue contratado por el concejo de Ateca para ejercer como médico en 1604, por lo que toda su familia tuvo que desplazarse hasta esa localidad. Todo indica que estudió letras desde los diez o doce años en Calatayud, quizá en el colegio de jesuitas de esta localidad. Hacia 1617 debió residir uno o dos años en Toledo con su tío Antonio Gracián, capellán de San Juan de los Reyes, donde aprendería lógica y profundizaría en el latín.

En 1619 ingresó en el noviciado de la provincia jesuítica de Aragón, situado en Tarragona, en el que se le dispensó de los dos años preceptivos de estudio de humanidades debido a su excelente formación anterior. En 1621 volvió a Calatayud, donde cursó dos años de Filosofía. De esta etapa data su aprecio por la ética, que influyó en toda su producción literaria. Otros cuatro cursos de Teología en la Universidad de Zaragoza completaron su formación religiosa.

Ordenado sacerdote en 1627, comenzó a impartir Humanidades en el Colegio de Calatayud. Parece ser que fue un periodo grato, pero pocos años más tarde tuvo graves enfrentamientos con los jesuitas de Valencia, adonde fue trasladado en 1630. De allí pasó a Lérida en 1631 para encargarse de las clases de Teología Moral. En 1633 viajó a Gandía para enseñar Filosofía en el colegio jesuita de la villa y se renovaron las enemistades con sus antiguos correligionarios valencianos.

En el verano de 1636 volvió a tierras aragonesas, a Huesca, como confesor y predicador. Esta ciudad tuvo una importancia capital en la vida del jesuita, puesto que con el apoyo del erudito mecenas Vincencio Juan de Lastanosa pudo publicar su primer libro: El Héroe (1637).

Lastanosa reunía en su casa-museo un importante cenáculo literario y artístico. El palacio del prócer oscense, que fue visitado por Felipe IV, era conocido por sus exquisitos jardines, por una estupenda armería, por la colección de medallas y por una magnífica biblioteca de cerca de siete mil volúmenes, una cantidad extraordinaria en esa época. En este propicio ambiente, Gracián traba contacto con la intelectualidad cultural aragonesa, entre la que se cuenta el poeta Manuel de Salinas o el historiador Juan Francisco Andrés de Uztarroz.

En 1639 llegó a Zaragoza, nombrado confesor del virrey de Aragón Francisco María Carafa, duque de Nochera, con quien viaja a Madrid, donde predicó. No obstante, su estadía en la Corte fue desalentadora, pues, aunque aspiró a medrar entre la república literaria de la capital, sus ambiciones se saldaron con un franco desengaño. Con todo, publicó allí su segunda obra, El Político (1640) y ultimó la primera versión de su tratado teórico sobre estética literaria barroca, titulado Arte de ingenio, tratado de la agudeza (1642).

De 1642 a 1644 ejerció el cargo de vicerrector del Colegio de Tarragona, donde auxilió espiritualmente a los soldados que tomarían Lérida en la Sublevación de Cataluña (1640). De resultas de esta campaña, cayó enfermo, y fue enviado a Valencia para reponerse. Al calor de la magnífica biblioteca del hospital, preparó una nueva obra, El Discreto (1646), que verá la luz en Huesca. De nuevo en su refugio oscense, impartió clases de Teología Moral hasta 1650. Es en esta época cuando más activamente pudo dedicarse a la literatura. Aparecieron entonces el Oráculo manual y arte de prudencia (1647) y la segunda versión del tratado sobre el ingenio y el concepto Agudeza y arte de ingenio (1648).

Fue destinado a Zaragoza el verano de 1650 con el cargo de Maestro de Escritura, y al año siguiente publica la primera parte de su obra cumbre: El Criticón. A excepción de El Comulgatorio, Gracián publicó toda su obra sin el preceptivo permiso de la Compañía, lo que provocó protestas formales que fueron elevadas a las instancias rectoras de los jesuitas. Tales quejas no le disuadieron al punto de que apareciera en Huesca la segunda parte de esta obra. Algunos jesuitas valencianos, a consecuencia de viejas enemistades, interpretaron uno de sus pasajes como una ofensa a sus personas, lo que le granjeó nuevos ataques ante los superiores de la Compañía que apuntaban al contenido escasamente doctrinal de sus obras, impropias de un jesuita profeso, ya que, ocupándose todas ellas de la Filosofía Moral, esta se aborda desde una óptica profana. Quizá para contribuir a su descargo publicó, por primera vez con su auténtico nombre, El Comulgatorio (1655), un libro acerca de la preparación para la Eucaristía.

Pero la aparición en 1657 de la tercera parte de El Criticón determinó su caída en desgracia. El nuevo provincial de Aragón, el catalán Jacinto Piquer, recriminó públicamente a Gracián en el refectorio, le impuso como penitencia ayuno a pan y agua —prohibiéndole incluso disponer de tinta, pluma y papel—, y le privó de su cátedra de Escritura del Colegio Jesuita de Zaragoza. A comienzos de 1658 Gracián es enviado a Graus, un pueblo del prepirineo oscense.

Al poco tiempo, Gracián escribió al General de la Compañía para solicitar el ingreso en otra orden religiosa. Su demanda no fue atendida, pero se le atenuó la pena: en abril de 1658 ya fue enviado a desempeñar varios cargos menores al Colegio de Tarazona, hoy Hogar Doz. Los últimos contratiempos debieron acelerar su decadencia física, pues en junio no pudo asistir a la congregación provincial de Calatayud, falleciendo, poco más tarde, en Tarazona, el 6 de diciembre de 1658.​ Probablemente fue enterrado en la fosa común del colegio.

En Gracián todo lo absorbe la vida de la inteligencia, por lo cual lo afectivo queda prácticamente anulado: de ahí el tono duro y la falta de calor humano de que adolecen frecuentemente sus obras. Su concepto del hombre (el peor de los seres de la creación) y de la vida (perpetuo engaño y lucha constante) es negativo y puramente barroco: un desengaño.​ Todas las cosas tienen un doble valor de engañosa apariencia y de oculta realidad. Y se ajusta a reflejar la decadencia del Imperio español.​

Su moral es una moral práctica, de combate y orientada al triunfo: hay que actuar sin descanso poniendo en tensión voluntad e inteligencia. La prudencia, y al mismo tiempo la desconfianza y el recelo son condiciones ineludibles para ello.​ Se expresa en las trescientas máximas incluidas en el Oráculo manual y arte de prudencia (1647). Ya que la vida es lucha, nos apresta al combate proponiendo la defensa como ocultación y el ataque como descubrimiento del alma ajena; también una retirada a tiempo vale más que una brillante victoria.​

Anúncio

Próximamente en la app World in Stories

Audio, descarga offline, sin anuncios y mucho más.

Conocer Premium
Baltasar Gracián | World in Stories