Las aves marinas son un tipo de aves adaptadas para la vida en hábitats marinos. Si bien son muy distintas entre sí en cuanto a su estilo de vida, comportamiento y fisiología, suelen manifestar casos de evolución convergente, dado que desarrollaron adaptaciones similares ante problemas idénticos, relacionados con el ambiente y los nichos de alimentación. Las primeras aves marinas evolucionaron en el período Cretácico, aunque las familias modernas surgieron en el Paleógeno.
Por lo general, las aves marinas viven mucho tiempo, se reproducen más tarde y en sus poblaciones hay menos individuos jóvenes, a los que los adultos dedican mucho tiempo. Numerosas especies anidan en colonias, que pueden variar de tamaño entre una docena de aves y millones. Otras son conocidas por realizar largas migraciones anuales, que las llevan a cruzar el ecuador o en muchos casos rodear la Tierra. Pueden alimentarse en la superficie del océano o en sus profundidades, e incluso entre sí. Algunas son pelágicas o costeras, mientras que otras pasan parte del año alejadas completamente del mar.
La morfología de las aves marinas depende de muchos factores. Por ejemplo, la simetría del cuerpo de las aves se determina por el tipo y las funciones de su vuelo, que se agrupan en las categorías de caza, desplazamiento a lugares de anidación o reproducción y migración. Un ave marina tiene, en promedio, una masa corporal de alrededor de 700 g, una envergadura de 1,09 m y un área total de alas de 0,103 m². Sin embargo, estas variables dependen del mecanismo de vuelo y de la etiología de la especie.
Las aves marinas poseen una larga historia de convivencia con el hombre: han proporcionado comida para los cazadores, han orientado a los pescadores hacia los bancos de pesca y han guiado a los marineros a las costas. Debido a que varias especies están amenazadas por actividades humanas, los movimientos a favor de la conservación ambiental las han tenido en cuenta.
No existe una definición única que determine cuáles grupos, familias y especies son aves marinas y la mayoría son, de alguna manera, arbitrarias. La denominación «ave marina» no tiene ningún valor taxonómico; es solo una agrupación en cierto modo artificial que no es usada por los científicos en la clasificación. Se puede considerar que se trata de un sistema de clasificación taxonómica popular puesto que engloba diversos grupos taxonómicos pero excluye algunas especies. En palabras de dos científicas especialistas, E. A. Schreiber y J. Burger: «La única característica común de todas las aves marinas es que se alimentan en el agua de mar, pero, al igual que sucede con la mayoría de las afirmaciones en Biología, algunas no lo hacen».
De forma convencional, se clasifican como aves marinas todos los esfenisciformes y procelariformes, junto con todos los pelecaniformes excepto los aníngidos y algunos caradriformes —los estercoráridos, láridos, estéridos, álcidos y rincópidos—. Se suele incluir también a los falaropos, dado que aunque sean aves limícolas, dos de sus tres especies son oceánicas durante nueve meses al año, en los que cruzan el ecuador y se alimentan en el mar abierto. Los gaviformes y podicipediformes, que anidan en los lagos pero pasan el invierno en el mar, se categorizan como aves acuáticas. A pesar de que existen algunos merginos dentro de la familia Anatidae que son verdaderamente marinos en invierno, se los excluye por convención de este grupo. Muchas aves limícolas y ardeidas pueden ser consideradas marinas, dado que habitan en la costa, pero no se las clasifica de esta manera.
Las aves marinas, debido a que pasan su vida en medios sedimentarios, es decir, ambientes en los que existe una sedimentación casi permanente, están bien representadas en el registro fósil. Se sabe que surgieron en el período Cretácico. Por ejemplo, de este período datan los Hesperornithiformes, un grupo de aves no voladoras parecidas a los somorgujos, que podían bucear en forma similar a estos y a los colimbos —utilizando sus patas para desplazarse debajo del agua—, si bien esta familia poseía un pico con dientes afilados.
Pese a que Hesperornis no parece haber dejado descendientes, las primeras aves marinas modernas también surgieron en el Cretácico, con una especie denominada Tytthostonyx glauconiticus, aparentemente relacionada con los procelariformes o con los pelecaniformes. En el Paleógeno, los océanos estaban dominados por los primeros proceláridos, pingüinos gigantes y dos familias extintas, Pelagornithidae y Plotopteridae, un grupo de aves de gran tamaño y similares a los pingüinos. Los géneros modernos comenzaron su gran expansión en el Mioceno, aunque Puffinus, que incluye a las actuales pardela pichoneta y pardela sombría, data del Oligoceno. La mayor diversidad de aves marinas parece que se dio en el Mioceno tardío y el Plioceno. Al final de este último, la cadena trófica oceánica se trastornó debido a la extinción de una considerable cantidad de especies; la expansión del número de mamíferos en el mar impidió que las aves marinas recuperaran su antigua diversidad.
Adaptaciones para la vida marítima
Las aves marinas poseen numerosas adaptaciones para vivir y alimentarse en el mar. La morfología de sus alas se debe al nicho en el que evolucionaron, de forma tal que, al mirarlas, un científico puede conocer datos sobre su comportamiento y alimentación. Alas largas y una carga alar baja son típicas de las especies pelágicas, mientras que las buceadoras presentan alas más cortas. Especies como el albatros viajero, que busca su alimento en la superficie del océano, tienen una capacidad reducida de vuelo propulsado y dependen de un tipo de planeo llamado «dinámico» —en el que el viento desviado por las olas hace que el ave se eleve— así como del planeo de ascenso o descenso. Algunos petreles, álcidos y pingüinos presentan alas apropiadas para moverse debajo del agua y en algunos casos, como el de estos últimos, no están preparadas para el vuelo. Estas aves pueden bucear hasta 250 m y son capaces de almacenar oxígeno, ya sea en sacos de aire o a través de la mioglobina que poseen sus músculos. Los pingüinos tienen un mayor volumen sanguíneo, lo que les permite almacenar más oxígeno. A la hora de bucear, también pueden disminuir su frecuencia cardíaca y llevar sangre solo a los órganos vitales. Casi todas las aves marinas tienen patas palmeadas, lo cual les permite moverse fácilmente en la superficie y, en el caso de algunas especies, bucear. Los procelariformes poseen un sentido del olfato inusualmente fuerte para un ave, que utilizan para encontrar su alimento en grandes superficies del océano, y posiblemente, para localizar sus colonias.
Las glándulas supraorbitales ayudan a que las aves marinas puedan osmorregularse y eliminar la sal que ingieren al beber y al alimentarse, particularmente de crustáceos. Las excreciones de esas glándulas —que se localizan en la cabeza— emergen de la cavidad nasal y son casi puramente cloruro de sodio, aunque también presentan pequeñas cantidades de potasio y bicarbonato, junto con una mínima porción de urea. Están bajo control del nervio parasimpático y pueden ser detenidas con anestesia y drogas tales como los inhibidores del dióxido de carbono. Son una adaptación fundamental debido a que los riñones de estas aves no podrían eliminar concentraciones tan elevadas de esta sustancia; si bien todas las aves presentan una glándula nasal, esta no está tan desarrollada como la de los cormoranes o los pingüinos. De hecho, las aves marinas tienen glándulas supraorbitales de diez a cien veces más grande que las de las terrestres, dado que esto depende de la cantidad de sal a la que están expuestas. La regulación hiposmótica, es decir, el mecanismo de conservación de los organismos que viven en condiciones de extrema salinidad, se da también a través de la «reducción de flujos disparativos», como la orina, que se reduce para evitar que se pierda el agua.
A excepción de los cormoranes y algunos estérnidos, y de forma similar a la mayoría de las aves, todas las aves marinas poseen un plumaje resistente al agua. Sin embargo, en comparación con las especies de tierra, poseen más plumas para proteger su cuerpo. Este plumaje denso hace que el ave no se moje; el frío es evitado con una capa espesa de plumón. Los cormoranes presentan una capa de plumas única que deja pasar menos aire y que, como consecuencia, hace que absorban agua. Esto les permite nadar sin luchar contra la flotabilidad que causa retener aire entre las plumas, pero también retienen la cantidad suficiente de este como para evitar que pierdan demasiado calor en contacto con el agua.