Antonio María Claret y Clará (Sallent de Llobregat, 23 de diciembre de 1807-Abadía de Fontfroide, 24 de octubre de 1870) fue un religioso español, misionero apostólico en Cataluña y Canarias (1840-1850), arzobispo de Santiago de Cuba (1850-1859) y confesor de la reina Isabel II de España (1857-1869); además de fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (1849) y de la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas (1855). Fue presidente del Monasterio de El Escorial (1859-1868), donde fundó una comunidad de eclesiásticos, un seminario y un colegio de segunda enseñanza. En 1860 fue preconizado arzobispo titular de Trajanópolis. Participó del Concilio Vaticano I (1869-1870). Murió en el exilio en la abadía cisterciense de Fontfroide (Francia). Fue beatificado en 1934 y canonizado en 1950.
Nació en el número 4 de la calle del Cos de la localidad barcelonesa de Sallent de Llobregat el 23 de diciembre de 1807. Sus padres fueron Juan Claret Xambó y Josefa Clará Rodoreda. Fue bautizado en Navidad en la parroquia de Santa María de Sallent con el nombre de Antonio Adjutorio Juan. Fue el quinto de once hermanos, de los que solo cinco llegaron a edad adulta. Sus familia era muy religiosa. Su padre tenía unos talleres textiles donde trabajaban la familia y algunos obreros.
Durante la Guerra de la Independencia, entre 1808 y 1814, los soldados napoleónicos frecuentaron la villa y sus alrededores. En las cercanías, los franceses incendiaron en dos ocasiones Manresa y una Calders. Sallent envió al combate a un grupo de somatenes capitaneados por el anciano párroco Antoni Toll, y tras su muerte, por el coadjutor que había bautizado a Antonio, Raimón Mas.
El 11 de junio de 1814 la familia se trasladó al número 1 de la calle Grande. Por aquel entonces la empresa familiar prosperó y se engrandeció. El 12 de diciembre de ese mismo año recibió la confirmación.
Antonio tuvo como primer maestro a Antonio Pascual, bachiller por Cervera, que era también hombre religioso. Este le enseñó el catecismo. Tras esto, dieron el «Compendio histórico de la religión desde la creación del mundo hasta el estado presente de la Iglesia». El niño aprendió él solo a rezar el rosario con un librito que encontró. Posteriormente, leyó los libros «El Bon Día y la Bona Nit» y «Finezas de Jesús Sacramentado para con los hombres e ingratitudes de los hombres para con Jesús Sacramentado», este último escrito por el carmelita portugués Juan José de Santa Teresa.
Hizo la primera comunión en 1817. Desde entonces comulgaba con toda la frecuencia que le era posible. Su fervor religioso se intensificó entre 1819 y 1820.
Siendo niño deseó ser sacerdote. Con este fin, en 1817 sus padres le pusieron a estudiar latín con Joan Riera en una preceptoría de latinidad que existía en Sallent. Riera murió en 1818, cuando Antonio solamente había aprendido las primeras declinaciones y conjugaciones. Su padre, al no ver otra posibilidad para su hijo, se lo llevó como empleado a sus telares, donde estuvo trabajando toda su adolescencia.
Entre 1823 y 1825 le dio clases el notario de la villa, Joan Camp.
En el verano de 1825 se trasladó a Barcelona con el propósito de mejorar sus habilidades para el trabajo textil. Trabajó en una fábrica de tejidos y estudió dibujo y gramática castellana y francesa en la escuela de la Real Junta de Comercio en La Lonja del Mar. Algunas experiencias humanas y religiosas le hicieron replantearse su vida.
Estando en la playa de la Barceloneta una ola lo arrastró mar adentro. Invocó a la Virgen y pasó a estar de nuevo en la orilla con la ropa seca. Otro día fue a visitar a un amigo, que estaba ausente, y la dueña de la casa intentó seducirle con palabras y gestos. Antonio se escabulló y la mujer, despechada, salió al balcón a decir que él le había insultado. En otra ocasión, se juntó con una persona para echar lotería, pero este se volvió un ludópata que le robó a él y a una señora para invertirlo, y perderlo, en el juego. Finalmente, su amigo fue condenado a dos años de cárcel y él se sintió mal por el hecho de que le pudieran considerar cómplice de aquel sujeto.
Aconsejado por un sacerdote oratoriano, decidió cambiar de vida. Tomó la drástica decisión de hacerse cartujo. Para ello, retomó sus estudios de latín. Primero le dio clases particulares un sacerdote llamado Tomás, que falleció poco después, y tras esto recibió clases en la preceptoría de Francesc de Paula Mas y Artigas.
A raíz de contactos familiares, el obispo de Vich, Pablo de Jesús Corcuera, se enteró de la vocación de Antonio y quiso conocerle. Antonio salió de Barcelona rumbo a Sallent en septiembre de 1829, donde iba a pasar unas semanas con su familia, y luego marchó a Vic, donde él y su padre fueron recibidos por el obispo el 30 de septiembre.
Entró como seminarista en octubre de 1829. Vivía, como seminarista externo, con el sacerdote Fortià Bres, mayordomo del obispo. En el palacio arzobispal había una biblioteca frecuentada por Antonio y por el filósofo y teólogo Jaime Balmes. A Antonio le interesaba sobre todo aprender latín, lo cual era necesario para entrar en la cartuja. Escogió como director espiritual al oratoriano Pere Bac. Antonio comenzó a confesarse con él y a comulgar todas las semanas. Advirtiendo su madurez, Bac le hizo comulgar cuatro veces por semana, algo no muy común en aquel entonces, y confesarse dos veces por semana. Todos los días tenía media hora de oración mental y hacía visitas al Santísimo en la iglesia de los dominicos. Además de los ayunos y abstinencias de precepto, se ponía tres días por semana el cilicio. También tenía una gran devoción por la Virgen.
A fines de junio llegaron los exámenes y Antonio los aprobó. Tras esto se dirigió a la cartuja de Montealegre (Barcelona) con dos cartas de Bac, una para el prior y otra para un monje amigo. Por el camino, se produjo una borrasca, que sembró dudas en él. Pensó que tal vez no era voluntad de Dios que fuese cartujo y regresó a Vic para continuar como seminarista. El obispo Corcuera recomendó a partir de 1830 que los seminaristas leyesen la Biblia a diario y Antonio siguió esta costumbre.
A comienzos de 1831 Antonio se vio fuertemente tentado contra la castidad. Entonces tuvo una visión de una mujer, que él entendió que era la Virgen, con una corona y escuchó "Antonio, esta corona será tuya, si vences". La tentación desapareció y la Virgen le puso la corona a un niño arrodillado a sus pies. También vio como un ejército se replegaba después de una batalla. Tras esto, su apetito sexual prácticamente desapareció.
En 1831 fue admitido en la Congregación de la Purísima Concepción y San Luis, fundada por Corcuera en 1826. A finales del mismo año ingresó en la laus perennis del Sagrado Corazón, establecida en la iglesia de los jesuitas de Manresa. En 1833 ingresó en la Orden Tercera Servita y se hizo de la Cofradía del Rosario. En 1834 entró también en una asociación del Sagrado Corazón de Jesús.
El obispo Corcuera tenía tan buen concepto de Antonio que quiso darle los sagrados órdenes cuando estaba a la mitad del estudio de Teología.
El 2 de febrero de 1832 recibió la tonsura, lo que le hacía entrar en el clero. Esto fue parejo a la obligación de atender oficios religiosos en Sallent en Navidad, Semana Santa y verano. El 21 de diciembre de 1833 el seminarista recibió las cuatro órdenes menores. El 24 de mayo de 1834 fue ordenado subdiácono, en la misma ceremonia en que Jaime Balmes recibió el diaconado. El 20 de diciembre de 1834 Antonio fue nombrado diácono.