Tal Día como Hoy

Antonio Escohotado

Sociólogo, intelectual y jurista español

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Antonio Escohotado Espinosa (Madrid, 5 de julio de 1941-Ibiza, 21 de noviembre de 2021)​​ fue un filósofo, jurista, intelectual, ensayista, traductor y profesor universitario español cuya obra estuvo centrada en los ámbitos del derecho, la filosofía, la sociología, las drogas y su efecto en la sociedad.

Es especialmente conocido por sus investigaciones acerca de las drogas y sus posiciones antiprohibicionistas al respecto, reflejadas en su obra Historia general de las drogas (1983). También destaca su trilogía Los Enemigos del Comercio (2008), en la que defiende el libre mercado y critica al comunismo.​ En el plano ideológico, se autodefinió como socialdemócrata liberal​​y se enmarcó dentro de la izquierda política (aunque cabe señalar que restó importancia a esa clase de dicotomías).​​La afirmación de la libertad frente al miedo o coacciones que conducirían a la servidumbre es una constante en su obra.​​ Ya en sus últimos meses de vida, reconoció a Hegel y a Freud como sus dos grandes maestros.​

La familia Escohotado, residente desde antiguo en el noroeste de la sierra madrileña, tiene el primer miembro notorio en su bisabuelo Vicente, que apoyó la Revolución Gloriosa de 1868 como alcalde de Galapagar.​ El hijo del anterior (y abuelo de Escohotado), también llamado Vicente, fue uno de los primeros becados del pueblo para formarse en Leyes,​ y cuando había publicado ya una extensa historia del teatro en verso, La teatrada (1925),​ junto con varios libros de endechas y canciones, pasó de procurador a alcalde de El Escorial.​ El sexto de sus hijos, Román (1908-1970), padre de Antonio Escohotado, empezó votando al socialista Julián Besteiro y acabó firmando el Manifiesto de la Falange.​ Fue jefe de la secretaría de Dionisio Ridruejo durante su etapa como director general de Propaganda, dirigió Radio Nacional desde 1941, obtuvo los principales premios periodísticos (incluyendo el Mariano de Cavia) y fue agregado de prensa en Brasil desde 1946 a 1956.​

Escohotado habló sobre su interés por el conocimiento en esta época:

Al retornar la familia a España, Escohotado experimentó el abrupto contraste entre el paraíso tropical de su primera infancia y la gris y severa sociedad del nacionalcatolicismo, lo que le llevó a forjar un espíritu de rebeldía excitado por el autoritarismo y la represión sexual.

Escohotado halló su vocación por el saber de una forma precoz, hecho que le llevó a iniciar la carrera de Filosofía. Sin embargo, el statu quo intelectual de la Facultad de Filosofía le llevó a una decepción y, en consecuencia, siguió los consejos de su padre Román de estudiar una carrera con más salidas profesionales:Teniendo claro que estudiaría Filosofía, y reconociendo la sensatez del consejo paterno que sugería una carrera con más salidas profesionales –como Derecho-, empecé ambas aunque sólo terminase los estudios de leyes, decepcionado por un cuadro docente de Filosofía sumido aquellos años en un diálogo de sordos entre neotomistas, neopositivistas y neomarxistas.​

A pesar de haber permanecido en el calabozo buena parte de los dos veranos exigidos por las milicias universitarias, pues «había convertido la tienda en un seminario de marxismo y desobediencia»,​ su falta de espíritu militar no le impidió hacer gestiones para alistarse con el Vietcong en su guerra contra Estados Unidos.​ Una hepatitis crónica le permitió acortar el periodo de servicio militar y le obligó a reflexionar sobre su futuro. Decidió entonces preparar oposiciones compatibles con el compromiso izquierdista —lo que excluía las de Diplomático, carrera a la que parecía estar naturalmente inclinado por el ejemplo paterno y su formación en idiomas y cultura general—, y finalmente ingresó en el Instituto de Crédito Oficial (ICO) en el año 1964 para gestionar el servicio de Fusión y Concentración de Empresas durante cinco años de bonanza económica. Un puesto que era compatible con el de ayudante en las facultades de Derecho y Políticas de la Universidad Complutense; así como organizar un seminario sobre Kant y Hegel en la Universidad Autónoma de Madrid y un curso sobre Psicoanálisis en la extinta Escuela de Antropología.

Empezó entonces a publicar, además de impartir clases prácticas o seminarios en las facultades de Políticas y Filosofía, donde desarrolló la relación con colegas como Carlos Moya, Eugenio Trías y Felipe Martínez Marzoa, y descubrió de paso a autores algo más jóvenes como Savater, Azúa y Echeverría. Unidos de un modo u otro por el mundo que anunciaban el Mayo del 68 y Woodstock,​ también caldo de cultivo para núcleos específicamente ácratas como el de Agustín García Calvo, formaron todos parte de una improvisada «tribu» cuyo sector razonable siguió con sus estudios, mientras un ala más radicalizada redescubría el terrorismo, y otros como Escohotado decidieron llevar una vida alejada del consumismo, abrazando de paso lo que se dio en llamar «la revolución sexual de los 70».

Empezó a publicar de la mano de José Ortega Spottorno, que acababa de relanzar la editorial y reeditar la Revista de Occidente —ambas fundadas por su padre, Ortega y Gasset—, y fue allí donde apareció el artículo Alucinógenos y mundo habitual,​ su primera incursión en este campo, que contiene las experiencias descritas por Michaux y Huxley como referencias más inmediatas. Su reflexión derivó pronto hacia la realización de una serie de bioensayos, que unas décadas después le llevarían a componer la primera historia cultural de las drogas y una fenomenología de las principales substancias psicoactivas. En estas publicaciones iniciales, Escohotado mezcla cualquiera de los asuntos tratados con su pasión filosófica del momento, el estudio de la obra de Hegel y Freud, dos autores que le influirán permanentemente.

Su catedrático de Filosofía de Derecho y posterior director de tesis —Luis Legaz Lacambra, que tradujo La ética protestante y el espíritu del capitalismo y fue discípulo de Kelsen— quedó asombrado cuando Escohotado le presentó el trabajo académico cuatro meses antes de acabar la carrera. El catedrático se tomó unos días para examinar el texto y tan sólo sugirió al doctorando que incluyera un capítulo sobre la ley moral y la ley positiva en Kant.​

Con idénticos mimbres escribe su tesis doctoral, La filosofía moral del joven Hegel, que presentada en el año 1970 molestó a parte de un tribunal que la recibió como «apología sobre el maestro de Marx, un protestante por añadidura», provocando en varias ocasiones la ausencia del cuórum requerido para calificar el trabajo.​ En aquella España algunos se escandalizaban todavía con lo anunciado en la introducción:

Cuando se publicó —como La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía de la religión de Hegel (Revista de Occidente, 1972)—, al pequeño revuelo académico le sucedió el premio de la Nueva Crítica, un galardón de vida breve. Cuarenta años después, recapitulando sobre la investigación, Escohotado sostiene «una distinción entre espíritu y religión positiva. Al encarnar el desgarramiento entre la vida y su fósil, el cristianismo sería la realidad captada en forma de fantasía y viceversa, la verdad extrañada de sí. Fue mi primer contacto con la divergencia entre intención y resultado».​

Las trabas académicas hicieron que apareciese antes el posterior Marcuse, utopía y razón (Alianza Editorial, 1968), libro centrado en examinar la compatibilidad de Marx con Hegel y Freud propuesta por uno de los fundadores de la Escuela de Fráncfort, cuya síntesis era muy atractiva para aquel preciso momento. Escohotado analizó las premisas que articulaban las tesis marcusianas. Primero, se centró en la figura de Freud que «era sometido a una camisa de fuerza típica del marxismo entonces, que era una identidad de estructura entre alienación y represión, a todas luces insostenible». El segundo autor era Hegel que «resultaba olvidado en lo esencial de su método -la dialéctica-, que no consiste en «enjuiciar» sino «exponer». Y el último punto concluía que «resultaba cómodo presentar el leninismo como una traición al marxismo, pero era una tesis puramente romántica proponer que la sociedad comercial podría abolirse sin un recurso a Partido único, censura y otras violencias». El libro incomodó a ciertos sectores del marxismo español de la época al calificar el texto como «revisionista» e incluso provocó una breve polémica con uno de los intelectuales relevantes del momento, Gonzalo Fernández de la Mora. Sin embargo, obtuvo alguna reseña positiva.

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