Abu ʿAmir Muhammad ben Abi ʿAmir al-Maʿafirí (en árabe: أبو عامر محمد بن أبي عامر ابن عبد الله المعافري), llamado al-Manṣūr (المنصور), «el Victorioso», más conocido como Almanzor (c. 939-Medinaceli, 9 de agosto del 1002), fue un militar y político andalusí. Como canciller del Califato de Córdoba y hayib o chambelán del débil califa Hisham II, Almanzor fue el gobernante de facto de al-Ándalus.
Nacido en una alquería en las afueras de Turrush en el seno de una familia de origen árabe yemení con algunos antepasados jurisconsultos, marchó joven a Córdoba a formarse como alfaquí. Después de unos comienzos humildes, ingresó en la Administración y pronto se ganó la confianza de la favorita del califa, Subh, madre de sus hijos. Gracias a esta protección y a su propia eficiencia, acumuló rápidamente numerosos cargos.
Durante el califato de Alhakén II, ocupó importantes cargos administrativos, como los de director de la ceca (967), administrador de la favorita del califa y de sus hijos y de las herencias intestadas o intendente del ejército del general Gálib (973). La muerte de este califa en el 976 marcó el comienzo de la época califal dominada por su figura, que continuó más allá de su muerte con el gobierno de dos de sus hijos, primero Abd al-Málik al-Muzáffar y luego Abd al-Rahman Ibn Sanchul (Abderramán Sanchuelo), hasta 1009. Como chambelán del califato (desde el 978), ejerció un poder extraordinario en el Estado andalusí, en toda la península ibérica y en parte del Magreb, mientras el califa Hisham II quedaba relegado a un estatus casi que puramente figurativo.
Su «portentosa» ascensión al poder ha sido explicada por una insaciable «sed de dominio», pero el historiador Eduardo Manzano Moreno advierte que «debe entenderse en el marco de las complejas luchas internas que se desarrollaban en el seno de la administración omeya». Profundamente religioso, recibió el apoyo pragmático de las autoridades religiosas musulmanas a su control del poder político, sin que ello evitase tensiones periódicas entre el caudillo y aquellas. Los pilares de su poder estuvieron en la defensa de la yihad que, al no ser califa, debía proclamar en nombre de este. Su imagen de paladín del islam sirvió para justificar su asunción de la autoridad gubernamental. Habiendo acaparado el dominio político en el califato, llevó a cabo profundas reformas tanto en la política exterior como en la interior.
Realizó numerosas y victoriosas campañas tanto en el Magreb como en la península ibérica. En la Península sus incursiones contra los reinos cristianos, conocidas como aceifas, sólo lograron detener temporalmente el avance de estos hacia el sur. A pesar de sus abundantes triunfos militares, apenas recuperó territorio.
Aunque existen dudas acerca de la fecha exacta de su nacimiento, todo parece indicar que este se produjo hacia el año 939. Vino al mundo en el seno de una familia terrateniente árabe de origen yemení, de la tribu Maʿafir, establecida desde la conquista de la Hispania visigoda en Torrox, una alquería perteneciente a la cora de al-Yazírat, junto a la desembocadura del río Guadiaro. En este lugar había recibido su familia de manos de Táriq ibn Ziyad unas tierras como premio a la destacada actuación de un antepasado, de nombre Abd al-Málik, en la conquista de Al-Ándalus, que se había distinguido en la toma de Carteya. La abundancia de topónimos derivados del árabe Turrux en Andalucía —principalmente en las provincias de Málaga y Granada— ha propiciado que varias ciudades hayan sido señaladas equivocadamente como cuna del militar andalusí.
Algunos amiríes habían desempeñado funciones de cadíes y de juristas. La posición de la familia mejoró notablemente con el nombramiento del abuelo paterno de Almanzor como cadí de Sevilla y con su casamiento con una hija de un visir, gobernador de Badajoz y médico del califa Abderramán III. Al padre del Almanzor, Abd Allah, se le describe como un hombre piadoso, bondadoso y ascético, que murió en Trípoli cuando regresaba de su peregrinación a La Meca. Su madre, Burayha, también pertenecía a una familia árabe. Aun así, la familia era de rango medio, modesta y provinciana.
Muy joven, Ibn Abi ʿAmir se trasladó a Córdoba, donde desarrolló sus estudios de Derecho y de Letras bajo la tutela de su tío materno. Esta formación debía facilitarle ingresar en la Administración estatal, ya que las oportunidades de ascenso en las fuerzas armadas eran limitadas para los árabes. Recibió, como muchos otros jóvenes de familia acomodada, formación en interpretación del Corán, tradición profética y aplicación de la ley islámica, completando así su educación como alfaquí, con intención de convertirse en juez. De esta época, conservó su gusto por la literatura. Instruido por renombrados maestros de la tradición legal islámica y las letras, mostró talento en estos estudios.
La muerte de su padre y la mala situación familiar le llevaron a abandonar los estudios y tomar la profesión de escribano. Después de ocupar un modesto puesto de memorialista junto al alcázar y a la mezquita de Córdoba —cerca de las oficinas de la Administración— para ganarse el sustento, el joven pronto destacó por sus cualidades y ambición e inició su fulgurante carrera política como escribano de la sala de audiencias del cadí jefe de la capital, Muhámmad ibn al-Salim. Este era un importante consejero del califa Al-Hákam II, a pesar de que sus cargos eran exclusivamente religiosos y no políticos. Pronto llamó la atención del visir Yaáfar al-Mushafi, amo de la administración civil, que le introduciría en la corte califal, probablemente recomendado por Ibn al-Salim. Para entonces ya destacaba por sus conocimientos y competencia profesional, que volvería a demostrar en los cargos que pronto comenzó a acumular en la Administración. Almanzor, con unos treinta años, fue uno de los jóvenes funcionarios que tomaron parte en el relevo generacional de la corte al comienzo del reinado de Al-Hákam.
A finales de febrero del 967, se convirtió en intendente del príncipe Abderramán, hijo y heredero del califa Alhakén II y de su favorita, la vascona Subh (Aurora), con la cual estableció una relación privilegiada sumamente beneficiosa para su carrera. A pesar de que su cometido era probablemente secundario, su responsabilidad de gestor de los bienes del heredero al trono califal y los de su madre le otorgaba una gran cercanía a la familia reinante. Rápidamente, comenzó a acumular importantes cargos. Siete meses después de su primer nombramiento y gracias a la intercesión de la favorita real, se convirtió en director de la ceca y, en diciembre del 968, fue nombrado tesorero de las herencias vacantes. Al año siguiente, fue promovido a cadí de Sevilla y de Niebla —uno de los más importantes del Estado— y en el 970, a la muerte del príncipe Abderramán, pasó a ser el administrador del joven heredero, Hisham. Por esta época contrajo matrimonio con la hermana del jefe de la guardia califal y cliente del nuevo heredero al trono. Comenzó a enriquecerse, se hizo construir una residencia en al-Rusafa, cerca del antiguo palacio de Abderramán I, y empezó a realizar suntuosos regalos al harén califal y se le acusó de malversación tras ser destituido de su cargo como responsable de la ceca en marzo del 972. Ayudado financieramente para cubrir el supuesto desfalco, obtuvo el mando de la shurta media (policía) y mantuvo el resto de cargos, incluido el de administrador del heredero y de las herencias vacantes.
En el 973, se le encargaron los aspectos logísticos, administrativos y diplomáticos de la campaña califal contra los idrisíes en el Magreb, con el puesto oficial de gran cadí de las posesiones omeyas en el Magreb. La importancia de la flota en la campaña y su dependencia de Sevilla, de donde Almanzor era cadí y por tanto responsable de sus instalaciones, y la confianza del propio califa y de su chambelán le facilitaron obtener esta responsabilidad. El encargo traía consigo autoridad sobre civiles y militares y, en la práctica, la supervisión de la campaña. Entre sus tareas se encontraba la fundamental de obtener el sometimiento de los notables de la región mediante la entrega de regalos formales que indicaban la lealtad de estos al califa y que, junto con las victorias militares, minaron la posición del enemigo. Conseguida la victoria contra los idrisíes, regresó enfermo a la corte cordobesa en septiembre del 974, con la intención de recuperarse y retomar sus funciones. Nunca volvió al norte de África. Su experiencia como supervisor de las tropas enroladas para la campaña magrebí le brindó la oportunidad de apreciar la posible utilidad política de estas si lograba su control. Le permitió asimismo establecer relaciones con los jefes tribales de la zona y con su futuro y poderoso suegro, Gálib, quien había dirigido los aspectos militares de la operación. Su habilidad para gestionar los aspectos organizativos y económicos de la campaña, ampliamente reconocida y premiada meses antes con su nombramiento nuevamente como jefe de la ceca califal, supuso el comienzo de su éxito político. En los últimos meses de enfermedad de Al-Hákam, este le nombró inspector de las tropas profesionales, en las que se habían incluido el grueso de los bereberes traídos del Magreb por el califa para tratar de formar una fuerza leal a su persona que garantizase el acceso al trono de su joven hijo.