Alejandro II de Rusia (en ruso: Алекса́ндр II Никола́евич, romanizado: Aleksándr II Nikoláyevich; Moscú, 17 de abriljul./ 29 de abril de 1818greg. - San Petersburgo, 1 de marzojul./ 13 de marzo de 1881greg.) fue emperador del Imperio ruso desde el 3 de marzo de 1855 hasta su asesinato en 1881. También fue gran duque de Finlandia y rey de Polonia hasta 1881. Su educación liberal y su angustia por el resultado de la Guerra de Crimea, que había demostrado el atraso de Rusia, lo inspiraron a emprender un gran programa de reformas internas, siendo la más importante la emancipación de los siervos de Rusia en 1861, por la que se le conoce como Alejandro el Libertador (en ruso: Алекса́ндр Освободи́тель, romanizado: Aleksándr Osvobodítel) a pesar de ser responsable del genocidio circasiano y tener una población en revuelta contra él.
El zar fue responsable de otras reformas liberales, como la reorganización del sistema judicial, el establecimiento de jueces locales electos, la abolición del castigo corporal, la promoción del autogobierno local mediante el sistema de zemstvos, la imposición del servicio militar universal, la eliminación de algunos privilegios de la nobleza y el fomento de la educación universitaria. Tras un intento de asesinato en 1866, Alejandro adoptó una postura algo más conservadora hasta su muerte.
Alejandro también destacó por su política exterior, principalmente pacifista, de apoyo a Estados Unidos y de oposición a Gran Bretaña. Alejandro respaldó a la Unión durante la Guerra de secesión y envió buques de guerra al puerto de Nueva York y a la bahía de San Francisco para disuadir ataques de la Armada Confederada. Vendió Alaska a los Estados Unidos en 1867, temiendo que la remota colonia cayera en manos británicas en una futura guerra. Buscó la paz, se alejó de la belicosa Francia tras la caída de Napoleón III en 1871, y en 1872 se unió al Imperio alemán y al Imperio austrohúngaro en la Liga de los Tres Emperadores, que estabilizó la situación europea.
A pesar de su política exterior por lo demás pacifista, libró una breve guerra contra el Imperio otomano entre 1877 y 1878, que condujo a la independencia de Bulgaria, Montenegro, Rumania y Serbia. Continuó su expansión hacia el Lejano Oriente, lo que condujo a la fundación de Vladivostok, y hacia el Cáucaso, donde aprobó planes que condujeron al genocidio circasiano. También hacia el Turquestán. Aunque decepcionado por los resultados del Congreso de Berlín de 1878, Alejandro cumplió con dicho acuerdo. Uno de sus mayores desafíos internos fue el Levantamiento de Enero en Polonia de 1863, al que respondió despojando a Polonia de su constitución propia, incorporándola directamente a Rusia y aboliendo allí la servidumbre. Alejandro estaba en el proceso de proponer reformas parlamentarias adicionales para contrarrestar el auge de nacientes movimientos revolucionarios y anarquistas cuando fue asesinado en 1881.
Era hijo del zar Nicolás I de Rusia y de Carlota de Prusia (Alejandra Fiódorovna), hija a su vez del rey Federico Guillermo III de Prusia y de Luisa de Mecklemburgo-Strelitz. Durante su juventud, el zarévich Alejandro dio pocas muestras de su valía final, hasta el momento de su advenimiento en 1855, pocos imaginaron que sería conocido como un líder capaz de poner en práctica las más difíciles reformas emprendidas en Rusia desde el reinado de Pedro el Grande.
Durante los treinta y seis años en los que fue heredero, el ambiente de San Petersburgo era desfavorable para el desarrollo de cualquier innovación política o intelectual. Todos los principios de libertad de pensamiento y de iniciativa privada eran, en la medida de lo posible, reprimidos enérgicamente por el gobierno zarista. La censura personal y oficial era moneda corriente; las críticas a las autoridades eran consideradas como un delito grave. Esto también fue considerado como una de las razones que llevaron a su asesinato. De hecho, en sus años de príncipe heredero, Alejandro nunca manifestó oposición alguna a la autocracia practicada por su padre, ni cuestionó sus políticas ultraconservadoras.
Bajo la visión del poeta liberal Vasili Zhukovski, Alejandro II recibió la educación que se les daba a los jóvenes rusos de buena familia en ese momento: un gran número de temas en nociones, y la introducción a los principales idiomas europeos de la época. Un rasgo notable fue que en 1837 el zarévich tomó seis meses en una serie de viajes por casi veinte provincias del Imperio ruso, hecho poco común entre la aristocracia de su época; también fue el primer heredero de la familia Romanov en visitar Siberia, aunque también en el periodo 1838-1839 visitó diversos países de Europa.
Al llegar a Inglaterra en 1839, conoció a la reina Victoria, de veinte años. Simon Sebag Montefiore especula que surgió un pequeño romance entre ambos. Sin embargo, el matrimonio no funcionaría debido a que Alejandro se encontraba en el primer lugar de la línea de sucesión al trono ruso, por lo que tenía que renunciar a sus derechos dinásticos si se daba la unión. Cuestión que sus padres no permitirían al preferir a la que sería su futura esposa, María de Hesse-Darmstadt. Más adelante, en 1847, como el reflejo del cariño que aún mantenía hacia Victoria, Alejandro donó dinero a Irlanda durante la Gran Hambruna.
De aspecto alemán, se ha descrito la personalidad de Alejandro como la de alguien pacifista, fumador empedernido y aficionado a las cartas. Tuvo poco interés personal en los asuntos militares, para decepción de su padre Nicolás I que sí era un apasionado del ejército.
Alejandro II subió al trono tras la muerte de su padre el 2 de marzo de 1855. En el primer año de su reinado prosiguió con el esfuerzo bélico de la guerra de Crimea, pero tras la caída de Sebastopol en poder de la coalición antirrusa, tuvo que iniciar conversaciones de paz, dejadas en manos de su consejero de confianza, el príncipe Aleksandr Gorchakov. Entonces comenzó un período de reformas radicales, alentadas por la opinión pública, influida por el pensamiento de Europa Occidental pero llevadas a cabo por el poder autocrático del zar que no admitía oposición ni contradicción.
Todos quienes habían pretendido introducir reformas declararon en voz alta que Rusia estaba agotada y humillada por la guerra, alegando que el atraso científico y tecnológico del país eran claves para la derrota en la contienda: la paz de marzo de 1856 había impuesto concesiones a Rusia y reducido su influencia política (aunque sin perder territorios) y que la única manera de restablecer su poder en Europa era desarrollar sus recursos naturales y reformar a fondo todas las ramas de la administración pública. El gobierno zarista, por lo tanto, encontró en las clases educadas un recién nacido espíritu público, deseoso de ayudar al zar en cualquier labor de reforma que se pudiese emprender.
Afortunadamente para Rusia, el poder autocrático se encontraba ahora en manos de un hombre profundamente influenciado por el espíritu de la época, y que tenía suficiente prudencia y sentido práctico para impedir ser arrastrado por el entusiasmo. A diferencia de sus predecesores, Alejandro no sentía la necesidad de imponer sus ideas por la fuerza ni se servía de ayudantes ni favoritos para dirigir sus propios proyectos. Estos rasgos de su carácter, junto con las peculiares circunstancias en que actuó, explican que implementara las reformas con ayuda de la intelligentsia que se había erigido en una precaria opinión pública en medio de la autocracia.
Aunque vigilaba cuidadosamente su poder autocrático y se resistía obstinadamente a todo aquello que impulsara reformas que él no se sentía inclinado a llevar a cabo, Alejandro II actuó durante varios años como un soberano constitucional. Poco después de la paz, se introdujeron importantes cambios en la legislación relativa a la industria y al comercio, que permitieron crear un gran número de sociedades de responsabilidad limitada. Se idearon planes para la construcción de una gran red de ferrocarriles — en parte con el propósito de desarrollar los recursos naturales del país, y en parte con el fin de aumentar su poder de defensa y ataque.