Tal Día como Hoy

Alejandra Pávlovna Románova

Gran duquesa de Rusia

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Alejandra Pávlovna de Rusia (en ruso: Александра Павловна; San Petersburgo, 9 de agosto de 1783-Buda, 16 de marzo de 1801) fue una gran duquesa de Rusia, hija del zar Pablo I de Rusia y de la duquesa Sofía Dorotea de Wurtemberg (María Fiódorovna), y hermana de los zares Alejandro I y Nicolás I.

Contrajo matrimonio con el archiduque José de Austria, el cual era palatino de Hungría, reino que formaba parte del entonces Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque mantuvo su religión ortodoxa al casarse, fue bien recibida por los húngaros, gustándole pronto la música y los bailes de la región, y según la leyenda, por su sugerencia, la bandera húngara se convirtió en rojo-blanco-verde.​

Alejandra Pávlovna nació el 9 de agosto de 1783 en San Petersburgo, siendo el tercer vástago y primera hija del futuro zar Pablo I de Rusia y de Sofía Dorotea de Wurtemberg. La zarina Catalina II la Grande quedó decepcionada al saber que era una niña, llegando a escribir: «Nació un tercer hijo que resultó ser una niña, a la cual se le puso el nombre de Alejandra en honor de su hermano mayor. A decir verdad, me gustan más los niños que las niñas». La zarina también constató que la niña resultaba fea en comparación con sus hermanos. Su hermana menor, Elena, nacida un año después, resultaba también, a ojos de la emperatriz, más hermosa y con más gracia que su hermana mayor al punto de apodarla "Elena de Troya". Como celebración de su nacimiento, Catalina II le regaló el Palacio de Gátchina.

Con el tiempo, la emperatriz fue mejorando su opinión respecto a la pequeña gran duquesa, afirmando en marzo de 1787: «Alejandra Pávlovna, me siento complacida de tu inteligencia, serenidad y gracia; eres lista, y estoy feliz por ello. Gracias por quererme, y yo también te quiero». Catalina también denotó que la pequeña gran duquesa estaba muy apegada a ella, queriendo llamar constantemente su atención.

Alejandra recibió, desde corta edad, la habitual educación dada a las princesas rusas, con lecciones de inglés y francés, así como de música y pintura. Mantuvo una estrecha relación con su hermana menor, Elena, siendo pintadas juntas en ocasiones. Su tutela fue encargada a Carlota von Lieven, quien actuó como gobernanta. La pequeña gran duquesa resultó ser una estudiante avanzada, siendo capaz de traducir al alemán a la corta edad de 7 años. También fue una apasionada del arte, sobre todo del dibujo, teniendo gran talento para la música y el canto.

En 1790, la emperatriz Catalina II hizo una detallada descripción de su nieta en una carta a Frédéric-Melchior Grimm:

En 1794, la emperatriz comenzó a considerar casarla, tanto a ella como a su hermana, si bien la pequeña gran duquesa solo tenía 11 años. El destino de esta cambió cuando, en 1792, el rey Gustavo III de Suecia fue asesinado. El nuevo monarca, Gustavo IV Adolfo de Suecia, deseaba forjar una alianza con el Imperio ruso, casándose con una de las nietas de la zarina; sin embargo, existen versiones alternativas que hablan de que el auténtico interés procedía de parte de la propia zarina. La idea de este enlace fue apoyado también por el regente sueco, Carlos de Södermanland, futuro rey del país escandinavo.

En 1793, no por casualidad, la gran duquesa comenzó a aprender sueco como forma de prepararla para el futuro enlace. Las negociaciones se extendieron hasta 1794, llegando a estancarse cuando Rusia acogió a uno de los enemigos políticos del regente sueco. En represalia, este comenzó a negociar el matrimonio del joven rey con una duquesa alemana. En 1795, Catalina le escribía al barón von Grimm:

Cuando se anunció el compromiso del rey sueco con la duquesa alemana, Catalina prohibió la entrada al embajador sueco. El célebre Aleksandr Suvórov fue enviado a la frontera sueca con el objetivo de explorar la zona, vislumbrándose una situación muy crítica. En abril de 1796, el joven rey de Suecia cambió súbitamente de parecer y rompió el compromiso, afirmando volver a estar interesado en el matrimonio con la gran duquesa. Ambos llegaron a conocerse en persona, percibiéndose que estaban muy apegados y que trabaron confianza rápidamente. Fue en agosto de 1796 cuando el rey solicitó permiso a la zarina para casarse con Alejandra.

La emperatriz no pasó por alto el tema de la religión, pues las leyes suecas especificaban que la reina debía profesar la misma religión que el rey. Al parecer, Gustavo Adolfo afirmó su conformidad con que la gran duquesa mantuviera su religión ortodoxa tras el matrimonio, sin embargo, cuando el compromiso estaba a punto de ser anunciado, el joven rey anunció que nunca le daría a Suecia una reina ortodoxa y se encerró en sus aposentos del Palacio de Invierno. Ante esta situación, la emperatriz sufrió un ataque de apoplejía y Alejandra, rota de dolor, se echó a llorar. El compromiso fue anulado aduciendo una enfermedad del rey, el cual no volvió a ser recibido de manera calurosa en Rusia. Las negociaciones volvieron a reanudarse durante un tiempo, hasta que la emperatriz Catalina falleció el 17 de noviembre de ese mismo año. Su sucesor, Pablo I de Rusia, retomó las negociaciones, sin embargo, la cuestión religiosa no pudo ser solventada, por lo que volvieron a truncarse. Al año siguiente, el rey sueco se casó con Federica de Baden.

En 1799, tres años después de la muerte de Catalina y del fallido compromiso con el rey Gustavo Adolfo, la situación geopolítica europea llevó a que se hiciera necesaria una alianza entre Rusia y el Sacro Imperio Romano Germánico contra el creciente poder de Francia y de Napoleón Bonaparte. De este modo, se pactó el matrimonio de la gran duquesa Alejandra con el archiduque José de Austria, hermano menor del emperador Francisco II. El propio archiduque acudió a Rusia para concertar el enlace, el cual fue rubricado en febrero de 1799, afirmándose que la gran duquesa podría conservar su fe ortodoxa. Este matrimonio contó con críticos internos, como la del conde Fiódor Rostopchín, quien escribió: «No es conveniente iniciar la alianza con Austria mediante lazos de sangre [...] De todas las hermanas se le ha dado el matrimonio menos satisfactorio. Ella no debe de esperar nada, y sus futuros hijos menos aún». La boda se celebró el 30 de octubre en el Palacio de Gátchina, una semana después de los esponsales de su hermana menor, Elena. El 21 de noviembre, los recién casados fueron a Austria. La condesa Golovina recordó que Alejandra estaba triste, y su padre "repetía constantemente que no la volvería a ver, que la estaban sacrificando".

Recibió una fría acogida en la corte vienesa de los Habsburgo, si bien al emperador le cayó en gracia, pues le recordaba a su difunta primera esposa, Isabel de Wurtemberg (la cual era tía de la gran duquesa), lo que causó los celos de la emperatriz María Teresa. El confesor imperial constató en sus escritos la envidia que sentía la emperatriz por Alejandra, la cual deslumbró en la corte con su belleza y elegancia. La emperatriz llegó a ordenar que a Alejandra le fueran retiradas todas sus joyas, por lo que Alejandra solo pudo decorar su cabello con flores, las cuales resaltaron aún más su presencia, lo que no hizo sino enfurecer más a la esposa del emperador. La gran duquesa sufrió también los ataques de la Iglesia católica debido a la fe ortodoxa de la nueva archiduquesa, la cual fue presionada para que se convirtiera.

Según el confesor de Alejandra, Andrei Samborski, Alejandra fue recibida con frialdad en Viena. Sin embargo, otras fuentes ofrecen una visión diferente. La reina María Carolina de Nápoles (suegra del emperador) y sus hijas llegaron a Viena en agosto de 1800 para una larga estancia. La cuarta hija de María Carolina, la princesa María Amalia de Nápoles y Sicilia, escribió en su diario que el 15 de agosto la reina y sus hijas fueron presentadas a Alejandra, a quien describió como "muy hermosa".​ María Amalia y Alejandra se hicieron amigas durante esta época;​ y la princesa de Nápoles escribía en su diario que la gran duquesa rusa y su marido tenían una relación amistosa con el resto de la familia imperial y participaban en las reuniones familiares, fiestas y bailes en Viena, lo que contrasta con la versión dada por Andrei Samborski. Por ejemplo, en enero de 1801, María Amalia escribió en su diario que la familia imperial solía asistir a los bailes en la residencia del archiduque José en Viena, donde "la bella Alejandra, siempre seria y triste, tiene casa espléndidamente".​

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