Agustín de Foxá Torroba (Madrid, 28 de febrero de 1906-ibídem, 30 de junio de 1959) fue un escritor, periodista y diplomático español. Destacó por su ingenio mordaz y ostentó los títulos nobiliarios de iii conde de Foxá y iv marqués de Armendáriz.
Era hijo de Narciso de Foxá y Rodríguez de Arellano (1867-1949), iii marqués de Armendáriz, y de María de las Candelas Torroba y Goicoechea (1884-1969) y tuvo tres hermanos: Margarita, Jaime (III conde de Rocamartí, también escritor y ambientalista) e Ignacio. Él nació en el palacio familiar de la calle de Atocha, el miércoles de Ceniza de 1906. Sus primeros versos los publicó en De todo un poco, revista del Colegio del Pilar.
Estudió Derecho en su ciudad natal; frecuentó el círculo de Ramón Gómez de la Serna y fue amigo de Edgar Neville y María Zambrano. Colaboró en La Gaceta Literaria de Ernesto Giménez Caballero, portal de las vanguardias y la Generación del 27 (de cuyos «tristes Homeros de una Iliada de derrotas» renegaría tras la guerra civil) y, en 1930, cuando ingresó en la carrera diplomática, empezó a colaborar en ABC. Fue destinado a Sofía y Bucarest; colaboró además en las revistas Héroe y Mundial. Su amistad con José Antonio Primo de Rivera ("mejoró mi espíritu, lo maduró y me salvó del peligro de las tertulias derrotistas y sovietizantes") lo llevó a frecuentar la tertulia de Falange Española en el café La Ballena Alegre, donde se juntaban los escritores de esta afiliación: Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Víctor de la Serna, Eugenio Montes, Jacinto Miquelarena y Pedro Mourlane Michelena; Foxá se atribuyó de hecho haber contribuido allí con los dos primeros versos al Cara al sol, el himno falangista español. Tras la guerra frecuentará otra tertulia, la de Pedro Laín Entralgo en el Café Novelty. Sin embargo, Foxá se fue desengañando cada vez más de los ideales falangistas, y llegó a escribir que “la Falange era una hija adulterina de Carlos Marx y de Isabel la Católica”.
Su primer libro, La niña del caracol (Madrid, 1933), que dedicó a Ramón Gómez de la Serna, María Zambrano y Antonio Marichalar, fue editado y prologado por Manuel Altolaguirre; mezcla elementos del modernismo con otros procedentes de las vanguardias y el 27. Antes de la guerra solo publicó otro libro, El toro, la muerte y el agua (Madrid: Imprenta de Galo Sáez, 1936), con prólogo de Manuel Machado. Se casó con la guapa y noble dama sevillana-limeña, María Larrañaga y de Seras, señora de Tejada, pero esta le fue infiel, lo que el poeta, no demasiado agraciado, soportó con estoicismo, escribiendo "prefiero una maravilla para dos que una m. para mí solo". Tuvieron una sola hija, María de las Nieves (Blanca) de Foxá y Larrañaga, IV condesa se Foxá, V marquesa de Armendáriz, señora de Tejada.l
El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en Madrid, donde acababa de tributársele un homenaje con motivo de haber sido destinado al Consulado de España en Bombay; por su condición de aristócrata y su proximidad al falangismo, estuvo a punto de ser fusilado, como escribió a su hermano: "El día 21 de julio estuve a punto de ser fusilado. Eran las cuatro de la tarde cuando oí gritos y blasfemias y empezaron a golpear la puerta con las culatas. Di orden al ama que abriera y entraron ocho facinerosos que me apuntaron",
A la postre marchó a Bucarest como secretario de Embajada en la Representación Diplomática de la República, desde donde, tras unos meses de doble juego, se unió al bando sublevado. Llegó a desempeñar puestos de responsabilidad en el Servicio Exterior de Falange. Participó en diversas revistas de la Falange, como Jerarquía y Vértice, y más tarde dirigió Legiones y Falanges, publicación bilingüe en español e italiano. Como diplomático estuvo destinado además en Roma —de donde fue expulsado en 1940 bajo la acusación de espionaje, aunque al parecer lo que pasó fue que fue retado a duelo por el conde Ciano y decidieron trasladarlo—, en Helsinki —en 1942 visita el frente de Leningrado acompañado por el escritor Curzio Malaparte— y en Buenos Aires (1947-1950), en donde obtuvo un profundo conocimiento de la realidad española e internacional. Dio numerosas conferencias por Hispanoamérica, donde a veces encontró la oposición de los exiliados republicanos. Recibió el premio Mariano de Cavia en 1948.
A finales de 1949 y comienzos de 1950, participó en la "misión poética" con los poetas Antonio de Zubiaurre, Luis Rosales y Leopoldo Panero, recorriendo diferentes países iberoamericanos (entre otros Honduras) previamente al restablecimiento de relaciones diplomáticas entre estos países y el régimen de Franco. En ese mismo año (1950) es destinado a la Embajada española de La Habana, y vuelve a España en 1955, año en que es elegido además académico en la Real Academia Española sucediendo a Agustín González de Amezúa. Su último destino diplomático fue Manila, pero allí fue víctima de la última fase de su alcoholismo: una cirrosis hepática. Desahuciado por los médicos, decidió volver a España para morir y cuando bajaba del avión en camilla, le comentó al guionista José Vicente Puente: “Ya ves. Llega el último de Filipinas”. Falleció en Madrid el 30 de junio de 1959 sin haber pronunciado su discurso de ingreso, pero dejó al menos unos versos escritos poco antes de su óbito:
Y pensar que no puedo en mi egoísmo / llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja; / que he de marchar yo solo hacia el abismo, / y que la luna brillará lo mismo / y ya no la veré desde mi caja. / (A. de Foxá, “Melancolía del desaparecer”).
Foxá cultivó gran número de géneros literarios, destacando en todos, especialmente en la lírica y la novela; fue además un conversador y orador magnífico, "surtidor de brillantes e ininterrumpidas imágenes, metáforas y paradojas... aleteando como un ave de mil colores sobre la rutina, la pereza mental y los tópicos habituales". Aparte del cultivo de la paradoja y la metáfora, Narbona aprecia además que fue un destacado seguidor de las maneras estilísticas de Valle-Inclán en la prosa. También fue uno de los primeros en cultivar el relato de ciencia ficción (un par de ellos se cuentan entre los mejores de la literatura especulativa española: «Viaje a los efímeros» y, sobre todo, «Hans y los insectos»). En cuanto a su poesía, de forma muy elaborada y que se mueve entre el modernismo tardío y el neopopularismo, resaltan libros como La niña del caracol (1933), El toro, la muerte y el agua (1936), El almendro y la espada (1940), Poemas a Italia, Antología poética 1933–1948 (1948), El gallo y la muerte (1949). Igualmente destacó por su ingenio en la sátira, como en su famoso soneto a Celia Gámez, y se cuentan numerosas anécdotas sobre sus boutades y agudezas verbales; decía que como embajador de una dictadura en democracias podía disfrutar de lo mejor de los dos sistemas; del Frente de juventudes soltó: "Son unos niños vestidos de gilipollas mandados por un gilipollas vestido de niño". El mismo se retrató:
Se acercó al teatro, escrito a veces en verso —Cui-Ping-Sing (1940), El beso a la bella durmiente, o el drama Baile en capitanía (1944), que cuenta unos amores frustrados en el marco de la tercera guerra carlista—, aunque también escribió teatro en prosa como la comedia Gente que pasa, premiada por la Real Academia Española.
Sin embargo, el reconocimiento del gran público le llegó precisamente con su novela sobre la guerra civil española Madrid, de Corte a checa (Salamanca: Jerarquía, 1938; segunda edición corregida y aumentada San Sebastián: Librería Internacional, 1938), escrita al calor de los acontecimientos en su mayor parte sobre las mesas del café Novelty de Salamanca, entre 1936 y 1937. La novela empieza con una trifulca en el Ateneo de Madrid, en vísperas de las elecciones municipales de abril de 1931, y concluye cuando el protagonista, José Félix, y su amada, Pilar, consiguen escapar del Madrid de la guerra. Se inscribe abiertamente en la tradición de los Episodios Nacionales de Galdós, que Foxá pretendía continuar, aunque desistió de ello tras esta novela, cuyos componentes líricos son capaces de resumir en una frase impresionista, lo que tardaría horas en explicarse con una muy marcada imitación del expresionismo de Valle-Inclán, en especial en la primera parte de las tres que consta, subtitulada «Flores de Lis». Está narrada a través de los ojos del joven falangista madrileño José Félix, al que autor presta aspectos autobiográficos.