En la llanura de Salisbury, en el condado de Wiltshire, al sur de Inglaterra, se alza desde hace milenios uno de los monumentos más enigmáticos y reconocibles del mundo. Stonehenge, ese círculo de enormes bloques de piedra que ha sobrevivido el paso de al menos cinco mil años, sigue desafiando a quienes intentan descifrar completamente sus propósitos y los métodos empleados por sus constructores. Los arqueólogos consideran como período probable de construcción y utilización el comprendido entre el 3100 y el 2000 antes de nuestra era, aunque la historia del lugar se extiende mucho más atrás en el tiempo.
Las evidencias más antiguas de actividad humana en el sitio se remontan al año 8000 antes de Cristo, en el período Mesolítico, cuando grupos de cazadores-recolectores instalaron en la zona grandes postes de pino de unos 0,75 metros de diámetro. Los arqueólogos han identificado al menos cuatro de esos postholes bajo lo que fue el aparcamiento turístico del lugar hasta 2013. Tres de ellos, y posiblemente cuatro, se alineaban en dirección este-oeste, lo que sugiere un posible significado ritual o astronómico ya en esa época remota. También cerca de allí, en Blick Mead, se ha encontrado un asentamiento contemporáneo junto a un manantial que fluía todo el año, y vestigios que han sido datados hacia el año 4000 antes de Cristo.
La construcción del monumento propiamente dicho comenzó hacia el 3100 antes de Cristo con la excavación de un foso circular y la acumulación de los montículos de tierra y tiza que lo rodean, constituyendo lo que los arqueólogos denominan la primera fase. En esa etapa temprana, el lugar ya parece haber tenido una función asociada a los rituales funerarios: Mike Parker Pearson, líder del Proyecto Stonehenge Riverside, señaló que Stonehenge estuvo vinculado al entierro desde sus inicios. La datación por radiocarbono indica que las primeras piedras azules fueron erigidas entre el 2400 y el 2200 antes de Cristo.
Las llamadas piedras azules, nombre que reciben por su coloración característica, proceden de las montañas Preseli, en el suroeste de Gales, a más de 240 kilómetros de distancia. Su transporte hasta Wiltshire constituye uno de los mayores enigmas del monumento, ya que los constructores de la época no disponían de ruedas ni animales de tiro suficientemente potentes. Las teorías sobre cómo se logró ese traslado van desde el uso de trineos sobre rodillos de madera hasta hipótesis más recientes que proponen el transporte parcial por vía marítima a lo largo de la costa.
Las grandes piedras exteriores, los denominados sarcenos, son bloques de arenisca que pueden pesar hasta 25 toneladas y que fueron traídos desde Marlborough Downs, a unos 30 kilómetros. Estas piedras configuran los grandes trílitos —dos piedras verticales coronadas por un dintel horizontal— que forman la imagen más reconocible del monumento. El conjunto megalítico evolucionó a lo largo de al menos 1.500 años en distintas fases constructivas, y hay indicios de actividades a gran escala en sus alrededores que podrían ampliar ese marco temporal hasta los 6.500 años.
La orientación del monumento hacia el amanecer del solsticio de verano y hacia el ocaso del solsticio de invierno indica con claridad que tenía una función astronómica y calendárica. Durante el solsticio de verano, el sol sale exactamente por encima de la Piedra del Talón, proyectando su luz directamente hacia el centro del círculo. Esa alineación no puede ser accidental y refleja un conocimiento astronómico sofisticado por parte de sus constructores, quienes claramente observaban los ciclos celestes con gran precisión.
La función exacta de Stonehenge sigue siendo objeto de debate académico. Las interpretaciones más aceptadas apuntan a un lugar de culto relacionado con los ancestros y los ciclos estacionales, posiblemente ligado tanto a prácticas funerarias como a celebraciones agrícolas. El Instituto de Investigación en Humanidades de la Universidad de Buckingham ha propuesto que la comunidad que construyó Stonehenge habitó la zona circundante durante varios milenios, lo que lo convertiría en uno de los lugares más centrales de la historia del paisaje de la región. En 1986, el conjunto megalítico de Stonehenge, Avebury y los sitios relacionados fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, reconociendo su valor excepcional para la humanidad entera.
