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** Segunda Guerra de los Bóeres

Entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, el sur de África fue escenario de uno

4 min20/06/2026
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Entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, el sur de África fue escenario de uno de los conflictos más violentos y reveladores del imperialismo británico. La Segunda Guerra de los Bóeres, librada desde octubre de 1899 hasta mayo de 1902, enfrentó al poderoso Imperio Británico con dos pequeñas repúblicas fundadas por colonos de origen holandés: la República Sudafricana, también conocida como República del Transvaal, y el Estado Libre de Orange. El desenlace de este enfrentamiento redefiniría para siempre el mapa político de Sudáfrica.

Para entender cómo aquel territorio llegó a la guerra es necesario retroceder algunas décadas. Los bóeres, descendientes de colonizadores holandeses, flamencos y hugonotes franceses, habían construido repúblicas independientes tras largos conflictos con la Corona Británica. El frágil equilibrio entre las partes comenzó a resquebrajarse cuando, en la región de Witwatersrand, se descubrió uno de los mayores yacimientos de oro del mundo. La noticia atrajo una avalancha de inmigrantes europeos, en su mayoría británicos, llamados por los bóeres *uitlanders*. Con la llegada masiva de estos extranjeros, los colonos temieron verse pronto superados en número dentro de su propia tierra.

Las tensiones fueron acumulándose a lo largo de la década de 1890. El gobierno del Transvaal imponía restricciones cada vez más duras al acceso de los *uitlanders* a los derechos políticos y económicos, mientras Londres presionaba en sentido contrario, exigiendo plena representación para los inmigrantes británicos. Hombres como Cecil Rhodes alimentaban la ambición británica de unificar todo el sur de África bajo la bandera del imperio. Episodios como la *Jameson Raid*, una incursión fallida de unos 500 jinetes británicos en territorio bóer en 1895, agriaron aún más las relaciones entre las partes.

En 1899, el secretario de Estado británico para las colonias, Joseph Chamberlain, presentó demandas que los líderes bóeres consideraron inaceptables: derecho al voto y plena representación política para los inmigrantes en el Transvaal. Las negociaciones en Bloemfontein llegaron a un callejón sin salida. El presidente de la República Sudafricana, Paul Kruger, reaccionó emitiendo un ultimátum al gobierno de Londres el 9 de octubre de 1899, exigiendo la retirada de las tropas británicas de las fronteras. Londres se negó, y dos días después las dos repúblicas declararon la guerra al Imperio Británico.

Los británicos entraron en el conflicto subestimando gravemente al adversario. Los bóeres eran combatientes experimentados, excelentes tiradores y conocedores del terreno, además de estar bien armados y organizados. En la fase inicial de la guerra, las fuerzas sudafricanas tomaron la iniciativa y sitiaron las ciudades de Ladysmith, Kimberley y Mahikeng. Las batallas de Colenso, Magersfontein y Stormberg, todas ganadas por los bóeres, causaron consternación entre los comandantes británicos y en las páginas de los periódicos de Londres.

La respuesta del imperio fue enviar refuerzos masivos, incluyendo contingentes de sus colonias alrededor del mundo: australianos, canadienses, neozelandeses e indios engrosaron las filas británicas. El general Redvers Buller fue reemplazado por los lores Roberts y Kitchener, quienes reorganizaron la campaña con mano dura. A lo largo de 1900, las tres ciudades sitiadas fueron liberadas, y tanto el Estado Libre de Orange como la República Sudafricana fueron formalmente ocupados y anexionados por las autoridades británicas. En marzo de ese año, Bloemfontein cayó tras la Batalla de Poplar Grove.

Ante la superioridad numérica y material del enemigo, los comandantes bóeres adoptaron una nueva estrategia que prolongaría la guerra por dos años más: la guerrilla. Pequeños grupos de combatientes, llamados *commandos*, desaparecían en el vasto interior, atacaban suministros y posiciones británicas y volvían a dispersarse antes de cualquier represalia. Aquella guerra de desgaste sangró a los británicos de una forma que los enfrentamientos convencionales nunca habrían logrado.

La respuesta británica fue brutal. El ejército adoptó una política de tierra quemada: granjas fueron incendiadas, cultivos destruidos y rebaños sacrificados. Pero la medida más controvertida y duraderamente infame fue el internamiento masivo de civiles. Miles de mujeres, niños y ancianos, dependientes de los guerrilleros bóeres, fueron enviados a campos de concentración. Las condiciones en esos campos eran deplorables: hacinamiento, falta de alimentación adecuada y enfermedades se propagaban sin control, cobrándose especialmente la vida de los niños. El número de muertos civiles en estos campos superó con creces las bajas militares de la guerra. Las denuncias sobre las condiciones en los campos causaron indignación en Europa y se volvieron cada vez más difíciles de ignorar en la propia Inglaterra.

Aun así, los bóeres resistieron hasta el límite de sus fuerzas. Sin suministros, sin refuerzos y con sus familias en manos del enemigo, la dirigencia militar y política de las repúblicas terminó cediendo. El conflicto llegó a su fin el 31 de mayo de 1902, con la firma del Tratado de Vereeniging. Las dos repúblicas bóeres fueron incorporadas al Imperio Británico, aunque con algunas garantías para la población local.

El saldo de la guerra fue devastador. Se estima que decenas de miles de civiles, entre bóeres y africanos nativos que también fueron internados en campos separados, murieron a causa del conflicto. El enfrentamiento reveló al mundo las contradicciones y la crueldad que podían habitar dentro del proyecto imperial británico. Décadas después, Sudáfrica recorrería un largo y doloroso camino —marcado por el *apartheid* y la lucha por la libertad— cuyas raíces históricas muchos investigadores identifican en las heridas abiertas por la Segunda Guerra de los Bóeres.

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