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** Pixinguinha

Entre los nombres que moldearon la identidad musical de Brasil, pocos tienen tanto peso co

4 min20/06/2026
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Entre los nombres que moldearon la identidad musical de Brasil, pocos tienen tanto peso como el de Pixinguinha. Nacido Alfredo da Rocha Vianna Filho en Río de Janeiro, el 4 de mayo de 1897, creció en un ambiente saturado de música y se convertiría, décadas más tarde, en uno de los mayores compositores de la historia del país. Su trayectoria es inseparable de la propia historia del choro brasileño.

El talento de Pixinguinha floreció temprano. Hijo de un empleado de Telégrafos que también era flautista aficionado, creció escuchando partituras raras y recibiendo visitas de músicos renombrados en la propia casa familiar. Su padre mantenía una valiosa colección de choros antiguos y organizaba reuniones musicales donde circulaban figuras como Villa-Lobos y Quincas Laranjeiras. En ese ambiente fértil, Pixinguinha aprendió cavaquinho con sus hermanos y, aún en la infancia, ya tocaba la flauta de oído, interpretando músicas sin haber visto nunca una partitura.

Con solo once años, ya acompañaba a su padre en presentaciones y componía sus primeras piezas. Su primer choro registrado, llamado *Lata de Leite*, data de esa época de descubrimientos. Estudió teoría musical con César Borges Leitão y rápidamente se perfeccionó con Irineu de Almeida, músico experimentado que lo integró a su conjunto *Choro Carioca*. Fue con este grupo que Pixinguinha realizó sus primeras grabaciones, en 1910, aún adolescente.

A los quince años, ya se presentaba en cabarés del barrio de Lapa, asumía direcciones de orquesta y actuaba en cines, donde se exhibían películas mudas con acompañamiento musical en vivo. En 1914, publicó su primera obra en partitura y fundó, junto a amigos como João Pernambuco y Donga, el *Grupo do Caxangá*, un conjunto de diecinueve músicos que mezclaba ritmos urbanos y rurales y vestía trajes típicos del sertón nordestino. El grupo actuó en cinco carnavales consecutivos y dejó una huella duradera en la memoria musical carioca.

El siguiente paso sería aún más audaz. En 1919, Pixinguinha reunió a músicos de prestigio, entre ellos su hermano China y el propio Donga, para formar *Os Oito Batutas*, creados a pedido del gerente del Cine Palais para animar la sala de espera del cine. El estreno tuvo lugar el 7 de abril de ese año, y el grupo rápidamente superó a la atracción principal: el público prefería a *Os Oito Batutas* antes que a la propia película. El repertorio iba del folclore nordestino al samba, pasando por maxixes, valses y polcas, en una mezcla que encantaba al público y desafiaba prejuicios.

La trayectoria de *Os Oito Batutas* no estuvo exenta de polémica. La presencia de músicos negros en locales de espectáculos frecuentados por la élite carioca generó tensiones y críticas de sectores conservadores. Aun así, el grupo tocó para el rey Alberto I de Bélgica durante su visita a Brasil y fue admirado por intelectuales como Gilberto Freyre, Sérgio Buarque de Holanda y Rui Barbosa, figuras que reconocían en su trabajo una expresión auténtica de la cultura brasileña.

El gran diferencial de Pixinguinha como compositor estaba en la síntesis que proponía. Al reunir el legado de los *chorões* del siglo XIX con armonías cercanas al jazz, ritmos afrobrasileños y arreglos elaborados, presentó el choro a un público que aún no sabía que aquello era brasileño. Obras como *Carinhoso*, *Glória*, *Lamentos* y *Um a Zero* se convirtieron en clásicos absolutos, grabados y regrabados por generaciones de músicos hasta hoy.

Pixinguinha también fue un pionero tecnológico en su época. Fue uno de los primeros músicos brasileños en comprender y explotar el potencial de la radio y las grabaciones en estudio como herramientas de difusión. Mientras muchos artistas aún desconfiaban de estas novedades, él aprovechó cada recurso disponible para ampliar el alcance de su música. Esta postura vanguardista generó polémicas en algunos momentos, especialmente entre defensores de un choro más tradicional, pero fue justamente ella la que proyectó el género a un nuevo nivel.

Con el paso de las décadas, Pixinguinha dejó de ser el innovador cuestionado para convertirse en el guardián de una memoria musical colectiva. Su nombre pasó a ser sinónimo de tradición, de brasilidad y de excelencia técnica. Vivió lo suficiente para ver la música que ayudó a construir ser reconocida como patrimonio inmaterial del país.

Pixinguinha murió en Río de Janeiro el 17 de febrero de 1973, a los setenta y cinco años, dejando atrás una obra de proporciones monumentales. Su producción abarca decenas de choros, sambas, maxixes, valses y otros géneros que dominaban la escena musical de su época. Hoy, es consenso entre musicólogos, músicos y aficionados reconocerlo como un genio, un artista que supo extraer del encuentro entre tradición y modernidad algo enteramente nuevo y genuinamente brasileño.

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