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** Oswaldo Cruz

Pocos nombres en la historia brasileña cargan un peso tan singular como el de Oswaldo Cruz

4 min20/06/2026
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Pocos nombres en la historia brasileña cargan un peso tan singular como el de Oswaldo Cruz. Médico, bacteriólogo, epidemiólogo y sanitarista, nació el 5 de agosto de 1872 en la ciudad paulista de São Luiz do Paraitinga, y desde temprano mostró un perfil orientado hacia la ciencia y el servicio público. Hijo del médico Bento Gonçalves Cruz, Oswaldo creció en un ambiente familiar marcado por la medicina y la higiene pública, lo que moldearía toda su trayectoria profesional.

La infancia en su ciudad natal duró solo hasta 1877, cuando la familia se trasladó a Río de Janeiro. En la capital, el joven estudió en el Colegio Laure, en el Colegio São Pedro de Alcântara y en el Externato Dom Pedro II. A los 15 años, en 1887, ingresó en la Facultad de Medicina de Río de Janeiro —institución que frecuentaría durante cinco años—. Incluso antes de concluir el curso, ya había publicado dos artículos sobre microbiología en la revista *Brazil-Médico*, señalando al científico productivo que estaba por venir. Se graduó en 1892 con la tesis *La vehiculación microbiana por las aguas*, un trabajo que revelaba su predilección por el estudio de los microorganismos como agentes de enfermedades.

La fecha de la graduación, sin embargo, guardó una tragedia personal marcada: ese mismo 8 de noviembre de 1892, falleció su padre, Bento Gonçalves Cruz, quien había sido nombrado inspector general de higiene por el gobierno republicano. Bento murió de nefritis con solo 47 años, impidiendo que presenciara el triunfo de su hijo. El luto pospuso los planes de investigación de Oswaldo, pero no los borró. En enero de 1893, con apenas 20 años, se casó con Emília da Fonseca Cruz, y juntos tendrían seis hijos.

En 1897, Oswaldo cruzó el Atlántico rumbo a París, donde pasó dos años estudiando microbiología, sueroterapia e inmunología en el célebre Instituto Pasteur, bajo la orientación del director Émile Roux. La estancia en Francia fue decisiva: allí absorbió los métodos científicos más avanzados de la época y perfeccionó su visión sobre las enfermedades infecciosas. De regreso a Brasil, integró una comisión que investigaba la mortandad de ratas responsable de un brote de peste bubónica en Santos. Demostró que la epidemia sería incontrolable sin el uso del suero adecuado y, ante la demora de las importaciones, propuso al gobierno la creación de un instituto nacional capaz de producirlo.

En 1900, se instaló el Instituto Soroterápico Federal en la Fazenda Manguinhos, en Río de Janeiro. Oswaldo Cruz asumió su dirección técnica y amplió las actividades de la institución mucho más allá de la fabricación del suero antipestoso, incluyendo investigación básica y formación de recursos humanos. En 1903, llegó al cargo de mayor responsabilidad: la dirección general de la Dirección General de Salud Pública. A partir de entonces, el combate a las epidemias que devastaban la capital federal se convirtió en su misión central.

El Brasil de principios del siglo XX era azotado por la fiebre amarilla, la viruela y la peste bubónica. Oswaldo Cruz adoptó métodos que parte de la clase médica y la población consideraba drásticos: aislamiento compulsorio de los enfermos, notificación obligatoria de los casos positivos, desinfección de las viviendas en áreas endémicas y eliminación de los vectores, con brigadas que recorrían los barrios cazando mosquitos y ratas. La estrategia funcionó. En pocos meses, la incidencia de la peste bubónica disminuyó de forma significativa con el exterminio de las ratas portadoras de pulgas contaminadas.

El enfrentamiento más difícil fue contra la fiebre amarilla. Gran parte de los médicos y la población creía que la enfermedad se transmitía por el contacto con ropas, sudor, sangre y secreciones de los enfermos. Oswaldo Cruz sostenía que el vector era un mosquito. Suspendió las desinfecciones tradicionales e implementó acciones sanitarias enfocadas en la eliminación de los focos de insectos. La reacción popular fue intensa. La situación llegó al límite en 1904, cuando propuso la vacunación masiva contra la viruela. Periódicos publicaron editoriales furiosos, el Congreso Nacional se manifestó en contra de la medida y surgió incluso una liga antivacunación. El episodio quedaría conocido como la *Revolta da Vacina*, uno de los momentos más turbulentos de la historia sanitaria del país.

A pesar de las resistencias, las campañas sanitarias de Oswaldo Cruz produjeron resultados extraordinarios. La fiebre amarilla, que durante décadas había segado vidas en Río de Janeiro, fue prácticamente erradicada de la capital. El éxito atrajo reconocimiento internacional: en 1907, en la XIV Conferencia Internacional de Higiene y Demografía en Berlín, recibió la medalla de oro de la institución, el más alto honor del evento. Ese mismo año, el Instituto Soroterápico Federal pasó a llamarse Instituto Oswaldo Cruz, nombre que conserva hasta hoy, convertido en la mundialmente respetada Fundación Oswaldo Cruz.

El legado de Oswaldo Cruz va más allá de las campañas que protagonizó. Fue uno de los primeros en emplear el método experimental en el estudio de las enfermedades tropicales en Brasil, formó generaciones de investigadores y transformó Manguinhos en un centro de excelencia científica. Murió el 11 de febrero de 1917, en Petrópolis, a los 44 años, consumido por una nefritis —la misma enfermedad que había victimado a su padre—. Vivió poco, pero lo suficiente para redefinir la salud pública brasileña. Décadas después, una encuesta del SBT lo elegiría como el 25.º brasileño más grande de todos los tiempos, mientras que el periódico *Folha de S. Paulo* lo ubicaría en el 13.º lugar en una lista similar. Números que intentan medir lo inmensurable.

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