misterios

** Líneas de Nasca

En el desierto de Sechura, al sur de Perú, existe algo que desafía a cualquier observador

4 min20/06/2026
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En el desierto de Sechura, al sur de Perú, existe algo que desafía a cualquier observador desprevenido a creer en sus propios ojos. Diseminados en un área de aproximadamente 50 kilómetros cuadrados, entre las ciudades de Nasca y Palpa, miles de dibujos fueron grabados en el suelo árido hace más de dos mil años. Las Líneas de Nasca son uno de los mayores y más intrigantes testimonios de la ingeniería humana antigua — y siguen siendo, hasta hoy, objeto de intenso debate entre investigadores de todo el mundo.

Las líneas fueron creadas por la cultura nasca entre aproximadamente el 500 antes de Cristo y el 500 después de Cristo. La técnica utilizada era notablemente simple: los constructores removían la capa superior del suelo desértico, formada por guijarros de color marrón rojizo cubiertos por óxido de hierro, exponiendo un subsuelo de tono amarillo grisáceo. El resultado son surcos con una profundidad generalmente entre 10 y 15 centímetros y anchos que varían desde menos de 35 centímetros hasta casi 2 metros. La longitud total de todas las líneas sumadas supera los 1.300 kilómetros.

El conjunto está formado por dos tipos distintos de creaciones. La mayor parte consiste en líneas rectas y formas geométricas que cruzan el paisaje en diversas direcciones. Pero lo que más captura la imaginación son los llamados geoglifos figurativos — más de 70 representaciones de animales y plantas. Entre ellos se encuentran un colibrí, una araña, un mono, un cóndor, una garza, un pez, un perro, un gato y una figura humana. Los mayores geoglifos figurativos llegan a medir 370 metros de largo, y muchas de las formas se visualizan mejor desde una altitud de al menos 500 metros sobre el suelo.

El aislamiento geográfico y las condiciones climáticas extremadamente estables de la región —seca, sin vientos significativos, con temperaturas poco variables— explican cómo estas marcas han sobrevivido durante siglos. El desierto funcionó como un preservador natural extraordinario. Aun así, existen amenazas modernas: en 2012, la zona sufrió el paso de invasores que dañaron partes de las líneas.

El redescubrimiento occidental de las líneas fue gradual. La primera mención escrita data de 1553, cuando el cronista español Pedro Cieza de León las describió como marcadores de senderos. En 1586, otro relato europeo mencionó caminos antiguos en la región. Ya en el siglo XX, fueron pilotos civiles y militares peruanos los primeros en reportar las formas vistas desde el aire. En 1927, el arqueólogo peruano Toribio Mejía Xesspe las avistó caminando por los alrededores y presentó sus observaciones en una conferencia en Lima, en 1939. A partir de entonces, el interés científico internacional creció de manera constante.

Una de las cuestiones más persistentes en torno a las líneas es el método de su construcción —¿cómo personas sin tecnología aérea pudieron haber planeado y ejecutado figuras visibles solo desde las alturas? El investigador estadounidense Joe Nickell respondió a esta pregunta de manera práctica a principios del siglo XXI: usando solo herramientas y tecnologías disponibles para el pueblo nasca, él y un pequeño equipo reprodujeron con precisión algunas de las figuras más grandes en pocos días, sin ningún tipo de ayuda aérea. La revista *Scientific American* describió el resultado como notable en exactitud. El experimento refutó definitivamente la hipótesis especulativa presentada por Erich von Däniken en 1969, según la cual "antiguos astronautas" habrían sido los responsables de las obras.

El propósito de las líneas sigue siendo, sin embargo, mucho más difícil de determinar. La hipótesis más ampliamente aceptada entre antropólogos y arqueólogos es que las creaciones tenían un significado religioso —posiblemente fueron hechas para ser vistas por deidades en el cielo. Otros investigadores, como Paul Kosok y Maria Reiche, propusieron una función astronómica, relacionando las líneas con el movimiento de cuerpos celestes y el calendario. También hay quienes defienden que algunas de ellas marcaban rutas de peregrinación o estaban asociadas a rituales vinculados al agua, un recurso precioso en el árido altiplano andino.

Los descubrimientos no han cesado. En 2011, investigadores japoneses de la Universidad de Yamagata anunciaron la identificación de dos nuevas figuras pequeñas. En 2019, la misma universidad, en colaboración con IBM Japón, reveló el hallazgo de 143 nuevos geoglifos, algunos de ellos identificados con ayuda de métodos de aprendizaje automático. Un artículo publicado ese mismo año en la revista *Smithsonian* revisó la identidad de algunas de las aves representadas, sugiriendo que ciertos pájaros retratados en las líneas son especies exóticas, no nativas del desierto —lo que podría indicar conexiones comerciales o rituales de la cultura nasca con regiones distantes.

En 2020, se encontraron líneas formando un gato en una ladera empinada propensa a la erosión, lo que explicaba por qué la figura había pasado siglos sin ser percibida. El hallazgo demostró que el sitio aún guarda sorpresas y que nuevos descubrimientos seguirán reescribiendo el conocimiento sobre este legado milenario.

Reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Mundial desde 1994, las Líneas de Nasca resisten al tiempo, a las interpretaciones y a las polémicas. Son el testimonio silencioso de una civilización que, con herramientas simples y una visión monumental, inscribió su existencia en la propia tierra —en una escala que solo el tiempo y la altitud permiten verdaderamente contemplar.

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