José Francisco de San Martín y Matorras nació el 25 de febrero de 1778 —aunque algunos documentos de la época señalan 1777— en el pueblo de Yapeyú, en lo que hoy es el norte de Argentina. Era hijo del Coronel Juan de San Martín, español que ocupaba el cargo de teniente gobernador de las Misiones Guaraníticas con sede en esa localidad desde 1774, y de Gregoria Matorras, sobrina de un conquistador de la región del Chaco. En 1781, la familia se trasladó a Buenos Aires y, algunos años después, partió hacia España, donde José Francisco estudió en la escuela de Málaga a partir de 1785. Era un niño de familia colonial con raíces en América y educación europea, una combinación que moldearía toda su trayectoria.
El inicio de su carrera militar se forjó al otro lado del Atlántico. San Martín luchó en las campañas españolas en el norte de África, pasando por las ciudades de Melilla y Orán. En 1797, fue ascendido a subteniente tras acciones contra tropas francesas de Napoleón Bonaparte en los Pirineos. Su regimiento participó en batallas navales contra la flota inglesa en el Mar Mediterráneo antes de rendirse en agosto de 1798. En los años siguientes, continuó en servicio en el sur de España, pasando por Gibraltar y Cádiz, hasta alcanzar el puesto de segundo capitán de infantería ligera.
La gran prueba de fuego en Europa llegó en 1808, cuando las tropas de Napoleón invadieron la Península Ibérica y capturaron al rey Fernando VII de España. La rebelión que siguió dio origen a una Junta de Gobierno instalada primero en Sevilla y luego en Cádiz. San Martín fue ascendido por la Junta al grado de ayudante primero del regimiento de Voluntarios de Campo Mayor. En la batalla de Bailén, el 19 de julio de 1808, se destacó en el campo de batalla y contribuyó a infligir la primera gran derrota a las tropas de Napoleón, una victoria que permitió al ejército español de Andalucía recuperar Madrid. Por su actuación, fue condecorado con una medalla de oro y ascendido a teniente coronel.
Fue durante sus años en Europa cuando San Martín entró en contacto con ideas que transformarían su visión del mundo. Conoció a Lord Macduff, noble escocés que lo introdujo en las logias masónicas, donde circulaban debates sobre la independencia de los territorios españoles en Sudamérica. En 1812, renunció a su carrera militar en España y, por mediación del mismo Lord Macduff, obtuvo un pasaporte para Inglaterra. Allí reencontró a compatriotas americanos —entre ellos Alvear, Zapiola, Andrés Bello y Tomás Guido—, que integraban la Logia Lautaro, sociedad secreta fundada por Francisco de Miranda para articular la independencia de las colonias españolas.
En marzo de 1812, San Martín llegó a las orillas del Río de la Plata para sumarse a las fuerzas que luchaban por la liberación de la América española. Su debut en el continente fue prometedor: en febrero de 1813, condujo a los rebeldes a la victoria contra las tropas españolas del general José Zavala en la batalla de San Lorenzo de Paraná. Por su desempeño, recibió el grado de general del gobierno revolucionario. En los años siguientes, se convirtió en la principal fuerza militar detrás de los procesos de independencia de tres países. El 28 de julio de 1821, proclamó la independencia del Perú, acto que consolidó su lugar en la historia como uno de los grandes libertadores de Sudamérica.
La figura de San Martín en el imaginario colectivo fue construida y reinterpretada a lo largo del tiempo. A finales del siglo XIX, la joven nación argentina buscaba héroes fundadores que sirvieran como anclas de identidad nacional. En 1877, el presidente Nicolás Avellaneda promovió las celebraciones del centenario del nacimiento del Libertador con un objetivo explícito: repatriar sus restos mortales, que se encontraban en una tumba en Brunoy desde 1861, y convertir a San Martín en un símbolo de unidad nacional. Los discursos de aquella época ya lo presentaban como una figura capaz de apaciguar las divisiones internas del país.
En la noche literaria del 25 de mayo que marcó las celebraciones, se leyeron poemas en su honor en el Teatro Colón, exaltando su travesía por los Andes como un momento épico y su figura como la de un héroe invicto. La construcción del mito estaba en pleno desarrollo.
En 1933, el escritor Ricardo Rojas publicó la biografía *"El Santo de la Espada. Vida de San Martín"*, que ejerció una influencia decisiva en la formación de la imagen pública del libertador. Rojas buscaba contraponer una visión humanizadora a la celebración militarista promovida por el gobierno dictatorial de Agustín Pedro Justo, que había convertido el 17 de agosto —fecha de la muerte de San Martín— en feriado nacional. La intención de Rojas era resaltar los aspectos humanos y morales del personaje: su prudencia, su devoción al deber y su grandeza interior. En la obra, San Martín es comparado con caballeros medievales como El Cid y Amadís de Gaula, y acercado a figuras como George Washington y Simón Bolívar, aunque siempre destacando lo que lo diferenciaba de ambos: a diferencia de Washington, San Martín no era propietario de esclavos; a diferencia de Bolívar, no ejercía un liderazgo autoritario.
José de San Martín murió el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia. Había pasado sus últimos años de vida en el exilio europeo, lejos de las tierras que ayudó a liberar. Su legado, sin embargo, permaneció vivo en las repúblicas que contribuyó a fundar. General, estadista, masón, caballero de ideales: San Martín encarna el tipo de héroe que no buscaba gloria personal, pero cuyas acciones definieron el destino de un continente.