Cuando el Imperio romano de Occidente se derrumbó bajo la presión de las invasiones bárbaras en el siglo V, su contraparte oriental no solo sobrevivió sino que prosperó durante casi un milenio más. Este estado, que sus propios habitantes denominaban simplemente el Imperio romano, y que la historiografía moderna conoce como Imperio bizantino o Bizancio, tuvo su capital en Constantinopla, la ciudad fundada por Constantino I sobre la antigua Bizancio, una colonia griega establecida hacia el año 667 a. C. en el estrecho del Bósforo.
Los cimientos del Imperio de Oriente se distinguían desde los primeros siglos de la era romana. Mientras las provincias occidentales eran progresivamente romanizadas, las orientales conservaban su profunda herencia helenística. Cuando Constantino I legalizó el cristianismo a comienzos del siglo IV y trasladó la capital al Bósforo, estaba consolidando una tendencia ya presente en la estructura del Imperio. Décadas después, Teodosio I hizo del cristianismo la religión oficial del Estado y estableció el griego como lengua de administración, sustituyendo definitivamente al latín. En el año 395, a la muerte de Teodosio, el Imperio quedó dividido entre sus dos hijos, y la parte oriental empezó su historia independiente.
El momento de mayor esplendor territorial llegó bajo el reinado de Justiniano I, que gobernó entre 527 y 565. Con su general Belisario al frente de los ejércitos, Justiniano reconquistó gran parte del norte de África, la península itálica y la costa mediterránea occidental, soñando con restaurar la unidad del antiguo Imperio romano. Su legado no se limitó a las campañas militares: promulgó el Corpus Iuris Civilis, una codificación del derecho romano que se convirtió en la base de la mayoría de los sistemas jurídicos europeos, y ordenó la construcción de la Basílica de Santa Sofía en Constantinopla, obra maestra de la arquitectura que permanece en pie hasta hoy.
Sin embargo, el reinado de Justiniano también estuvo marcado por calamidades. Una devastadora plaga, conocida como la Plaga de Justiniano, comenzó alrededor del año 541 y diezmó la población durante décadas. Las guerras interminables contra la Persia Sasánida agotaron las arcas imperiales y las fuerzas militares. Poco después de la muerte de Justiniano, las conquistas árabes, impulsadas por el nuevo islam, arrebataron al Imperio sus provincias más ricas: Egipto y Siria cayeron ante el Califato ortodoxo, y en 689 se perdió también el norte de África ante el Califato omeya.
El Imperio se contrajo pero resistió. Bajo la dinastía isáurica, que comenzó a finales del siglo VII, el Estado se estabilizó y desarrolló nuevas estrategias defensivas, organizando el territorio en temas o provincias militares. Más adelante, la dinastía macedónica, que gobernó durante los siglos IX y X, protagonizó un notable renacimiento que duró casi dos siglos: se expandió el territorio hacia el norte y el este, florecieron las artes y la filosofía, y Constantinopla consolidó su posición como la ciudad más grande y rica de Europa.
El siglo XI trajo nuevas turbulencias. Las guerras civiles debilitaron el Estado, y las victorias de los turcos selyúcidas, especialmente la batalla de Manzikert en 1071, privaron al Imperio de la mayor parte de Asia Menor, su principal fuente de reclutas y recursos agrícolas. El llamado de auxilio al papado desencadenó las Cruzadas, que en principio debían reforzar al Imperio, pero que en la práctica crearon tensiones crecientes entre los cruzados occidentales y los griegos orientales.
La catástrofe llegó en 1204. La Cuarta Cruzada, que en teoría marchaba hacia Tierra Santa, fue desviada hacia Constantinopla por una serie de manipulaciones políticas y económicas. El saqueo que siguió fue devastador: los cruzados saquearon la ciudad durante tres días, destruyeron obras de arte de valor incalculable, se repartieron las reliquias sagradas y fundaron el llamado Imperio latino de Constantinopla. Los territorios griegos quedaron fragmentados en varios estados sucesores.
En 1261, el Imperio de Nicea, uno de esos estados griegos supervivientes, recuperó Constantinopla bajo el liderazgo de Miguel VIII Paleólogo, restaurando el Imperio. Pero el Imperio reconstituido era una sombra de su antiguo poder: territorialmente reducido, económicamente debilitado y constantemente acosado por nuevas potencias. Los turcos otomanos, que habían surgido en Anatolia como uno de muchos pequeños principados a finales del siglo XIII, fueron absorbiendo progresivamente los territorios que quedaban.
Durante el siglo XIV y la primera mitad del XV, el Imperio se redujo a poco más que Constantinopla y sus alrededores. Los emperadores buscaron desesperadamente ayuda en Occidente, incluso aceptando la unión con Roma en el Concilio de Florencia de 1439, pero el apoyo prometido nunca llegó en la magnitud necesaria. El 29 de mayo de 1453, tras un sitio de cincuenta y tres días, el sultán otomano Mehmed II conquistó Constantinopla. El último emperador, Constantino XI Paleólogo, murió combatiendo en las murallas de la ciudad. Con su caída, el Imperio romano de Oriente llegó a su fin después de más de mil años de historia.
El legado de Bizancio es extraordinariamente profundo. Durante siglos, el Imperio fue el principal bastión del cristianismo frente al avance del islam y de los pueblos de las estepas. Su red comercial, basada en una moneda de oro estable, el solidus o nomisma, lubricó los intercambios en el Mediterráneo oriental durante siglos. El derecho, la arquitectura, la filosofía y las artes que cultivó influyeron decisivamente en Europa, los Balcanes y el mundo islámico. Y cuando Constantinopla cayó, los eruditos griegos que huyeron hacia Italia llevaron consigo manuscritos y conocimientos del mundo clásico que contribuyeron a encender el Renacimiento europeo.