Heitor Villa-Lobos nació en Río de Janeiro el 5 de marzo de 1887 y vivió lo suficiente para ver su obra reconocida en todo el mundo como una de las producciones más originales de la música del siglo XX. Compositor, director de orquesta, violonchelista, pianista y guitarrista, a lo largo de su vida acumuló más de dos mil títulos, dejando un legado que va desde las salas de concierto de Europa hasta las escuelas públicas del interior de Brasil.
La formación musical de Villa-Lobos comenzó con su padre, Raul Villa-Lobos, empleado de la Biblioteca Nacional que también era músico aficionado y adaptó una viola para que su hijo pudiera iniciar los estudios de violonchelo desde niño. Su madre, Noêmia Monteiro Villa-Lobos, tenía otros planes para él y quería verlo médico. Pero el niño tenía otros destinos. Cuando su padre murió, dejándolo huérfano a los trece años, Villa-Lobos comenzó a ganarse la vida tocando el violonchelo en teatros, cafés y bailes. Fue en esos ambientes populares donde desarrolló su amor por los *chorões*, músicos que representaban lo mejor de la música callejera de Río de Janeiro, y profundizó sus conocimientos de guitarra.
De temperamento inquieto, Villa-Lobos emprendió desde muy joven viajes por el interior de Brasil. Estas expediciones no eran turismo: eran un proceso sistemático de escucha y absorción. Recolectaba melodías, ritmos y formas musicales de pueblos indígenas y comunidades rurales, acumulando un inmenso archivo sonoro que más tarde nutriría su producción creativa. Esta inmersión en el Brasil profundo distinguiría su obra de todo lo que se hacía en la música culta del país hasta entonces.
En 1913, a los veintiséis años, se casó con la pianista Lucília Guimarães y se estableció en Río de Janeiro. El período siguiente fue de intensa actividad compositiva y de gradual consolidación de su reputación. En 1922, participó en la Semana de Arte Moderna en el Theatro Municipal de São Paulo, evento que sacudió el establishment cultural brasileño. Villa-Lobos se presentó durante tres días consecutivos, con tres programas distintos, afirmando su presencia en el centro del debate estético que aquel evento había desencadenado.
Europa ejerció sobre Villa-Lobos una fascinación que lo llevó a realizar dos viajes importantes. El primero fue en 1923, al año siguiente de la Semana de Arte Moderna. El segundo ocurrió en 1927, financiado por el millonario carioca Carlos Guinle, y se extendió hasta 1930, cuando el compositor realizó una gira por sesenta y seis ciudades europeas. De regreso a Brasil, se sumergió en un proyecto que trascendía los límites de la composición musical para adentrarse en el campo de la política cultural.
La Revolución de 1930 cambió los planes de Villa-Lobos. Impedido de enviar dinero al exterior, no pudo regresar a París como pretendía y terminó quedándose en Brasil. Este contratiempo financiero tuvo consecuencias inesperadas: lo acercó al nuevo gobierno y abrió las puertas para una actuación de proporciones históricas en la educación musical brasileña. En 1932, se convirtió en director de la Superintendencia de Educación Musical y Artística, el SEMA, y comenzó a organizar lo que llamó la Cruzada del Canto Orfeónico.
El canto orfeónico era un proyecto de formación musical masiva, dirigido principalmente a las escuelas públicas. Villa-Lobos creía que la música colectiva era un instrumento de cohesión social y de construcción de identidad nacional. Los resultados fueron espectaculares en términos de movilización: el 7 de septiembre de 1939, una presentación cívica reunió un coro de treinta mil niños cantando el himno nacional y otras piezas preparadas bajo su dirección. La escena impresionó a observadores nacionales y extranjeros.
Durante la Era Vargas, Villa-Lobos publicó obras didácticas y patrióticas, como la *Guía Práctica*, en once volúmenes, y el *Canto Orfeónico*, con músicas para escuelas y eventos cívicos. Su producción de este período reflejaba una visión de la nación como entidad sagrada, con sus símbolos inviolables. Llegó a presidir un comité encargado de establecer la versión definitiva del himno nacional brasileño, tarea que evidencia la centralidad que su figura había alcanzado en la vida cultural del país.
La grandeza de Villa-Lobos como compositor reside, sobre todo, en su capacidad para crear una fusión convincente entre la tradición culta europea y las músicas brasileñas de orígenes diversos. Las *Bachianas Brasileiras*, conjunto de piezas compuestas entre 1930 y 1945, son el ejemplo más emblemático de este proyecto: rinden homenaje a Bach al mismo tiempo que incorporan elementos folclóricos y populares brasileños, resultando en algo que no pertenece completamente a ninguna de las dos tradiciones, pero que dialoga con ambas de manera genial.
La guitarra, instrumento raramente aceptado como serio en los conservatorios de la época, recibió de Villa-Lobos un tratamiento pionero. Sus *Doce Estudios para guitarra*, compuestos en 1929 y dedicados al guitarrista español Andrés Segovia, y los *Cinco Preludios*, escritos en 1940 para su segunda esposa, Arminda Neves d'Almeida, conocida como Mindinha, son obras fundamentales del repertorio guitarrístico mundial. Con ellas, Villa-Lobos elevó el instrumento al nivel de la música de concierto e influyó en generaciones de guitarristas.
Villa-Lobos murió en Río de Janeiro el 17 de noviembre de 1959, a los setenta y dos años, tras haber superado un cáncer operado en 1948. *The New York Times* publicó un editorial en su homenaje al día siguiente de su muerte, y su impacto fue reconocido especialmente en Francia y Estados Unidos. En 2011, su nombre fue inscrito en el Libro de Acero de los héroes nacionales depositado en el Panteón de la Patria y de la Libertad Tancredo Neves, en Brasilia. Su fecha de nacimiento, el 5 de marzo, se celebra en Brasil como el Día Nacional de la Música Clásica.