Emiliano Zapata Salazar nació el 8 de agosto de 1879 en el pequeño pueblo de San Miguel Anenecuilco, en el estado de Morelos, México. Creció en un país dominado por la dictadura de Porfirio Díaz, quien había ascendido al poder en 1876 y gobernaba con mano dura, repartiendo cargos y privilegios entre sus aliados mientras mantenía la estructura agraria que condenaba a comunidades enteras a la pobreza. El México de aquella época era una sociedad en la que rasgos feudales y proto-capitalistas coexistían: grandes haciendas avanzaban progresivamente sobre las tierras de las comunidades indígenas independientes, los pueblos, y los trabajadores rurales caían frecuentemente en una forma de esclavitud por deuda llamada peonaje, obligados a trabajar en las propiedades de los poderosos sin ninguna perspectiva de salida.
La familia de Zapata ocupaba una posición singular en ese contexto. No era rica, pero tampoco vivía al borde de la miseria: conservaba sus propias tierras, evitando el peonaje que asfixiaba a tantas otras familias. En generaciones anteriores, los Zapata incluso habían apoyado a Porfirio Díaz. El propio Emiliano mostraba señales de cierto refinamiento: era conocido por asistir a corridas de toros y rodeos con un atuendo charro elaborado, el traje tradicional del jinete mexicano. A pesar de esa apariencia de hombre alejado de las luchas campesinas, Zapata mantenía vínculos profundos con la gente de su localidad natal. Alrededor de los 30 años, fue elegido como jefe del pueblo, convirtiéndose en portavoz de los intereses de Anenecuilco.
Aunque no era indígena puro —tenía ancestros españoles y era considerado mestizo—, Zapata se involucró rápidamente en las luchas de los pueblos indígenas del estado de Morelos. Observó de cerca los conflictos entre los habitantes de los pueblos y los hacendados, conflictos casi siempre provocados por el robo sistemático de tierras. En una ocasión que lo marcó profundamente, presenció cómo los hacendados incendiaban un pueblo entero. Durante años, intentó resolver estos conflictos por medios legales —recuperando antiguos títulos de propiedad, presionando al gobierno de Morelos para que tomara medidas concretas—. Cuando la inercia de las autoridades y los privilegios garantizados a los ricos hacendados se volvieron insoportables, Zapata pasó a la acción directa: simplemente se apoderó de las tierras en disputa.
La introducción de Zapata al pensamiento anarquista llegó a través de un profesor local llamado Otilio Montano, quien lo expuso a las obras del ruso Piotr Kropotkin y del mexicano Ricardo Flores Magón. Esta influencia quedó registrada en el Plan de Ayala, documento de noviembre de 1911, y en el lema que se convertiría en símbolo del movimiento zapatista: Reforma, Libertad, Justicia y Ley.
La gran ruptura llegó en 1910, cuando las agitaciones políticas y sociales culminaron en la formación de grupos guerrilleros en todo el país. Francisco Madero, un capitalista liberal con recursos y atractivo popular suficientes para amenazar el poder de Díaz, surgió como alternativa electoral. Zapata estableció alianzas secretas con Madero. Con el inicio del levantamiento armado, asumió rápidamente el liderazgo del Ejército Libertador del Sur, operando en el estado de Morelos. En el norte, Pancho Villa lideraba a los campesinos de su región. La combinación de ambas fuerzas fue determinante para que Díaz fuera derrocado por Madero en 1911.
El problema fue que las promesas de Madero pronto resultaron ser palabras vacías. La reforma agraria quedó en el papel, y Madero no tardó en designar para el gobierno de Morelos a un simpatizante de los grandes terratenientes. Zapata no toleró la traición. Ante el pedido de Madero para que desarmara y desmovilizara a su ejército, Zapata respondió con lógica implacable: si la gente no conseguía sus derechos cuando estaba armada, no tendría ninguna oportunidad cuando estuviera desarmada. Madero envió generales para neutralizarlo, sin éxito.
El escenario se volvió aún más turbulento cuando Madero fue depuesto por Victoriano Huerta, un antiguo general vinculado al régimen de Díaz. Huerta concedió amnistía al propio Díaz e intentó contener los movimientos indígenas por la reforma agraria. La reacción popular engrosó las filas de Zapata. Entonces surgió Venustiano Carranza, liderando una facción constitucionalista que se alió tanto con Villa como con Zapata. La coalición de las tres fuerzas fue suficiente para derrocar a Huerta en julio de 1914. Pero la unidad de los vencedores duró poco: Zapata se negó a asistir a la convención que elegiría al nuevo presidente, alegando que ninguno de los convocados había sido elegido por el pueblo. La delegación del estado de Morelos participó en el encuentro solo para presentar el Plan de Ayala.
Emiliano Zapata fue asesinado el 10 de abril de 1919 en Chinameca, estado de Morelos, en una emboscada organizada por fuerzas carrancistas. Tenía 39 años. Murió como vivió: en lucha. Su trayectoria lo convirtió en uno de los héroes nacionales mexicanos más reverenciados y en el mayor símbolo de la causa campesina en América Latina. El zapatismo sobrevivió a su fundador, y el lema que adoptó —tierra y libertad— sigue siendo evocado por movimientos sociales en todo el continente. Décadas después de su muerte, el nombre Zapata aún resuena como promesa incumplida y bandera alzada por aquellos que defienden que la tierra pertenece a quien la trabaja.