Teherán tiene en su paisaje urbano muchas cicatrices, pero pocas tan dolorosas como la que dejó el colapso del edificio Plasco el 19 de enero de 2017. Ese día, lo que fue durante décadas un símbolo de modernidad y orgullo arquitectónico iraní se convirtió en escombros en cuestión de minutos, llevándose consigo la vida de decenas de bomberos que luchaban por sofocarlo.
El edificio Plasco, cuyo nombre deriva de la empresa de plásticos que lo promovió, fue construido y terminado en 1962 por el empresario Habib Elghanian, un destacado miembro de la comunidad judía iraní que tuvo un papel relevante en la modernización económica del Irán de mediados del siglo XX. Por su altura y su ambición constructiva, el Plasco ostentó el título de edificio más alto de Irán durante 1962 y 1963, un récord breve pero significativo en una ciudad que comenzaba a mirar hacia arriba.
La estructura combinaba usos residenciales y comerciales, con un importante centro comercial en sus plantas bajas que durante décadas fue punto de referencia para los teheraníes. Sastres, textileros y comerciantes de toda clase ocuparon sus locales, y generaciones de familias iraníes lo frecuentaron para sus compras cotidianas. Con el paso de los años, el edificio fue perdiendo el esplendor de su etapa inaugural, pero mantuvo su actividad y su relevancia en el tejido económico del centro de la capital.
La mañana del 19 de enero de 2017, un incendio se declaró en las plantas superiores del edificio. Las llamas se propagaron con rapidez, alimentadas por los materiales de construcción propios de una obra de los años sesenta que carecía de los sistemas contra incendios exigidos por las normativas modernas. Los equipos de bomberos de Teherán acudieron al lugar y durante horas combatieron las llamas, intentando controlar un siniestro que se revelaba cada vez más destructivo y peligroso.
La catástrofe llegó cuando menos se esperaba: el edificio colapsó completamente, derrumbándose sobre sí mismo en un proceso que los testigos presenciales describieron con mezcla de incredulidad y horror. La televisión estatal iraní Press TV informó en tiempo real que había personas atrapadas dentro del edificio en el momento del derrumbe. Según los medios de comunicación iraníes, alrededor de 30 bomberos murieron como consecuencia directa del colapso, atrapados mientras realizaban labores de rescate y extinción en el interior. Se estima que entre 50 y 100 personas se encontraban en el edificio cuando se produjo el derrumbe total. El portavoz del Departamento de Incendios, Jalaal Maleki, señaló que en la escena había alrededor de 200 personas en el momento de la tragedia.
El desplome del Plasco abrió un debate urgente en Irán sobre el estado de conservación del parque edificatorio de Teherán, una ciudad densamente poblada con millones de construcciones antiguas que no cumplen los estándares sísmicos ni de seguridad contra incendios vigentes. Las autoridades iraníes se vieron obligadas a reconocer que numerosos edificios de la capital presentaban riesgos similares a los que habían precipitado la catástrofe del Plasco.
El impacto emocional del derrumbe fue inmenso en la sociedad iraní. Más allá de las víctimas, la desaparición de ese edificio representó la pérdida de un referente visual y sentimental de la ciudad, un objeto arquitectónico que había acompañado la vida cotidiana de varias generaciones. Las imágenes del colapso, difundidas por todo el mundo, convirtieron la tragedia del Plasco en un símbolo de la fragilidad de las ciudades ante la negligencia en el mantenimiento de su patrimonio construido.
El solar que ocupó el edificio y la discusión sobre qué construir en su lugar se convirtieron en objeto de debate público y político en Irán durante los años siguientes, con propuestas que oscilaban entre la edificación de un nuevo complejo moderno y la preservación de la memoria del lugar mediante algún tipo de conmemoración del desastre y de sus víctimas.
